Deshizo el equipaje con rapidez y colocó sus plantas en el lavadero. Era evidente que la mujer del portero no había cumplido su promesa de regarlas con regularidad. Después de quitar las hojas muertas, se volvió hacia la correspondencia acumulada sobre la mesa del comedor. Rápidamente separó las cartas personales de las facturas y tiró las de publicidad. Sonrió con placer ante la hermosa letra de uno de los sobres y la dirección del remitente: Señorita Dora Samuels, salón de belleza «Cypress Point» [1]Pebble Beach, California. Sammy. Pero antes de leerla, Elizabeth abrió de mala gana el sobre tamaño folio que le enviaba la oficina del fiscal del distrito.
La carta era breve. Era la confirmación de que llamaría al ayudante del fiscal William Murphy después de su llegada el 29 de agosto para concertar una cita y revisar su testimonio.
El hecho de leer la historia en el diario y darle al taxista la dirección de Leila no la habían preparado para la sorpresa de esa nota oficial. Se le secó la boca y sintió que las paredes se le venían encima. Revivió las horas en que había prestado testimonio en las audiencias del gran jurado. Y cuando se desmayó en el estrado después de que le mostraron las fotografías del cuerpo de Leila. «Oh, Dios -pensó-, todo vuelve a comenzar…»
Sonó el teléfono. Apenas pudo susurrar un «diga».
– ¿Elizabeth? -resonó una voz-, ¿cómo estás? Estaba preocupada.
¡Era Min von Schreiber! ¡Nada más ni nada menos que ella! Elizabeth se sintió más cansada casi de inmediato. Min le había dado a Leila su primer trabajo como modelo y ahora estaba casada con un barón austríaco y era dueña del fastuoso «Cypress Point» en Pebble Beach, California. Era una vieja y querida amiga; sin embargo, esa noche Elizabeth no tenía deseos de hablar con nadie. Pero a ella no podía decirle que no.
Elizabeth trató de parecer animada.
– Estoy bien, Min. Un poco cansada, tal vez. Acabo de llegar hace unos minutos.
– No deshagas las maletas. Vendrás a «Cypress Point» mañana por la mañana. Te aguarda un pasaje en las oficinas de «American Airlines». El vuelo de siempre. Jason te recogerá en el aeropuerto.
– Min, no puedo.
– Como mi invitada.
Elizabeth casi se echó a reír. Leila siempre había dicho que ésas eran las tres palabras más difíciles de pronunciar para Min.
– Pero Min…
– Ningún «pero». Cuando nos vimos en Venecia te vi muy delgada. El maldito juicio será pronto y no va a ser fácil. Ven, necesitas descansar y que te mimen un poco.
Elizabeth casi podía ver a Min, con su negro cabello recogido y esa imperiosa necesidad de que sus deseos fuesen cumplidos en forma inmediata. Después de unas cuantas protestas inútiles, Elizabeth se oyó aceptar los planes de Min.
– Entonces, mañana. Me alegro de poder verte. -Cuando colgó el auricular, estaba sonriendo.
A mil ochocientos kilómetros de distancia, Minna von Schreiber aguardó a que se cortara la comunicación y luego comenzó a marcar otro número. Cuando le contestaron, susurró:
– Tenías razón. Fue fácil. Aceptó venir. No te olvides de fingir que te sorprendes al verla.
Su marido entró en la habitación mientras ella hablaba. Aguardó a que terminara la llamada y luego estalló:
– ¿Entonces la invitaste?
Min lo miró desafiante.
– Sí, lo hice.
Helmut von Schreiber frunció el entrecejo. Sus ojos azules se ensombrecieron.
– ¿Después de todas mis advertencias? Minna, Elizabeth podría derrumbar nuestro castillo. Para el fin de semana, estarás más arrepentida que nunca de esa invitación.
Elizabeth decidió entonces comunicarse de inmediato con el fiscal de distrito. William Murphy se sintió complacido de oírla.
– Señorita Lange, ya empezaba a preocuparme.
– Le dije que regresaría hoy. No pensaba encontrarlo en su despacho en sábado.
– Tengo mucho trabajo. La fecha del juicio es el 8 de setiembre.
– Sí, lo leí.
– Necesito revisar el testimonio con usted para que lo tenga fresco en la memoria.
– Nunca dejó de estar allí -dijo Elizabeth.
– Lo entiendo. Pero tenemos que discutir el tipo de preguntas que el abogado defensor le hará. Le sugiero que venga a verme el lunes, estaremos algunas horas y después podremos volver a reunirnos el próximo viernes. ¿Estará por aquí esta semana?
– Me voy mañana por la mañana -le informó Elizabeth-. ¿No podemos dejarlo todo para el viernes?
Se sintió desalentada por la respuesta.
– Preferiría que nos reuniéramos antes. Son apenas las tres. Podría tomar un taxi y estar aquí dentro de quince minutos.
Sin mucho entusiasmo, aceptó. Miró la carta de Sammy y decidió leerla a su regreso. Por lo menos, tendría algo que esperar. Se dio una ducha rápida, se recogió el cabello y se puso un traje de algodón azul y un par de sandalias.
Media hora más tarde, estaba sentada frente al ayudante del fiscal, en su atestada oficina. Tenía un escritorio, tres sillas y una fila de ficheros de acero gris. Había pilas de expedientes sobre su escritorio, el suelo y encima de los ficheros. A William Murphy no parecía molestarle el desorden, o bien había llegado a acostumbrarse a algo que no podía cambiar.
Murphy, un hombre regordete, medio calvo y de unos cuarenta años, con un marcado acento neoyorquino, daba la sensación de poseer una inteligencia aguda y una gran energía. Después de las audiencias con el gran jurado, Murphy le había dicho que su testimonio era la razón principal por la cual Ted había sido acusado. Sabía que para Murphy eso era un halago.
El hombre abrió un grueso legajo: El estado de Nueva York contra Andrew Edward Winters III.
– Sé lo difícil que esto debe de ser para usted -dijo-, la forzarán a revivir la muerte de su hermana y todo su dolor. Y atestiguará en contra de un hombre a quien quiso y en quien confiaba.
– Ted mató a Leila; el hombre que conocía ya no existe.
– En este caso no hay suposiciones. Él le quitó la vida a su hermana; mi trabajo, junto con su ayuda, es hacer que lo priven de su libertad. El juicio será una dura prueba para usted, pero le prometo que una vez que termine le será más fácil reanudar su vida. Después del juramento, le preguntarán su nombre. Sé que Lange es su nombre artístico. Dígale al jurado su verdadero nombre: LaSalle. Volvamos a revisar su testimonio una vez más.
»Le preguntarán si vivía con su hermana.
– No, cuando terminé la secundaria me fui a vivir a mi propio apartamento.
– ¿Sus padres viven?
– No, mi madre murió tres años después de que Leila y yo nos viniéramos a Nueva York y nunca conocí a mi padre.
– Ahora revisemos su testimonio empezando por el día anterior al crimen.
– Había estado fuera de la ciudad durante tres meses con una compañía de teatro… Regresé el viernes por la noche, el 28 de marzo, para ver el último ensayo de la obra de Leila.
– ¿Cómo encontró a su hermana?
– Estaba obviamente muy nerviosa, se olvidaba de la letra. Su actuación era un desastre. En el entreacto fui a su camerino. Ella no bebía más que un poco de vino y la encontré tomando whisky puro. Se lo quité y lo tiré en el lavabo.
– ¿Y ella cómo reaccionó?
– Estaba furiosa. Era otra persona. Nunca había bebido mucho y de repente lo hacía… Ted vino al camerino y nos gritó a los dos que nos fuéramos.
– ¿La sorprendió su conducta?
– Creo que sería más apropiado decir que quedé perpleja.
– ¿Habló de eso con Winters?
– Él parecía confundido. También había estado fuera durante mucho tiempo.
– ¿Viaje de negocios?
– Sí, eso creo…
– ¿Cómo salió la obra?
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