Mary Clark - No Llores Más, My Lady

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No Llores Más, My Lady: краткое содержание, описание и аннотация

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Una estrella de teatro y de la pantalla se arroja, en misteriosas circunstancias, por el balcón de su ático neoyorquino, ¿Fue asesinada por su amante, Ted Winters, un apuesto magnate de los negocios atormentado por un secreto inconfesable? ¿O se trata de un suicidio? Pero ¿por qué iba Leila a quitarse la vida en la cumbre de la fortuna y el éxito? ¿O la mató otra persona? Sin embargo, ¿quién querría acabar con la vida de una joven admirada y querida por todo el mundo?…

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Quince minutos después, estaban sentadas en la elegante limusina plateada y fuera del aeropuerto. Alvirah se arrellanó en el asiento y exhaló un gran suspiro.

– Ah, qué bien… -dijo.

Elizabeth estudió las manos de la otra mujer. Eran las de una persona trabajadora, con gruesos nudillos y callosidades. Las uñas, a pesar del esmalte fuerte, eran cortas, aun cuando tenían el aspecto de un trabajo costoso. Su curiosidad sobre Alvirah Meehan fue un bienvenido descanso para su mente siempre ocupada en Leila. La mujer le caía bien, tenía algo de cándido y atractivo, ¿pero quién era ella? ¿Qué la había traído a «Cypress Point»?

– Todavía no logro acostumbrarme -continuó Alvirah en tono alegre-. Quiero decir que en un momento, estoy sentada en mi casa con los pies en remojo. Puedo decirle que limpiar cinco casas por semana no es broma, y la del viernes fue la peor: tienen seis hijos y todos son desordenados, y la madre es peor que ellos. Luego, sacaron los números ganadores de la lotería y los teníamos todos. ¡Willy y yo no podíamos creerlo! «Willy -le dije-, ahora somos ricos». «Ya lo creo», me dijo. Tiene que haberlo leído el mes pasado. Cuarenta millones de dólares, y un minuto antes no teníamos ni siquiera dos monedas juntas.

– ¿Ganó cuarenta millones de dólares en la lotería?

– Me sorprende que no lo haya leído. Somos los ganadores más grandes de la historia de la lotería del estado de Nueva York. ¿Qué le parece?

– ¡Creo que es maravilloso! -exclamó Elizabeth con sinceridad.

– Bueno, en seguida supe qué era lo que quería y era venir a «Cypress Point». Hace diez años que leo acerca de este lugar. Me gustaba soñar sobre cómo sería pasar unos días en él y conversar con las celebridades. Por lo general, hay que esperar varios meses para una reserva, pero yo conseguí una así -dijo mientras chasqueaba los dedos.

«Porque Min, sin duda, había reconocido el valor publicitario de que Alvirah Meehan le dijera al mundo que la ambición de toda su vida había sido ir a “Cypress Point” -pensó Elizabeth-. A Min nunca se le escapa nada.»

Tomaron la Coastal Highway.

– Se supone que este camino tenía que ser maravilloso -comentó Alvirah-, pero no me parece nada extraordinario.

– Un poco más adelante, es algo que corta e) aliento -murmuró Elizabeth.

Alvirah se enderezó en el asiento y miró a Elizabeth.

– A propósito, estuve hablando tanto que he olvidado su nombre.

– Elizabeth Lange.

Los grandes ojos marrones, agrandados por los lentes de aumento, se abrieron de par en par.

– Sé quién es usted. Usted es la hermana de Leila LaSalle. Era mi actriz favorita. Sé todo acerca de Leila y de usted. La historia de ustedes dos cuando vinieron a Nueva York siendo usted muy pequeña es tan hermosa. Dos noches antes de que muriera, vi un preestreno de su última obra. Oh, lo siento… No quería molestarla…

– Oh, está bien. Es que tengo un fuerte dolor de cabeza. Será mejor que descanse un rato…

Elizabeth se volvió hacia la ventanilla y se retocó los ojos. Para entender a Leila había que haber vivido esa niñez, ese viaje a Nueva York, el temor y las desilusiones… Y había que saber que por muy bonita que sonara la historia en la revista People, no era en absoluto una historia agradable.

El viaje en autobús desde Lexington a Nueva York duró catorce horas. Elizabeth durmió acurrucada en el asiento y con la cabeza apoyada en el regazo de Leila. Estaba un poco asustada y la entristecía pensar que cuando su madre regresara a casa descubriría que se habían ido, pero sabía que Matt la invitaría a beber y que luego la llevaría al dormitorio, y en poco tiempo estarían riendo y gritando y los muelles del colchón empezarían a sonar…

Leila le nombró los estados por los que pasaban: Maryland, Delaware, Nueva Jersey. Luego, los campos fueron reemplazados por unas horribles cisternas y las calles cada vez más atestadas. En el túnel Lincoln, el autobús se detenía y volvía a arrancar a cada momento y Elizabeth comenzó a sentir un cosquilleo en el estómago. Leila se dio cuenta y le dijo: «Vamos, Sparrow rao te descompongas ahora. Sólo faltan unos minutos.»

No podía aguardar a bajar del autobús. Necesitaba respirar aire fresco. El aire allí era pesado y muy caluroso, incluso más que en su casa. Elizabeth se sintió inquieta y cansada. Estuvo a punto de quejarse, pero se dio cuenta de que Leila también parecía muy cansada.

Acababan de salir de la plataforma cuando un hombre se acercó a Leila. Era delgado y de cabello oscuro ensortijado, aunque un poco calvo en la parte de delante. Tenía patillas largas y ojos pequeños y marrones y al sonreír se ponía un poco bizco.

– Soy Lon Pedsell -le dijo-. ¿Eres la modelo que la agencia «Arbitran» envía desde Maryland?

Por supuesto que Leila no era la modelo, pero Elizabeth adivinó que su hermana no diría que no.

– No había ninguna otra de mi edad en el autobús -le respondió.

– Y obviamente eres modelo.

– Soy actriz.

La expresión del hombre cambió como si Leila le hubiera dado un regalo.

– Esto es un comienzo para mí y espero que lo sea también para ti. Si te gusta trabajar como modelo, serás perfecta. Son cien dólares por cada vez que poses.

Leila dejó sus maletas en el suelo y le apretó el hombro a Elizabeth. Era su manera de decir: «Déjame hablar a mí.»

– Me pareces agradable -le dijo Lon Pedsell-. Ven, tengo mi coche fuera.

Elizabeth quedó sorprendida al ver su estudio. Cuando Leila le hablaba sobre Nueva York, pensó que en todos los lugares donde ella trabajaría serían hermosos. Pero Lon Pedsell las llevó a una calle sucia a unas seis manzanas de la terminal. Había mucha gente sentada en los pórticos y basura desparramada por todas partes.

– Disculpadme por mi situación temporal -dijo-. Perdí la casa que alquilaba al otro lado de la ciudad y estoy preparando una nueva.

El apartamento adonde las llevó quedaba en el cuarto piso y estaba tan desordenado como el de su madre. Lon respiraba con dificultad porque había insistido en llevar las dos maletas.

– ¿Quieres que le dé un refresco a tu hermana y que mire la televisión mientras tú posas? -le preguntó a Leila.

Elizabeth se daba cuenta de que Leila no estaba muy segura de lo que debía hacer.

– ¿Qué tipo de modelo se supone que debo ser? -preguntó.

– Es para una nueva línea de trajes de baño. En realidad, hago las pruebas para la agencia. La joven que elijan hará un montón de publicidad. Tienes suerte de haberme encontrado hoy. Tengo la sensación de que eres la persona que estaba buscando.

Las llevó a la cocina. Era pequeña y sucia y había un pequeño televisor sobre una de las sillas. Le sirvió un refresco a Elizabeth y vino para Leila y para él.

– Tomaré un refresco -dijo Leila.

– Sírvete. -Encendió el televisor-. Ahora, Elizabeth, voy a cerrar la puerta para poder concentrarme. Quédate aquí y diviértete.

Elizabeth miró tres programas. A veces oía que Leila decía en voz alta: «Eso no me gusta.» Sin embargo, no parecía asustada, sólo un poco preocupada. Después de un rato, apareció y le dijo:

– Ya terminé, Sparrow, recoge tus cosas. -Luego se volvió hacia Lon-. ¿Sabes dónde puedo encentrar un cuarto amueblado?

– ¿Les gustaría quedarse aquí?

– No, sólo dame los cien dólares.

– Tienes que firmar este permiso primero…

Cuando Leila lo firmó, miró a Elizabeth y le dijo sonriendo:

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