A medida que avanzaba el verano, él pasaba más y más tiempo con Bessie. Le pidió repetidas veces que fuera a ver la granja, pero ella siempre se negaba.
– Vives solo, Norman. ¿Qué diría la gente? -¿Quién te va a ver? Está en medio de la nada.
– Siempre hay alguien. Las viejas aburridas levantan las cortinas para espiar a sus vecinos. En un sitio así todo el mundo habla.
Él se preguntó si sabría algo de Elsie.
– ¿Y qué dicen?
– Que de vez en cuando te visitaba una chica. ¿Es cierto?
Norman siempre había sabido que el tema surgiría algún día. Tomó aire.
– Sí, pero no había nada malo en ello, Bessie. Nunca durmió en la cabaña. Todo era de lo más decoroso.
– ¿Quién es?
– Alguien que conocí en Londres. Me gustó durante un tiempo, pero ahora ya no. El problema es… -Se interrumpió-. Está un poco chiflada. Siempre se comporta de un modo raro… se enfada de repente, grita, y al minuto siguiente rompe a llorar. No consigue conservar ni un solo empleo debido a su actitud.
Bessie hizo una mueca.
– En nuestra calle hay una mujer así. Prorrumpe en sollozos si alguien le dirige la palabra. Papá dice que es porque perdió a dos hijos en la guerra, pero según mamá todo eso le viene de nacimiento. Ya hacía esa clase de cosas antes de que ellos murieran.
– Elsie siempre ha sido rara.
– ¿Ése es su nombre?
Norman asintió.
– Elsie Cameron. De hecho, la idea de que viniera a verme fue más bien de sus padres. Supongo que confiaban en que algún día me casaría con ella y se la quitarían de encima. Es mayor que yo y su familia está harta de tenerla en casa.
– ¡Qué horror!
Sí, pensó Norman. Era un horror. ¿Por qué tenía que facilitarles la vida al señor y a la señora Cameron casándose con su desequilibrada hija? Él no la había parido. Ni la había consentido.
– No te preocupes, cielito -dijo Norman, cogiendo a Bessie de la mano-. Eso no pasará. Tengo muchos planes para el futuro… y ninguno de ellos incluye a Elsie.
– ¿Y qué me dices de mí? ¿Formo parte de tus planes?
– Quizá.
– Entonces no me llames «cielito» -replicó ella, propinándole un fuerte pellizco en la mano-. No soy ningún pollito de peluche al que puedes besar y acariciar a voluntad. Soy yo, y no le pertenezco a nadie.
Granja avícola Wesley, Blackness Road. Otoño de 1924
Bessie fue a tomar el té a principios de septiembre. Avisó a Norman con veinticuatro horas de antelación y él se pasó la noche y la mañana adecentando la cabaña. No podía creer lo sucia que estaba. El suelo estaba lleno de mierda de pollo que arrastraba en las botas y había polvo por todas partes.
Avergonzado por el aspecto de las sábanas, fue hasta la ciudad a comprar unas nuevas. Le dejó casi sin dinero, pero estaba seguro de que Bessie no se sentaría en un lecho que apestara a sudor y suciedad. Dobló las sábanas sucias y las escondió en un nido vacío. Su intención era volver a ponerlas antes de que Elsie volviera a la granja para que no sospechara que había recibido la visita de otra mujer.
Todo aquel esfuerzo obtuvo su recompensa. Bessie se quedó impresionada por la cabaña.
– Es muy acogedora. ¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí?
– Dos años.
– ¿No pasas frío?
– En invierno sí.
Ella miró hacia la viga que cruzaba el techo, donde él guardaba los sombreros.
– ¡Qué ordenado! ¿Dónde tienes la ropa?
– Aquí detrás. -Él levantó una cortina que estaba clavada a una de las paredes-. La cuelgo de ganchos y la cortina impide que se llene de polvo.
– Muy ordenado -repitió Bessie-. ¿Qué hay aquí dentro? -preguntó, señalando una pequeña cómoda.
A Norman le dio un vuelco el corazón. Las cartas de amor de Elsie. Debería haberlas escondido junto con las sábanas.
– Cuchillas de afeitar, las tijeras… Cosas de hombres.
Ella se sentó en el borde de la cama.
– Es mucho mejor de lo que yo creía. Me esperaba encontrar una especie de choza.
– ¿Por qué?
– Porque siempre te refieres a esto como «la cabaña». La imaginaba de hojalata… o hecha de trozos de hierro viejo. -Dio una palmada sobre el colchón-. Si me hubieras dicho que era así, habría venido antes.
Él no sabía qué pensar de aquel gesto. Debido a los cambios de humor de Elsie, era incapaz de distinguir con claridad las señales femeninas. ¿Sugería Bessie que se sentara a su lado en la cama? ¿O acaso le estaba invitando a ir más allá? ¿O tal vez era una prueba para que demostrara hasta qué punto era un caballero?
Se inclinó para encender el hornillo de petróleo donde reposaba la tetera.
– ¿Dónde te apetece tomar el té? -preguntó.
– Fuera -dijo ella con una sonrisa-. Se está bien al sol. -Se incorporó y se encaminó hacia la puerta-. Ya lo tomaremos dentro cuando refresque el tiempo.
A partir de ese día, la vida de Norman se escapó de su control. Bessie empezó a ir a Ía cabaña todas las noches después del trabajo. Y, sin los rígidos puntos de vista de Elsie acerca de condones y promesas de boda, no pasó mucho tiempo antes de que empezaran a practicar el sexo. El contraste entre aquellos brazos suaves y acogedores y el miedo rígido que invadía a Elsie no podía ser mayor.
¿Cómo podía haber sentido algo por Elsie alguna vez?
Intentó hacer acopio de valor para contarle la verdad. Escribió cartas que nunca envió. Incluso viajó a Londres a principios de octubre para decírselo a la cara. «Se acabó, Elsie. Ya no te amo. Hay otra persona.»
No pudo hacerlo. Ella se le pegó como una lapa, sonriendo sin motivo alguno. Cuando él la acusó de estar borracha, ella se rió.
– No es eso, tonto -dijo ella en tono zalamero-. El médico me ha recetado pastillas para los nervios.
– ¿Qué clase de pastillas?
Elsie sacó un frasco del bolso.
– No 10 sé, pero me sientan muy bien. Ya no sufro tanto por todo.
Norman leyó la etiqueta.
– ¿Qué diablos significa «sedantes», Else?
– No lo sé -repitió ella-. Pero ahora estoy bien. Podemos casamos cuando quieras.
– Ésa no es…
– Ya lo hablaremos a finales de este mes -dijo ella alegremente-. Lo tengo todo previsto. Ya he escrito al señor y la señora Cosham para reservar una habitación. Nos divertiremos mucho, cielito.
– Pero…
– ¿Pero qué, cielito?
– Hará frío -dijo él, resignado.
Norman le dijo a Bessie que su padre venía a pasar el fin de semana.
– Quiere ver con sus propios ojos cómo funciona la granja -mintió-. Se lo debo, Bess. Al fin y al cabo, me dio el dinero para arrancar.
– ¿Y por qué no quieres que lo conozca?
– Claro que quiero… pero todavía no. Le he dicho que trabajo a todas horas para levantar el negocio.
– ¿Te avergüenzas de mí, Norman?
– Desde luego que no. Pero ¿qué va a pensar si te ve aquí? Se dará cuenta de que no puedo quitarte las manos de encima.
Bessie se giró para mirarlo.
– Eso es verdad. Eres peor que Satán.
– Pero Satán lo hace con todas las gallinas… -sonrió Norman-, y yo sólo contigo.
Ella posó un dedo en sus labios.
– Será mejor que no me mientas, Norman. Si descubro que me engañas, te abandonaré.
– Eso no pasará -dijo él-. Para mí eres la única, Bessie. La rodeó con sus brazos y la atrajo hacia él. Pero por encima de su hombro contempló abatido la cortina que protegía su ropa.
Elsie la había cosido la primera vez que visitó la granja.
Limpió para eliminar cualquier rastro de Bessie. Cabellos rubios. El olor de su perfume. Uno de sus peines. Rescató las sábanas sucias del nido y tuvo que lavarlas para que desapareciera el hedor a gallina. Quedaron de un tono gris, pero no revelaban que habían estado sin usar durante siete semanas.
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