Qiu Xiaolong - Muerte De Una Heroína Roja

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Shanghai, 1990, el asesinato de la joven Guan «Hong Ying», una celebridad política y estandarte nacional, se convierte en un caso delicado un año después de los acontecimientos de la Plaza Tiananmen. El recién ascendido Inspector Jefe Chen Cao se muestra poco convencido por la máscara de perfección de la heroína roja, entregada a la causa del Partido, sin amigos ni amante.
Muerte de una heroína roja es mucho más que una historia de detectives. Llena de contrastes, es una radiografía sutil de la China de la transición, captada a través de una multitud de historias particulares y una apasionante inmersión en su historia, cultura, tradición poética y gastronómica. Una magnífica iniciación a la China de hoy.
Galardonada con el Premio Anthony a la mejor primera novela y finalista del prestigioso Premio Edgar, Muerte de una heroína roja es la confirmación de uno de los escritores más interesantes del momento.

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– Guan insistió en ello, así que conseguí los papeles que necesitábamos.

– ¿Y cómo los consiguió?

– Usé una hoja con el membrete de la revista. Redacté una breve declaración que decía que estábamos casados, pero nada más. No tuvimos que mostrar un libro de familia. A las agencias de viajes sólo les importan los beneficios, con lo que una declaración como ésa era suficiente.

– Es un delito falsificar un documento legal.

– ¡Vamos, camarada inspector Yu! Son sólo unas cuantas palabras en un papel con membrete oficial. ¿Y usted llama a eso un documento legal? Mucha gente lo hace todos los días.

– No por eso deja de ser ilegal -enfatizó Chen-.

– Pueden hablar con mi jefe si quieren. Es verdad que hice una pequeña trampa al usar el papel con el membrete oficial. Reconozco que está mal hecho. No obstante, no pueden detenerme por eso, ¿verdad?

– Guan era una trabajadora modelo de rango nacional un miembro del Partido con una gran conciencia política, participante en el Décimo Congreso Nacional de nuestro partido -dijo Yu-. ¿Y usted quiere que creamos que Guan lo hizo sólo para ahorrar unos cuantos yuanes?

– ¿Y al precio de compartir habitación con un hombre casado una semana entera? -preguntó Chen-. ¿Ella, una mujer soltera?

– He hecho todo lo posible por colaborar con ustedes, camaradas -dijo Wu-, pero si lo único que quieren es especular, enséñenme su orden judicial y podrán llevarme a comisaría.

– Se trata de un caso importante, camarada Wu Xiaoming -continuó Chen-. Tenemos que investigar a todas las personas relacionadas con Guan.

– Sin embargo, es todo lo que puedo decirles. Viajé a la montaña con ella, pero no significa nada. En los años noventa, nada.

– Es bastante más que eso -afirmó Yu-. Ahora, ¿cómo explica su llamada por teléfono a Guan la noche en que fue asesinada?

– ¿La noche en que fue asesinada?

– Sí, el 10 de mayo.

– El 10 de mayo… Deje que piense… Lo siento, no recuerdo nada de una llamada por teléfono. Todos los días hago muchas, a veces más de veinte o treinta. Me es imposible recordar una en particular y menos en una fecha concreta.

– Lo hemos comprobado con la Compañía Telefónica de Shanghai. El registro dice que la última llamada que recibió Guan era de su número a las nueve y media de la noche, el 10 de mayo.

– Bueno, es posible, ahora que lo pienso. Es cierto que hablamos de hacer otra sesión de fotos. Así que quizá la llamé.

– ¿Y qué hay del mensaje que usted le dejó?

– ¿Qué mensaje?

– «Nos encontraremos como habíamos planeado.»

– No lo recuerdo -dijo Wu-, pero quizá se podría referir a la sesión de fotos que habíamos acordado.

– ¿Después de las nueve de la noche?

– Ya entiendo adonde quieren llegar -apuntó Wu, y con un gesto brusco dejó caer un poco de ceniza sobre la mesa-.

– No estamos llegando a nada -especificó Chen-. Sólo esperamos su explicación.

– No recuerdo concretamente a qué hora quedamos, aunque podría ser al día siguiente, o al otro.

– Al parecer, tiene una explicación para todo -dijo Yu-, una explicación ya preparada.

– ¿No es eso lo que ustedes buscan?

– Díganos dónde estaba la noche del 10 de mayo.

– El 10 de mayo, veamos. ¡Ah, sí!, ahora me acuerdo. Sí…, estuve en casa de Guo Qiang.

– ¿Quién es Guo Qiang?

– Un amigo. Trabaja en el Banco del Pueblo, en el Barrio Nuevo de Pudong. Su padre antes era el director delegado.

– Otro HCS.

– No me agrada que la gente utilice ese término -expresó Wu-, pero no quiero discutir con ustedes. Para que quede claro, sólo diré que esa noche estuve en su casa.

– ¿Por qué?

– Una avería en mi laboratorio. Esa noche tenía que revelar unos carretes y hacer una entrega urgente, de modo que fui a su casa para trabajar en su laboratorio.

– ¿No tiene suficientes habitaciones aquí?

– A Guo también le gusta la fotografía. Hace trabajos de aficionado. Tiene algún equipo. Aquí habría sido demasiado problemático cambiar los equipos.

– Una respuesta conveniente. Así que pasó toda la noche con su amigo. Una coartada sólida.

– Ahí estuve el 10 de mayo, y punto. Espero que sea una respuesta satisfactoria.

– No se preocupe por eso. Estaremos satisfechos cuando ^levemos al asesino ante la justicia.

– ¿Por qué la habría matado yo, camaradas?

– Eso es lo que vamos a descubrir -dijo Chen-.

– Todos somos iguales ante la justicia, seamos o no Hijos de Cuadros Superiores -añadió Yu-. Queremos la dirección de Guo. Comprobaremos la información con él.

– De acuerdo, aquí tiene. La dirección y el número de teléfono de Guo -dijo Wu mientras escribía en un trozo de papel-. Están perdiendo su tiempo y yo, el mío.

– Muy bien, pronto volveremos a vernos -advirtió Yu incorporándose-.

– La próxima vez, por favor llamen antes de venir -se levantó de la silla de cuero-. Supongo que no les costará encontrar la salida.

– ¿Qué quiere decir?

– La mansión Wu es enorme. Los hay que se han perdido.

– Le agradezco su valiosa información -Yu miraba fijamente a Wu-. Somos policías.

No tuvieron problemas para encontrar la salida. Después de cruzar la puerta, Yu se volvió para echar un último vistazo a la mansión, aún visible en parte tras de los altos muros, y luego siguió sin decir palabra. Chen caminaba junto a él, intentando no romper el silencio, como si entre los dos hubiera un entendimiento tácito. El caso era demasiado complicado para hablar de él en plena calle, y siguieron caminando a paso lento durante varios minutos.

Debían tomar el autobús número 26 de vuelta a la oficina, pero el inspector jefe Chen tampoco conocía bien esa parte de la ciudad. Sugirió tomar un atajo hacia la calle Huaihai, pero acabaron en una sucesión de calles laterales hasta que llegaron al principio de la calle Quqi. Ya no se divisaba Huaihai, y Quqi no podía estar lejos de la calle Henshan, aunque parecía muy diferente. Las casas de ese sector, en su mayoría, eran edificios de pisos construidos con materiales baratos a comienzos de los años cincuenta. Ahora estaban sucias, sin pintar, y parecían pequeñas. Al final, el inspector Yu consiguió desprenderse de su sensación de opresión.

El día era espléndido. El cielo azul daba otro aire al aspecto sórdido de los callejones por donde pasaban en silencio. Una mujer de mediana edad preparaba unas anguilas de arrozal en un cubo junto a un fregadero colectivo cubierto de musgo. Chen aminoró el paso, y Yu también se detuvo a mirar. Después de golpear la anguila contra el suelo de cemento, la colgaba por la cabeza de un grueso clavo que sobresalía de un banco. La estiraba, la abría por el vientre y le quitaba las espinas, la destripaba, le cercenaba la cabeza y la cortaba en delicados filetes. Quizá trabajaba de limpiadora de anguilas para un mercado de los alrededores, y así ganaba algún dinero. Tenía descalzos las manos, los brazos y los pies, cubiertos de sangre de anguila. Las cabezas cortadas, esparcidas por el suelo, parecían dedos pintados de rojo.

– No hay duda -Yu se detuvo bruscamente-. Ese cabrón es el asesino.

– Lo ha manejado bastante bien -dijo Chen-, camarada Joven cazador.

– Gracias, jefe -Yu estaba contento con el cumplido, y aún más con el apodo que se había inventado el jefe-.

Al final de un callejón vieron un bar de tapas de aspecto destartalado.

– ¿Huele el curry? -preguntó Chen agradecido, husmeando el aire -. Tengo mucha hambre.

Yu asintió. Entraron en el bar. Apartaron la cortina de cuentas de bambú en la puerta y se encontraron en un interior sorprendentemente limpio. Eran sólo tres mesas de plástico con manteles blancos. En cada una había un vaso de bambú con palillos, un cilindro de acero inoxidable con mondadientes y un frasco de salsa de soja. Un cartel escrito a mano y colgado de la pared anunciaba un menú de fideos fríos, bolas de verdura y un par de platos fríos, pero en una olla grande hervía una suculenta sopa de carne con curry. Eran las dos y cuarto, demasiado tarde para los clientes del mediodía, de modo que estaban solos en el local. Al oírlos llegar, una mujer joven salió del fondo de la cocina limpiándose las manos cubiertas de harina en un delantal bordado de color jazmín, y les sonrió con las mejillas teñidas de blanco. Era probable que fuera la propietaria del lugar, y quizá también la camarera y la cocinera. Los llevó hasta una mesa y les recomendó los platos especiales del día. Para acompañar, les trajo una jarra de cerveza fría. Sacaron los palillos de bambú de sus estuches de papel, y tras poner una generosa dosis de salsa de curry en sus platos de sopa, la dueña volvió a la cocina.

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