Greg Iles - Gas Letal

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Enero de 1944. Las tropas aliadas se prepararan para el día D y el mundo entero espera la invasión aliada de Europa. Pero en Inglaterra, Winston Churchill ha descubierto que los científicos nazis han desarrollado un gas nervioso tóxico que puede repeler y eliminar cualquier fuerza invasora, el arma química final. Sólo una jugada desesperada puede evitar el desastre.
Para salvar el planificado asalto, dos hombres muy diferentes pero igualmente decididos -un médico pacifista estadounidense y un fanático sionista – son enviados a infiltrarse en el campo de concentración secreto donde está siendo perfeccionado el gas venenoso en seres humanos.
Sus únicos aliados: una joven viuda judía que lucha para salvar a sus hijos y una enfermera alemana que es la imagen de la perfección aria. Su único objetivo: destruir todos los rastros del gas y los hombres que la crearon, sin importar cuántas vidas se pueden perder, incluso las suyas propias…
Lo que se ven obligados a hacer en el nombre de la victoria y la supervivencia demuestra con terrible claridad que, en un mundo donde todo esta en juego, la guerra no tiene reglas.
Desde la primera página, Greg Iles lleva a sus lectores en un viaje en montaña rusa emocional, escenas de acción llenas de tensión, representaciones horribles de crueldad y descripciones de sacrificio y valentía.

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Cruzó la oficina para estrechar respetuosamente la mano del general Smith, a quien conocía desde 1942. Presentaron a todos menos al mayor de inteligencia norteamericano, callado y rígido como la armadura medieval que flanqueaba la puerta.

Churchill tomó su habano semiconsumido del cenicero y fue a su escritorio. No se sentó. Estaba en su ambiente -su medio parlamentario-, de pie, hablándole a un auditorio cautivo pendiente de sus palabras. Tomó un objeto pequeño y lo sostuvo en la palma de la mano. Parecía una figura de vidrio.

– Señores -dijo-, el tiempo es escaso y el asunto, grave. Seré breve. Los nazis -pronunció la palabra en un tono que trasuntaba desdén y a la vez la gravedad de la amenaza- resucitan algunos de sus viejos trucos. Y están inventando algunos nuevos. En momentos en que la marea parece volcarse inexorablemente en favor de nosotros, incluso diría en el mismo umbral de la invasión, el bárbaro alcanza nuevas cimas de espanto. Aparentemente, en su intento de evitar la catástrofe, ha resuelto que ningún horror científico es demasiado pavoroso.

Aunque estaba acostumbrado a la retórica florida de Churchill, Eisenhower lo escuchaba absorto. Venía del norte de África, pasando por Washington, y le interesaba cualquier novedad sobre el teatro europeo.

Churchill jugaba con el objeto de vidrio que tenía en la mano.

– Antes de continuar, debo recordar que esta reunión oficialmente no sucedió. Nadie debe mencionarla en su diario íntimo. Incluso violaré mi regla inviolable. Nadie firmará el libro de huéspedes al salir.

Eisenhower estaba harto de prólogos.

– Señor Primer Ministro, ¿de qué diablos está hablando?

Churchill alzó el objeto de vidrio. Era una ampolla diminuta.

– Señores, si yo rompiera esta ampolla, en menos de un minuto todos los presentes estaríamos muertos.

Así era Churchill: el gesto dramático, la voz apocalíptica.

– ¿Qué diablos es eso? -preguntó Eisenhower.

El Primer Ministro mordió el habano y bajó su cabeza redonda con gesto desafiante:

– Gas.

– ¿Gas tóxico? -preguntó Eisenhower, entrecerrando los ojos.

El Primer Ministro asintió lenta, deliberadamente, y se quitó el habano de la boca.

– Y no esa porquería que nos sofocaba durante la última guerra, aunque ya era bastante malo. Esto es totalmente nuevo, absolutamente monstruoso .

Eisenhower se preguntó si Churchill, al mencionar los ataques con gases tóxicos, aludía veladamente al hecho de que no había combatido durante la Primera Guerra Mundial. En esa época era instructor de tanquistas en Pennsylvania. Si Churchill quería meter el dedo en la llaga, lo había conseguida.

– ¿Qué clase de gas? -preguntó secamente.

– Lo llaman Sarin. Y es un milagro que estemos enterados. Eso se lo debemos a Duff Smith. -Churchill miró al jefe manco del SOE, quien se paró al instante. -Adelante, general.

Duff Smith, veterano curtido del regimiento Cameron Highlanders, habló serenamente:

– Hace treinta días -empezó, con un deje del cantarín acento escocés-, confirmamos nuestras peores sospechas sobre el desarrollo de la química alemana. No sólo realizan investigaciones intensas desde antes de la guerra, sino que han producido gases nuevos y los almacenan por todo el país.

– Un momento -interrumpió Eisenhower-. Nosotros hacemos lo mismo, ¿no?

– Sí y no, general. Nuestros proyectos no empezaron en serio hasta que descubrimos cuánto habían avanzado los alemanes entre las dos guerras. Y le digo francamente que nos llevan ventaja.

– ¿Son agentes neurotóxicos? -preguntó el mayor de inteligencia, que abría la boca por primera vez-. Hace tiempo que sabemos sobre el Tabun.

– Hablamos de algo cualitativamente peor -contestó Smith con cierto fastidio-. El indicio más grave es que los nazis acaban de reanudar los experimentos con estos gases. Usan prisioneros en los campos de concentración de la SS en Alemania y Polonia. Estos experimentos han provocado la muerte del cien por cien de los sujetos utilizados. Creemos que los alemanes se preparan para usar el gas contra nuestras tropas de invasión.

Eisenhower miró rápidamente al capitán de fragata Butcher.

– ¿Dijo que la tasa de mortalidad es del cien por cien? -preguntó el mayor del ejército-. ¿Y que las muertes se debieron exclusivamente al gas?

– Cien por cien -asintió Smith-. Hace treinta días, la resistencia polaca pudo sacar una muestra de Sarin de un campo en el norte de Alemania. Dos días después entregamos la muestra a uno de los especialistas en armas químicas de Lindemann en Oxford.

Esta vez interrumpió Eisenhower.

– Creía que el laboratorio de armas químicas inglés estaba en Portón Down, en la llanura de Salisbury.

– Las instalaciones principales están ahí -respondió Smith-. Pero tenemos científicos en otros laboratorios. Es una manera de asegurar la integridad del personal.

– Me parece que el profesor Lindemann es el más idóneo para informarnos sobre los detalles técnicos. Profe, por favor.

El célebre científico lidiaba con una vieja pipa que se negaba obstinadamente a encenderse. Lo intentó por última vez y, para su sorpresa, lo consiguió. La chupó varias veces con expresión reconcentrada antes de mirar a los norteamericanos.

– Esteee… sí. Ustedes recordarán que durante la Gran Guerra, los alemanes clasificaban sus agentes químicos con un sistema de cruces. Cada garrafa o proyectil de gas llevaba una cruz, cuyo color correspondía al tipo de gas que contenía. Había cuatro colores. La cruz verde indicaba los gases asfixiantes, sobre todo el cloro y el fosgeno. La blanca correspondía a los irritantes o lacrimógenos. La cruz amarilla se usaba para los gases que provocan ampollas como el mostaza, y la azul para los que bloqueaban la respiración molecular: cianuro, arsenamina y monóxido de carbono.

El general Eisenhower encendió su segundo cigarrillo con la colilla del primero. Estaba totalmente concentrado.

– Hace once meses -prosiguió Lindemann-, poco después de la rendición alemana en Stalingrado, nos enteramos de la existencia del Tabun. Era interesante porque, a diferencia de todos los gases conocidos, atacaba el sistema nervioso central. Pero como no era cualitativamente más mortífero que el fosgeno, no nos preocupamos demasiado. Aunque sí comprendimos que nuestro arsenal químico había avanzado muy poco desde 1918, y nos apresuramos a compensar esa deficiencia. Sarin posee algunas de las características del Tabun, pero es algo completamente distinto.

– La verdad es que me acuerdo muy poco de química -declaró Eisenhower con franqueza cautivadora-. ¿Cuáles son las características tan particulares de Satin?

Lindemann frunció el entrecejo.

– A diferencia de la mayoría de los gases tóxicos, general, Sarin es absolutamente fatal. En 1939, el gas bélico más mortífero era el fosgeno. -Hizo una pausa para resaltar lo que estaba a punto de decir. -El Sarin es treinta veces más mortífero que el fosgeno. Con la concentración adecuada, mata en segundos y ni siquiera es necesario que llegue a los pulmones. Atraviesa la piel humana.

– ¡Dios mío! -exclamó Eisenhower. Se había puesto pálido. -¿Cómo actúa esta sustancia?

Lindemann miró fijamente al comandante norteamericano durante varios segundos.

– General, todas las funciones del organismo, sean conscientes o inconscientes, son gobernadas por el cerebro. Así como un general conduce sus tropas, el cerebro trasmite órdenes a los órganos y miembros por medio de los nervios. Digamos que los nervios son los mensajeros del cerebro. Cuando el cerebro trasmite un mensaje a través de un nervio, se produce una sustancia llamada acetilcolina. En ese momento, el nervio pierde la conductividad. Una vez que entrega el mensaje, el mensajero queda exánime. El nervio recupera la conductividad por medio de una enzima llamada colinesterasa. Sin esa enzima, los nervios son tejidos muertos. Los mensajeros quedan tendidos.

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