Cuando caminaban juntos, las diferencias entre los hermanos eran más evidentes. David era musculoso, casi robusto; Mark tenía el físico alto y delgado de un maratonista. Caminaba con paso largo y ágil adquirido en años de carreras a campo traviesa. Tenía manos grandes con dedos largos y finos. Manos de cirujano, solía jactarse su padre. David tenía los alegres ojos celestes de su madre; los de Mark eran café, otra herencia de su padre. Y mientras David exteriorizaba su alegría o su furia sin titubeos, Mark tenía la mirada meditabunda del hombre acostumbrado a ponderar todos los aspectos de un problema antes de actuar.
Se decidió por el Welsh Pony en la calle George. La taberna tenía mucha clientela por las tardes, pero también abundaba en rincones apartados donde se podía conversar. Mark pidió una cerveza en la barra para justificar la ocupación de una mesa y fue con David al fondo del salón. Iba por la mitad de su jarro cuando advirtió que David había bebido una buena cantidad de bourbon acompañado por cerveza inglesa. Sin embargo, estaba totalmente lúcido. En ese sentido, aunque en ningún otro, se parecía a su padre. La analogía no era reconfortante.
– ¿Qué diablos te pasa, Mac? -preguntó bruscamente-. Desde que nos encontramos tengo la sensación de que quieres decir algo, pero no te decides. Como una rata vieja alrededor de un cubo de basura. Ya estoy harto. A ver, dilo de una vez.
Mark se acomodó en la silla de roble y por primera vez bebió un sorbo largo.
– David, ¿qué sientes al bombardear una ciudad alemana?
– ¿A qué te refieres? -Se enderezó y lo miró desconcertado.-¿Quieres saber si tengo miedo?
– No, me refiero al hecho de soltar las bombas. ¿Qué sientes al soltar toneladas de bombas sobre una ciudad donde viven mujeres y niños?
– Yo no suelto nada. Eso lo hace el bombardero. Yo piloto el avión, y punto.
– Ah, entiendo. Mentalmente tomas distancia.
David entrecerró los ojos.
– Oye, por favor no empecemos. Ya tuve esa discusión de mierda con el viejo cuando me alisté. ¿Y ahora que ha muerto tú quieres seguirla? -Con un vigoroso movimiento del brazo abarcó la taberna y el callejón nevado, apenas visible a través de la ventana cubierta de escarcha.- Aquí, en este país de Jauja, tú y los demás intelectuales pasan el día entero en el laboratorio. Se olvidan del mundo y de por qué estamos en guerra.
Mark alzó la mano:
– Ya sé que hay que detener a los nazis, David. Pero estamos destruyendo mucho más que eso.
– Abre los ojos, Mac. Estamos en 1944. Estamos hablando de Hitler. El Führer hijo de puta.
– Lo sé. ¿Pero te das cuenta de que se usa a Hitler para justificar cualquier cosa? Bombardeos de regiones enteras, misiones suicidas. Los políticos actúan como si Hitler hubiera nacido armado de la cabeza de Zeus. Los hombres con conciencia habrían podido detener a ese maniático hace diez años.
– ¿Qué importa lo que habría podido pasar? Lo que cuenta es la realidad. Hitler tendrá lo que buscó.
– Así es. Lo que yo pregunto es si debemos destruir una sociedad para eliminar a un hombre. Aniquilar una población para poner fin a una peste.
El rostro de David se volvió una máscara de furia.
– ¿Te refieres a los alemanes? Déjame que te cuente sobre esa buena gente. ¿Recuerdas a Chuckie Wilson, mi mejor amigo? Su B-17 cayó cerca de Würzburg después de la segunda incursión sobre Schweinfurt. El piloto murió en vuelo, pero Chuckie y otros tres pudieron saltar. A uno lo capturaron, a otro lo salvó la Resistencia. Chuckie cayó en manos de unos civiles alemanes. -David bebió un gran trago y se sumió en un silencio hosco.
– ¿Y?
– Y lo lincharon.
Mark sintió que se le erizaban los pelos de la nuca.
– ¿Cómo?
– Lo colgaron de un árbol, carajo.
– Yo creía que los alemanes trataban bien a los aviadores derribados. Al menos en el frente occidental.
– Los soldados regulares, sí. Pero la SS no es regular, y los civiles alemanes nos odian.
– ¿Cómo te enteraste?
– Por el tipo que escapó. Pero te contaré lo peor. Cuando los civiles ahorcaban a Chuckie, apareció un camión cargado de tipos de la SS. Se pararon a mirar, fumando y riendo, y después se fueron. Me hizo acordar de ese negro que lincharon en la granja de los Bascombe. Dijeron que había violado a una chica blanca, ¿recuerdas? Pero no había pruebas, y Dios sabe que no le permitieron defenderse. ¿Recuerdas lo que dijo tío Marty? El comisario y sus ayudantes presenciaron todo sin tratar de intervenir.
David abrió y cerró lentamente la mano izquierda mientras alzaba el vaso con la derecha.
– El tipo que vio el linchamiento de Chuckie dijo que había tantas mujeres como hombres. Y que una se le colgó de las piernas cuando estaba ahí colgado de la rama.
– Sí, entiendo lo que quieres decir. -Mark tomó aliento.- Aquí se nos pierde de vista la dimensión personal de la guerra. No vemos el odio.
– Ya lo creo, viejo. Deberías volar con nosotros alguna vez. Una sola. Con las pelotas congeladas, tratando de respirar con la máscara, sabiendo que si se te cae durante diez segundos te tienen que amputar una parte congelada. Y todo el tiempo juras que si vuelves con vida, nunca volverás a faltar a misa.
Mark pensaba en un ofrecimiento que había hecho poco antes a un general de brigada escocés. En un momento de furia había amenazado con renunciar al laboratorio y enrolarse para manejar un fusil en el frente.
– Tal vez debería acercarme a la guerra verdadera -murmuró-. ¿De qué vale tener convicciones si uno no la conoce? Podría pedir el traslado a una unidad hospitalaria del frente italiano…
David dejó caer el vaso sobre la mesa y aferró el brazo de su hermano sobre la tabla marcada. Varios parroquianos se volvieron hacia ellos, pero bastó una mirada furiosa de David para desalentar su curiosidad.
– Si lo intentas te romperé las piernas -masculló-. Y no creas que podrás hacerlo sin que me entere.
Mark lo miró, asombrado por la vehemencia de su tono.
– Hablo en serio, Mac. No quieras saber lo que es el campo de batalla. Yo lo veo desde ocho mil metros de altura y te digo que es el infierno terrenal. ¿Entiendes?
– Entendido, mi capitán -bromeó Mark. Pero lo perturbaba la sensación de ver por primera vez a su hermano tal como era. El David de sus recuerdos, el joven atleta audaz e irresponsable, ya no existía. La guerra lo había transformado en un joven maduro y demacrado, con ojos de neurocirujano.
– David -susurró, y sintió que se le acaloraba el rostro al iniciar la confesión-. Tengo que decirte algo. -No podía contenerse. Las palabras que no debía pronunciar salieron de su boca como un torrente. -Los ingleses quieren que trabaje en un proyecto especial. Quieren que lo dirija. Es un tipo de arma que nunca se usó… mejor dicho, sí se usó, pero no de esta forma ni con esta capacidad de provocar una matanza…
David le aferró el brazo:
– Oye, despacio, que no entiendo nada. ¿De qué estás hablando?
Mark echó una mirada furtiva alrededor. El murmullo de voces que llenaba el recinto parecía suficiente para tapar una conversación en voz baja. Se inclinó sobre la mesa.
– Un arma secreta, David. No es broma. Como en las películas. ¡Qué joder, es una pesadilla!
– Un arma secreta.
– Exactamente. Y nada la contendría. Mataría indiscriminadamente a hombres, mujeres, niños, perros… sin distinción. Morirían a miles.
– Y los ingleses quieren que dirijas el proyecto.
– Así es.
La boca de David se abrió en una sonrisa atónita.
– Parece que se equivocaron de tipo.
– Ellos creen que soy el tipo justo.
– ¿Qué clase de arma? No creo que pueda haber nada más destructivo ni menos indiscriminado que una incursión con mil bombarderos.
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