Greg Iles - Gas Letal

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Enero de 1944. Las tropas aliadas se prepararan para el día D y el mundo entero espera la invasión aliada de Europa. Pero en Inglaterra, Winston Churchill ha descubierto que los científicos nazis han desarrollado un gas nervioso tóxico que puede repeler y eliminar cualquier fuerza invasora, el arma química final. Sólo una jugada desesperada puede evitar el desastre.
Para salvar el planificado asalto, dos hombres muy diferentes pero igualmente decididos -un médico pacifista estadounidense y un fanático sionista – son enviados a infiltrarse en el campo de concentración secreto donde está siendo perfeccionado el gas venenoso en seres humanos.
Sus únicos aliados: una joven viuda judía que lucha para salvar a sus hijos y una enfermera alemana que es la imagen de la perfección aria. Su único objetivo: destruir todos los rastros del gas y los hombres que la crearon, sin importar cuántas vidas se pueden perder, incluso las suyas propias…
Lo que se ven obligados a hacer en el nombre de la victoria y la supervivencia demuestra con terrible claridad que, en un mundo donde todo esta en juego, la guerra no tiene reglas.
Desde la primera página, Greg Iles lleva a sus lectores en un viaje en montaña rusa emocional, escenas de acción llenas de tensión, representaciones horribles de crueldad y descripciones de sacrificio y valentía.

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– ¿Quién?

El rabino se enderezó con dificultad hasta que su columna quedó recta como una vara metálica.

– El soldado desconocido.

Tragué saliva.

– No puedo creerlo -dije con voz ronca-. Es lo más insólito que haya oído en mi vida. O haya visto -añadí, alzando la cinta y la cruz. Al alzarla parecía ganar peso.

– Le falta ver algo todavía más extraordinario -dijo Leibovitz-. Algo único.

Nuevamente tragué, expectante.

– Levante el acolchado de la caja. Debe de estar ahí.

Le entregué la cruz y con gran cuidado alcé el forro del fondo. Apareció un retazo gastado de tela de lana, un tartán escocés. Lo interrogué con la mirada.

– Siga, siga -dijo Leibovitz.

Bajo el tartán apareció una fotografía en blanco y negro, tan contrastada que parecía una vieja escena de la Gran Sequía tomada de la revista Life . Era el retrato de una joven, de la cabeza a la cintura. Llevaba un vestido sencillo de algodón y su cuerpo delgado posaba con cierta rigidez contra una pared de madera oscura. Su pelo rubio y lacio, que caía hasta los hombros, parecía brillar contra la madera tosca. Su rostro mostraba líneas de sufrimiento en torno de las comisuras de la boca y un magnífico par de ojos, más oscuros que la madera. Conjeturé que tendría unos treinta años.

– ¿Quién es? -pregunté-. Parece… qué sé yo. No diría hermosa, pero sí viva. ¿Es mi abuela? ¿Era ella en su juventud?

El rabino Leibovitz agitó la mano:

– Paciencia, paciencia. Busque debajo de la fotografía.

Lo hice. Apareció una hoja de cuaderno, cuidadosamente doblada, arrugada y amarillenta. La alcé y empecé a desplegarla.

– Con cuidado -me advirtió.

– ¿Es el certificado que acompaña la condecoración? -pregunté mientras manipulaba cuidadosamente el papel.

– No, no tiene nada que ver.

Terminé de abrirla. Las letras escritas con tinta azul estaban casi borradas, como si la esquela hubiera pasado accidentalmente por un lavarropas, pero las palabras eran legibles. Las leí, embargado por una extraña sensación de desconcierto.

Que estas muertes recaigan sobre mí.

W.

– Es casi ilegible. ¿Qué significa? ¿Y quién es "W"?

– Es casi ilegible, Mark, porque cayó a las aguas heladas del río Recknitz en 1944. Para explicarle el significado de la nota, debo narrarle una historia bastante tortuosa y espeluznante. Y en cuanto a "W", el autor de esa firma críptica era nada menos que Winston Churchill.

– ¡Churchill!

– Sí. -El viejo rabino sonrió con malicia.- Es toda una historia.

– ¡Dios mío!

– ¿Podríamos beber un coñac? -preguntó Leibovitz.

Fui a buscar la botella.

– Para mí, la culpa de todo la tiene Churchill.

El viejo rabino se había acomodado en un sillón de cuero con un cobertor tejido al croché sobre las rodillas y una copa de coñac en la mano.

– Como usted sabe, Mac fue a Inglaterra con una beca Rhodes. Fue en 1930, al año siguiente del gran crack de la Bolsa. Al cabo de dos años, le pidieron que se quedara uno más como alumno matriculado. Un gran honor. Después de obtener el título volvió a Estados Unidos, seguramente convencido de que el "período inglés" de su vida había terminado. No fue así.

"Se graduó en el 38, y durante su residencia hospitalaria logró obtener, no sé cómo, un master en ingeniería química. Era 1940, y abrió un consultorio clínico con un amigo de su padre. Pero no había terminado de instalarse cuando recibió una llamada de su antiguo preceptor en Oxford. Le dijo que un asesor científico de Churchill había leído sus monografías sobre la guerra química durante la Primera Guerra Mundial y lo invitaba a formar parte de un grupo de investigación inglés sobre los gases venenosos. Estados Unidos aún no había declarado la guerra, pero Mac sabía lo que estaba en juego. Inglaterra estaba a punto de caer.

– Eso sí lo recuerdo -dije-. Aceptó con la condición de que sólo lo emplearan para realizar tareas defensivas, ¿no es cierto?

– Efectivamente. Qué ingenuo, ¿no? Bueno, se fue a Inglaterra con su esposa y llegaron días antes de los primeros bombardeos. Con un poco de esfuerzo logró vencer la resistencia de Susan y ella volvió a Estados Unidos. Hitler no llegó a invadir Inglaterra, pero para entonces era demasiado tarde. Estuvieron separados hasta el fin de la guerra.

"Cincuenta años -murmuró Leibovitz. Hizo una pausa como si hubiera perdido el hilo de sus pensamientos. -A usted le parecerá una eternidad, pero trate de visualizar la época. Enero de 1944, pleno invierno. El mundo entero, incluso los alemanes, sabía que los Aliados invadirían Europa en la primavera. La única duda era dónde darían el golpe. Eisenhower era el nuevo comandante en jefe del operativo Overlord. Churchill…

– Perdone, rabino -interrumpí-. Con todo respeto, ¿no se detiene demasiado en los detalles?

Sonrió con la paciencia de quien está habituado a tratar con niños inquietos.

– ¿Tiene que salir?

– No, pero me interesa mi abuelo, no Churchill ni Eisenhower.

– Mark, si le cuento el final de la historia, usted no me creerá. En serio. Usted no podrá asumir el desenlace sin conocer los hechos que llevaron a él. ¿Comprende?

Asentí, tratando de ocultar mi impaciencia.

– No -señaló Leibovitz con energía-. No comprende. Las peores cosas que haya visto en su vida, y hablo de abuso de menores, violación, asesinato… todo eso es nada comparado con lo que voy a contarle. Es un relato sobre crueldades que superan la imaginación, sobre hombres y mujeres de un heroísmo sin igual. -Alzó su dedo torcido y su voz se redujo a un susurro:

– Después de escuchar esta historia, su vida cambiará para siempre .

– Es un prólogo impresionante, rabino.

Bebió un buen trago de coñac.

– No tengo hijos, doctor. ¿Sabe por qué?

– Bueno… supongo que no quiso tenerlos. O usted o su esposa son estériles.

– Soy estéril -asintió Leibovitz-. Cuando tenía dieciséis años, unos médicos alemanes me invitaron a pasar a una cabina para llenar un formulario. Necesité quince minutos para completarlo. Durante ese lapso, rayos equis de alta intensidad atravesaron mis testículos desde tres ángulos distintos. Dos semanas después, un cirujano judío y su esposa me salvaron la vida al castrarme en la cocina de su casa.

Sentí frío en las manos.

– ¿Estuvo en… en los campos?

– No. Huí a Suecia con el cirujano y su esposa. Pero, como ve, mis hijos nonatos quedaron allá.

No supe qué decir.

– Nunca se lo había dicho a un cristiano -declaró Leibovitz.

– No soy cristiano.

Sus ojos se entrecerraron:

– ¿Hay algo de lo que no estoy enterado? Que yo sepa, usted no es judío.

– No soy nada. Agnóstico, digamos. La duda metódica.

Leibovitz me escrutó durante largo tiempo. En su rostro aparecían emociones que yo no sabía interpretar.

– Lo dice muy a la ligera para alguien que ha visto tan poco.

– He visto bastante sufrimiento. Y a veces he podido aliviarlo.

Agitó la mano en un gesto europeo por demás elocuente.

– Créame, doctor, usted ni siquiera se ha acercado al borde del abismo. Se cubrió los ojos con la mano y permaneció inmóvil durante casi un minuto. Tuve la impresión de que se preguntaba si tenía fuerzas para relatar la historia. Pero cuando yo iba a romper el silencio, bajó la mano:

– Bien, ¿quiere escucharme, Mark? ¿O prefiere dejar las cosas como están?

Contemplé la medalla en forma de cruz, la esquela desteñida, el tartán escocés y la fotografía de la mujer.

– Estoy enganchado -confesé-. Pero espere un momento.

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