Greg Iles - Gas Letal

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Enero de 1944. Las tropas aliadas se prepararan para el día D y el mundo entero espera la invasión aliada de Europa. Pero en Inglaterra, Winston Churchill ha descubierto que los científicos nazis han desarrollado un gas nervioso tóxico que puede repeler y eliminar cualquier fuerza invasora, el arma química final. Sólo una jugada desesperada puede evitar el desastre.
Para salvar el planificado asalto, dos hombres muy diferentes pero igualmente decididos -un médico pacifista estadounidense y un fanático sionista – son enviados a infiltrarse en el campo de concentración secreto donde está siendo perfeccionado el gas venenoso en seres humanos.
Sus únicos aliados: una joven viuda judía que lucha para salvar a sus hijos y una enfermera alemana que es la imagen de la perfección aria. Su único objetivo: destruir todos los rastros del gas y los hombres que la crearon, sin importar cuántas vidas se pueden perder, incluso las suyas propias…
Lo que se ven obligados a hacer en el nombre de la victoria y la supervivencia demuestra con terrible claridad que, en un mundo donde todo esta en juego, la guerra no tiene reglas.
Desde la primera página, Greg Iles lleva a sus lectores en un viaje en montaña rusa emocional, escenas de acción llenas de tensión, representaciones horribles de crueldad y descripciones de sacrificio y valentía.

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– Bien, hasta entonces yo no podría tomar la decisión de bombardear esos depósitos aunque quisiera. Además, es un problema político. Tendría que consultar al presidente Roosevelt.

Churchill replicó con un hondo suspiro.

– Hablé de este asunto con Franklin en El Cairo, general. Ya tenía un informe preliminar sobre Sarin. Me parece que no comprendió la magnitud del peligro. Cree que la balanza se ha inclinado a nuestro favor hasta tal punto que ninguna arma secreta alemana podría cambiar el rumbo de la guerra. Los mariscales del aire dicen lo mismo y les disgusta que me entrometa en sus asuntos. Por eso acudí a usted. Como jefe supremo de OVERLORD, no puede dejar de comprender el peligro.

– Sí, claro que lo comprendo.

– Gracias a Dios -replicó Churchill rápidamente-. Es difícil de asumirlo en toda su magnitud. Rommel podría enterrar bombas de Soman varias semanas antes del arribo de nuestras tropas y detonarlas desde lejos. Media docena de aviones que rociaran Soman en aerosol podrían detener la invasión en las playas. El día D sería una catástrofe. Eisenhower alzó la mano:

– ¿Por qué cree que Hitler utilizará el gas neurotóxico en las playas si no lo hizo en Stalingrado?

Churchill respondió con seguridad:

– Porque Stalingrado fue una derrota tremenda, pero no el fin. Todavía estaba en condiciones de pensar en el largo plazo. Pero ahora sabe que un ejército aliado está a punto de instalarse en territorio europeo. Si perforamos el Muro del Atlántico, es el fin, y él lo sabe. Además, es posible que en ese momento las tropas alemanas no tuvieran el equipo protector necesario. Recuerde que Sarin y Soman atraviesan la piel. Una ráfaga de viento en la dirección inesperada podría diezmar a la propia tropa tanto como al enemigo. Ya sucedió en la Gran Guerra. Pero en vista de lo que está en juego en la invasión, ¿cree que Hitler vacilará ante el sacrificio de sus propios soldados? Ni por un instante. Créame, el demonio no se detendrá ante nada.

Los ojos de Eisenhower y Churchill se encontraron en la oscuridad.

– Señor Primer Ministro, a esta altura del partido tenemos que sincerarnos con respecto a Hitler. No podemos darnos el lujo de engañarnos a nosotros mismos.

– No comprendo.

– Quiero decir que me consta que en 1940 usted estaba dispuesto a usar gases tóxicos si los alemanes desembarcaban en las playas inglesas.

Churchill no lo negó.

– Por eso -prosiguió Eisenhower-, dejemos de fingir que tenemos la obligación moral de impedir que Hitler utilice gases en las mismas circunstancias en que probablemente lo haríamos nosotros.

– ¡Justamente a eso quería llegar! Dentro de poco, Hitler se encontrará precisamente en la situación en la que nosotros recurriríamos al gas. ¿Podemos darnos el lujo de esperar que no lo haga?

Eisenhower aplastó la colilla con violencia.

– ¿Cómo diablos nos metimos en este berenjenal?

– Lamento decirle, general, que todo se remonta a los acuerdos entre I.G. Farben y Standard Oil en los años 20. Standard aceptó no meterse en la industria química si Farben dejaba en paz los hidrocarburos. Las dos empresas respetaron el acuerdo incluso después del comienzo de la guerra. Los alemanes produjeron una revolución en la industria química. No tenemos nada parecido al complejo Farben.

– ¿Y la ciencia francesa?

Churchill meneó la cabeza con tristeza:

– Ese as sólo lo tiene Hitler. -Tomó una pluma y empezó a garabatear en una libreta. -¿Puedo hablarle con toda franqueza, general?

– Es lo que más deseo en el mundo.

– Duff Smith y yo tenemos una hipótesis. Creemos que Hitler todavía no utilizó el Sarin por la sencilla razón de que tiene miedo a los gases . Como usted sabe, el gas mostaza le provocó una ceguera temporaria durante la Gran Guerra. Hace mucho aspaviento sobre eso en Mein Kampf . Tal vez tema en exceso nuestra capacidad química. Creemos que el verdadero peligro no es Hitler sino Heinrich Himmler. Están haciendo experimentos con Sarin y Soman en los campos controlados por las SS de Himmler. La muestra de Sarin vino de un campo de las SS instalado en una zona remota con el único propósito de fabricar los gases neurotóxicos y experimentar con ellos. Himmler controla en gran medida el aparato de inteligencia nazi. Por eso, si alguien está enterado de nuestra carencia en ese terreno, es él. Duff y yo pensamos que Himmler tiene el plan de perfeccionar sus gases y la ropa protectora, y presentar todo a Hitler en el momento en que más lo necesite: para detener la invasión. Himmler mataría dos pájaros de un tiro al convertirse en el salvador del Reich y a la vez el sucesor indiscutido al trono nazi.

Eisenhower apuntó el cigarrillo recién encendido hacia Churchill: -Ese sí que es un argumento persuasivo, señor. ¿Tiene pruebas de lo que dice?

– Los amigos polacos de Duff tienen un contacto muy cercano al comandante de uno de los campos. El agente dice que están preparando una demostración práctica de Soman a la que asistirá el mismísimo Führer , y que podrían realizarla dentro de algunas semanas, o quizás en cuestión de días.

– Comprendo. Señor Primer Ministro, cambiemos de tema por un momento. El profesor Lindemann dice que están trabajando las veinticuatro horas del día para reproducir el Sarin. ¿Doy por sentado que lo usarán si es necesario tomar represalias?

Churchill tomó aliento antes de responder:

– No, general. Tratemos de ponernos de acuerdo. Creo que hay una alternativa mejor que bombardear los depósitos alemanes. Me refiero a una incursión de advertencia. Creo que si nuestros científicos logran reproducir el Sarin, debemos lanzar un ataque limitado lo antes posible. Así, Himmler se convencerá de que sus informes sobre nuestra capacidad y firmeza son erróneos.

Eisenhower lo miró estupefacto. La sangre fría de los británicos nunca dejaba de sorprenderlo. Carraspeó:

– Pero hasta ahora sus científicos no han podido reproducirlo, ¿no es cierto?

Churchill alzó las palmas:

– Están experimentando con algo que llaman fluorofosfatos, pero los progresos son muy lentos.

Eisenhower se volvió hacia la ventana y contempló el nevado paisaje inglés. En la oscuridad, era silencioso como un cementerio.

– Señor Primer Ministro -dijo al cabo de unos momentos-, lamento decirle que no puedo apoyarlo en esto. -Se volvió al oír un gemido de Churchill. -Espere, déjeme hablar. Respeto profundamente su opinión. Sé que en muchas ocasiones tuvo razón contra el resto del mundo. Pero la situación no es tan clara como usted la pinta. Si bombardeamos los depósitos y plantas de fabricación de gases neurotóxicos, mostramos todas nuestras cartas. Revelamos nuestro mayor temor. Al mismo tiempo, bombardeamos indirectamente al pueblo alemán. ¿Qué le impedirá a Hitler utilizar el Soman contra nuestras tropas?

Churchill lo escuchaba atentamente, en busca de la menor grieta en su razonamiento.

– No -prosiguió Eisenhower con firmeza-, está descartado. El presidente Roosevelt jamás autorizará un ataque con gases tóxicos, y el pueblo norteamericano no lo aprobaría. En las calles de Estados Unidos hay miles de veteranos que conocieron el gas en la Primera Guerra. Algunos llevan cicatrices horribles. Si nos atacan, tomaremos represalias. El Presidente lo ha dicho con toda claridad. Pero no arrojaremos la primera piedra.

Eisenhower se preparó para escuchar el rugido del león británico. Pero en lugar de pararse para mantener una discusión vehemente, Churchill pareció ensimismarse.

– Lo que haré -prosiguió Eisenhower- es presionar a favor de que prestemos toda nuestra colaboración en el desarrollo de una versión propia de Sarin. Así, el día que Hitler cruce el límite demostraremos a nuestra gente que devolveremos golpe por golpe. Hablaré con Eaker y Harris para que hagan reconocimientos aéreos de las fábricas y los depósitos alemanes. Si Hitler usa Sarin, los bombardearemos inmediatamente. ¿Qué le parece?

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