Peter James - Traficantes de muerte

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Traficantes de muerte: краткое содержание, описание и аннотация

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La vida de Lynn Barrett se convierte en una pesadilla cuando a su hija Caitlin se le diagnostica un cáncer de hígado terminal. La escasez de órganos hace que incluso candidatos idóneos para un trasplante fallezcan mientras esperan que se les pueda realizar la operación. Desesperada, Lynn recurre a un traficante de órganos que encuentra en Internet quien, curiosamente, enseguida le confirma que ha encontrado a una donante perfecta. Entre tanto, Roy Grace está trabajando en un caso en que a los restos de tres jóvenes que han aparecido en las profundidades de la costa de Brighton les faltan los órganos vitales… La pista llevará a Grace a Rumanía donde operan las mafias de traficantes de órganos de las que el detective sospecha.

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Era el último domingo antes de Navidad y sabía que debería sentirse libre, a la espera de disfrutar de un tiempo de descanso con la mujer que amaba. Pero por dentro se sentía tan agitado como las revueltas y grises aguas del canal a su derecha, cubiertas de espumarajos.

Los dos iban bien abrigados y calentitos. Cleo tenía el brazo cómodamente apoyado en el suyo y él de pronto se preguntó si podrían seguir dando aquel paseo cincuenta años más tarde, cuando fueran dos viejecitos arrugados.

Humphrey correteaba a su lado, cogido a su correa extensible, exhibiendo orgullosamente un gran fragmento de madera de un barco que llevaba en la boca. Un perrillo marrón se dirigió hacia ellos, ladrando alegremente, mientras su dueño, a cierta distancia, le llamaba por el nombre. Cleo se soltó un momento y se agachó para acariciarlo. Pero el animal se echó atrás, nervioso, cuando Humphrey soltó la madera y le gruñó. Cleo intentó tranquilizarlo, dio un paso adelante, y él volvió a dar un salto hacia atrás. Ambos se rieron. De pronto, al oír su nombre, se fue corriendo.

– Bueno, gran superintendente, ¿cómo te sientes? -le preguntó ella, volviendo a meter la mano por el hueco de su brazo.

– No lo sé -confesó, mientras miraba cómo Humphrey se debatía para recoger de nuevo la madera.

– Cuéntame.

– ¿No fue el duque de Wellington quien dijo que lo único peor que perder una batalla es ganarla?

Ella asintió.

– Pues así me siento yo.

– Lo que no entiendo -dijo ella- es que todos esos médicos y enfermeras se mantuvieran en silencio durante tanto tiempo.

– Un cirujano en Rumania gana 300 euros al mes. El resto del personal médico, aún menos. Todos estaban ganando una fortuna en Wiston Grange, así que estaban encantados.

– Y bien escondiditos en el campo.

– La mayoría no hablan inglés. Así que nada de cotilleos con los lugareños. Era una puesta en escena inteligente. Tráelos, deja que hagan un dinerito, y llévatelos. Son miembros de la UE, así que no hay restricciones fronterizas; nadie hace preguntas.

– ¿Y sir Roger Sirius? -Pasta a lo grande. Y tenía su propia justificación moral.

Caminaron en silencio un rato.

– Dime algo, Grace: si hubiera sido nuestro hijo…, esa chica, Caitlin, ¿qué habrías hecho? -Con la mano libre se dio una palmadita en el vientre-. ¿Y si le pasara a esta personita, en algún momento del futuro?

– ¿Qué quieres decir?

– En las mismas circunstancias, si nuestra única opción fuera la de comprar un hígado para salvar a nuestro hijo, ¿qué habrías hecho…, qué harías?

Él se encogió de hombros.

– Soy policía. Mi deber es hacer que se cumpla la ley.

– Eso es lo que me asusta de ti a veces.

– ¿Te «asusta»?

– Ajá. Creo que yo me dejaría matar por mi hijo. Y creo que sería capaz de matar por él. ¿No es eso lo que significa ser padres?

– ¿Crees que he hecho mal?

– No, supongo que no. Pero entiendo por qué la madre hizo lo que hizo.

Grace asintió.

– En uno de los libros de filosofía que me diste, leí algo que dijo Aristóteles: «Los dioses no tienen mayor tormento que el de una madre que sobrevive a su hijo».

– Sí. Exactamente. ¿Cómo crees que se siente esa mujer ahora?

– ¿Es que vale menos la vida de una niña rumana de la calle que la de otra de Brighton de clase media? Cleo, cariño, no soy Dios. No juego a ser Dios. Soy poli.

– ¿No te preguntas a veces si eres demasiado poli?

– ¿Por?

– ¿Hacer cumplir la ley a toda costa? ¿Sin fijarte en el precio «humano»? ¿No te ves tan obligado a ver el mundo con los ojos de un policía que pierdes la visión del exterior?

– Le hemos salvado la vida a esa niña rumana. Eso es muy importante para mí.

– ¿No piensas: trabajo hecho, pasamos al siguiente?

– No, nunca -respondió él, sacudiendo la cabeza-. No es así como trabajo, ni como me siento. Nunca.

Ella le apretó más fuerte.

– Realmente eres un buen hombre.

Él esbozó una sonrisa.

– En un mundo de mierda.

Ella se detuvo y se lo quedó mirando, con aquella sonrisa por la que Roy lo habría dado todo.

– Tú haces que sea menos de mierda.

– Ojalá.

Epílogo

Lynn se quedó de pie en la habitación de Caitlin, que había permanecido intacta casi dos años y medio. Ahora, entre el caos de las cosas de su hija, había un montón de cajas de cartón de la empresa de mudanzas.

¿Qué diablos iba a quedarse y qué iba a tirar? En el minúsculo piso al que se iba a mudar no había mucho espacio.

Con lágrimas surcándole las mejillas, se quedó mirando la impenetrable maraña de ropa, peluches, CD, DVD, zapatos, estuches de maquillaje, el taburete rosa, el móvil de mariposas azules de metacrilato, bolsas de tiendas y la diana con la boa violeta colgando.

Las lágrimas eran por Caitlin, no por aquel lugar. No le daba pena dejarlo. En cierto modo, Caitlin tenía razón desde el principio. Había sido «una casa», pero no «su casa».

Entró en su dormitorio. Sobre la cama estaba apilado el contenido de los armarios. En lo más alto estaba su abrigo azul, aún en la bolsa de plástico con cremallera donde lo había metido tras su primera «cita» con Reg Okuma. Aunque era su abrigo favorito, sentía que estaba mancillado, y no se lo había vuelto a poner nunca más. Pero Reg Okuma ya formaba parte del pasado. En Denarii se habían portado bien con ella tras la muerte de Cailtin, y Bhad la había ascendido a directora de grupo. Aquello le había permitido cancelar la deuda y corregir su valoración crediticia en el sistema informático. Nadie se había dado cuenta.

Se colgó el abrigo del brazo, bajó y salió al exterior. Hacía una bonita mañana de primavera. Al llegar al bidón de basura, tiró el abrigo.

Iba a devolverles el dinero a Luke y a Sue Shackleton con la venta de la casa. Y parte del dinero a Mal y a su madre. Después de aquello no le quedaría mucho, pero no le importaba. Tenía que pasar página de algún modo.

Y en parte lo había conseguido. En lo referente a su condena, por lo menos. Dos años, suspendida gracias a una actuación digna de Oscar de un abogado, o a la suerte de encontrarse con un juez con corazón. O quizás a ambas cosas.

La cadena perpetua de sufrir el duelo por Caitlin era otra cosa. La gente decía que los dos primeros años eran los peores, pero a Lynn no le parecía que la cosa mejorara en absoluto. Cada semana se despertaba varias veces a medianoche, empapada en sudor frío, llorando amargamente por las decisiones que había tomado y por la niña que había perdido.

Se maldecía, y no se perdonaba que el trasplante legítimo hubiera estado tan cerca y que ella lo hubiera echado todo a perder dejándose llevar por el pánico, por la estupidez.

Y lo único que le calmaba y le reconfortaba era el ronroneo de Max, el gato, en el otro extremo de la cama, y el recuerdo de la sonrisa de su hija y aquellas palabras que solía decirle y que tanto le molestaban: «Relájate, tía».

Agradecimientos

Este libro es una obra de ficción, al igual que todas mis novelas de Roy Grace. Pero es una triste verdad que en el Reino Unido mueren cada día tres personas por falta de órganos disponibles para trasplantes. También es triste y cierto que hay más de mil niños pasándolo mal en Bucarest -algunos de ellos, indigentes de tercera generación- y más de cinco mil adultos; una situación heredada del monstruoso régimen de Ceaucescu. Y es cierto que algunos de estos niños son objeto del tráfico de órganos.

Hay mucha gente que me ha ayudado considerablemente en la creación de este libro, y sin su inmensamente amable y generoso apoyo habría sido imposible escribir con la mínima sensación de autenticidad.

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