Peter James - Traficantes de muerte

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Traficantes de muerte: краткое содержание, описание и аннотация

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La vida de Lynn Barrett se convierte en una pesadilla cuando a su hija Caitlin se le diagnostica un cáncer de hígado terminal. La escasez de órganos hace que incluso candidatos idóneos para un trasplante fallezcan mientras esperan que se les pueda realizar la operación. Desesperada, Lynn recurre a un traficante de órganos que encuentra en Internet quien, curiosamente, enseguida le confirma que ha encontrado a una donante perfecta. Entre tanto, Roy Grace está trabajando en un caso en que a los restos de tres jóvenes que han aparecido en las profundidades de la costa de Brighton les faltan los órganos vitales… La pista llevará a Grace a Rumanía donde operan las mafias de traficantes de órganos de las que el detective sospecha.

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Entonces, antes de que pudiera decir nada más, el rechoncho puño de Draguta impactó contra su mejilla, haciéndolo retroceder hasta caer en el duro suelo.

Marlene corrió hacia él, se arrodilló y le ayudó a ponerse en pie. Parecía confuso.

– ¡Hay un helicóptero de la Policía! -le gritó Marlene-. ¡Tenemos que cerrarlo todo! ¡Solucionen esto! ¿Me entiende?

Draguta cayó, con varios miembros del equipo quirúrgico encima.

– ¡Estoy ciega! -gritó en rumano-. ¡Que Dios me ayude, estoy ciega!

– ¡Sedadla! -ordenó Marlene-. ¡Que se calle! ¡Rápido!

Un auxiliar de anestesista agarró una jeringa, rebuscó en el carrito y cogió un vial.

– Tenemos que llevar a Draguta a un hospital oftalmológico -dijo una de las enfermeras.

– ¿Dónde está la chica inglesa? ¿Caitlin? ¿Dónde está?

Sólo vio miradas en blanco, de sorpresa.

– ¡¿Dónde está la chica inglesa?! -gritó Marlene.

117

Los mareos iban cada vez a peor. Caitlin, congelada, sentía que el aguanieve le golpeaba la cara cada pocos segundos. Entonces fue a dar contra la pared, se apartó haciendo fuerza con los brazos y casi se cayó al suelo. Le costaba un gran esfuerzo mover los pies. Arrastró uno, luego el otro. Estaba casi en la parte delantera del edificio. Veía un aparcamiento. Filas y filas de vehículos que enfocaba sólo a ratos.

Atravesó un parterre de flores y casi se cae. El iPod, que le colgaba del cable, le iba dando golpes contra la rodilla. Tenía terribles picores. «Van a enfadarse conmigo. Mamá. Luke. Papá. La abuela. Mierda, van a estar enfadados conmigo. Mierda. Enfadados. Mierda. Enfadados.»

Por encima oyó un terrible ruido, como el de una metralleta.

Levantó la mirada, rascándose furiosamente el pecho. A unas decenas de metros sobre su cabeza vio un helicóptero azul oscuro y amarillo, como un enorme insecto mutante. Y vio la palabra Policía en el lateral. Mierda, mierda, mierda. Venían a detenerla por haber herido a la enfermera.

Se apoyó en la pared, jadeando, luchando por cada bocanada de aire. La pared se movía, se tambaleaba. Se separó unos centímetros. Vio la vía de acceso circular. El helicóptero se alejó, trazando un amplio arco. Entonces vio un taxi.

Una mujer con un abrigo de pieles y un pañuelo de seda estaba de pie junto a la puerta del conductor, pagando al taxista. Se giró y se dirigió hacia la puerta principal, arrastrando su maletita tras ella. El conductor se disponía a meterse de nuevo en el taxi.

Caitlin corrió, dando tumbos, hacia el taxi, agitando los brazos.

– ¡Eh! -gritó-. ¡Eh!

Él no la oía.

– ¡Eh!

El taxista volvía a subirse al vehículo.

Ella se agarró a la puerta del acompañante, tambaleándose. Sujetándose con todas sus fuerzas, la abrió.

– Por favor -dijo, jadeando-. Por favor, ¿está libre?

– Lo siento, guapa, estoy fuera de mi zona. Aquí no puedo recoger pasajeros.

– Por favor… ¿Adónde va? ¿No podría llevarme?

Era un hombre canoso con arrugas y rostro amable.

– ¿Adonde quieres ir? Yo tengo que volver a Brighton.

– Sí -dijo ella-. Sí, estupendo, gracias.

Entró, o más bien se dejó caer en el asiento del acompañante. Dentro olía muy fuerte a perfume de mujer.

– ¿Estás bien, niña? Estás sangrando.

Caitlin asintió.

– Sí -dijo, casi sin aliento-. Me he… me he pillado la mano con una puerta.

– Tengo un botiquín. ¿Quieres una tirita?

– No -respondió Caitlin, sacudiendo la cabeza con fuerza-. No, gracias. Estoy bien.

– ¿Has estado aquí recibiendo tratamiento?

Ella asintió, intentado desesperadamente mantener los ojos abiertos.

– He oído que es un lugar muy caro.

– Paga mi madre -susurró ella.

Él estiró el cuerpo por encima del de ella, tiró del cinturón de seguridad y se lo abrochó.

Cuando llegaron a las puertas de entrada, ella estaba casi inconsciente.

– ¿Estás segura de que estás bien? -preguntó él.

Ella asintió:

– Es agotador, ya sabe, los tratamientos.

– No, no tengo ni idea -dijo él-. No entra en mi presupuesto.

– Presupuesto -repitió ella, con voz tenue. Luego, al tiempo que se le cerraban los ojos, sintió cómo aceleraba el coche.

¿ Estás segura de que te encuentras bien? -volvió a insistir el taxista.

– Estoy bien.

Cinco minutos más tarde, tres coches de Policía pasaron en dirección contraria, con las luces encendidas y las sirenas puestas. Un momento más tarde se les unió un cuarto.

– Parece que pasa algo -dijo el conductor.

– Siempre pasan cosas -murmuró ella, adormilada.

– Dímelo a mí.

118

Alarmada por la salida repentina de la alemana del despacho, Lynn se dirigió a la ventana para ver qué era lo que producía aquel repiqueteo incesante y atronador. Levantó la vista y se le hizo un nudo en la garganta al ver el helicóptero volando en círculos y la palabra Policía en el lateral.

Volaba muy bajo, como si buscara algo… o alguien.

¿A ella?

Sentía el estómago como si le hubieran vaciado un bidón de hielo en el interior.

«Por favor, no. Por favor, Dios mío. Ahora no. Deja que prosiga la operación. Después, lo que sea.»

«Por favor, deja que prosiga la operación.»

Estaba tan tensa ante aquella imagen que al principio no oyó el teléfono que sonaba. Entonces rebuscó en el interior del bolso y sacó el móvil. En la pantalla vio que ponía: «Número privado».

Respondió.

– ¿Señora Beckett? -dijo una voz de mujer que le resultaba familiar pero que no reconocía.

– ¿Sí?

– Soy Shirley Linsell, del Royal South London Hospital.

– Ah, sí, hola -dijo, sorprendida de tener noticias de ella. ¿Qué demonios querría?

– Tengo buenas noticias para usted. Tenemos un hígado que podría ser apto para Caitlin. ¿Puede prepararse para salir dentro de una hora?

– ¿Un hígado? -dijo ella, incapaz de reaccionar.

– En realidad es un hígado compartido, de una persona corpulenta.

– Sí, ya veo -dijo, con la mente hecha un torbellino. Un «hígado compartido». En aquel momento no podía pensar siquiera qué significaba aquello.

– ¿Le va bien dentro de una hora?

– ¿Una hora?

– Para que la ambulancia pase a recogerlas a usted y a Caitlin.

De pronto, Lynn sintió que le hervía la sangre, como si la cabeza estuviera a punto de explotarle.

– Disculpe… ¿Cómo?

Shirley Linsell repitió pacientemente lo que acababa de decir.

Lynn se quedó sentada en silencio, petrificada, con el teléfono pegado a la oreja.

– ¿Hola? ¿Señora Beckett?

Tenía el cerebro paralizado.

– ¿Señora Beckett? ¿Está ahí?

– Sí -dijo Lynn-. Sí.

– Le mandaremos una ambulancia a casa en una hora.

– Bueno -dijo Lynn-. Esto… El caso es que… -No acabó la frase.

– ¿Oiga? ¿Señora Beckett?

– Estoy aquí.

– El nivel de compatibilidad es muy bueno.

– Bueno, vale. De acuerdo.

– ¿Hay algo que le preocupe y de lo que querría hablar?

El cerebro de Lynn seguía patinando. ¿Qué debía hacer? ¿Decirle a la mujer que no, gracias, que ya se las había arreglado por su cuenta?

Con un helicóptero de la Policía allí mismo.

¿Dónde había ido Marlene Hartmann, qué casi había salido de allí a la carrera?

¿Y si las cosas salían mal, a pesar de haber pagado?

A lo mejor sería más sensato, aunque fuera tarde, aceptar la oferta de un hígado legal.

¿Cómo la última vez, cuando las habían dejado en la cuneta por un maldito alcohólico?

Caitlin no sobreviviría si le negaban el hígado otra vez.

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