«Idiota -pensó-. Qué idiota.»
El coche dio un giro brusco y rebasó un montículo. Luego, para enojo de dos jugadores de golf, atravesó un green, entre las bolas que estaban a punto de tirar al hoyo. Cuando el coche cayó al suelo tras el bote, Marlene se dio contra el techo.
– Scheisse! -exclamó, pero no por el dolor.
Lo que le hizo soltar el improperio fue la visión de la furgoneta blanca de Policía atravesada en la salida trasera de Wiston Grange, frente a ellos.
– ¡Gira! -ordenó a Grigore-. Probaremos por delante.
– ¿No nos iría mejor a pie? -propuso Cosmescu mientras Grigore frenaba de golpe, haciendo derrapar el coche por la hierba.
– Sí, claro, ¿con el helicóptero ahí arriba? ¡No tenemos ninguna posibilidad! -dijo ella. Miró por la ventanilla, estirando el cuello hacia arriba.
Entonces Grigore soltó un alarido y señaló con el dedo por encima del hombro. Marlene se giró y, horrorizada, vio un Range Rover de la Policía tras ellos, con las luces encendidas y ganando terreno a gran velocidad.
– ¿Quiere que intento? -dijo Grigore-. ¿Yo conduzco rápido?
– No, para. No digáis nada. Yo hablaré. Intentaré soltarles alguna mentira. ¡Para el coche! Halten!
Grigore obedeció. Los tres se quedaron sentados un momento, en un silencio incómodo, mientras Marlene pensaba a toda prisa.
Otro coche policial se les acercaba rápidamente. Paró dejando el morro frente al del Mercedes, bloqueándoles el paso, mientras el sonido de la sirena se apagaba. Y cuando Marlene vio los ocupantes de los asientos delanteros, su desánimo creció aún más.
El conductor era un agente negro que nunca había visto, pero su acompañante era alguien que desde luego había visto antes. En su oficina en Alemania.
El día anterior.
Ahora estaba fuera del coche y se acercaba a ella, con el abrigo abierto y ondeando al viento. Del Range Rover salieron varios agentes uniformados y con chaleco salvavidas que se situaron tras él.
– Buenos días, «señor Taylor» -le saludó ella fríamente, mientras él abría la puerta-. ¿O prefiere que le llame «superintendente Grace»?
Haciendo caso omiso a su comentario y muy serio, él dijo:
– Marlene Eva Hartmann, queda arrestada como sospechosa de tráfico de seres humanos para trasplantes de órganos -le informó-. Salga del coche, por favor.
Le agarró por la muñeca mientras salía y luego le hizo un gesto a uno de los policías uniformados, que se acercó y la esposó.
– Espera ahí un momento -le ordenó al agente; luego abrió la puerta delantera y se dirigió a Cosmescu.
– Joseph Baker, también conocido como Vlad Roman Cosmescu, queda arrestado como sospechoso del asesinato de Jim Towers.
Mientras esposaban a Cosmescu, Grace se fue al lado del conductor y abrió la puerta. El hombre se le quedó mirando con los ojos desorbitados y temblando.
– Bueno, ¿y tú quién eres? -preguntó.
– Yo, Grigore. Yo el conductor.
– ¿Tienes apellido?
– ¿Ape…, qué?
– ¿Grigore? ¿Grigore qué más?
– Ah. Dinica. ¡Grigore Dinica!
– Tú eres el conductor, ¿verdad?
– Sí, como taxista, como taxista.
– ¿«Taxista»? -insistió Grace, limpiándose un copo de aguanieve del rostro. Su radio hizo un ruido, pero él no hizo caso.
– Sí, sí, «taxista». Yo sólo conducir taxi para esta gente.
– ¿Quieres que te trinque también por conducir un taxi sin licencia, además de los cargos de los que te voy a acusar?
Grigore se lo quedó mirando sin expresión, con la frente cubierta de sudor. Tras ordenar a Glenn Branson que detuviera a aquel tipo como posible cómplice e instigador del tráfico humano, Grace se giró de nuevo hacia la mujer. Antes de que pudiera decir nada, habló ella:
– Superintendente Grace, ¿me permite que le sugiera que la próxima vez que finja ser un cliente interesado en algún servicio, se informe mejor?
– Si usted está tan bien informada, ¿cómo es que la hemos trincado? -replicó él.
– Yo no he hecho nada malo -respondió ella, categórica.
– Bien. Entonces tiene suerte. Las cárceles inglesas están terriblemente superpobladas actualmente. No le recomendaría la estancia en ellas, especialmente las de mujeres. -Se limpió unos copos más de aguanieve de la cara-. Ahora, Frau Hartmann, ¿quiere que hagamos esto por la vía fácil o por la difícil?
– ¿Qué quiere decir?
– Tenemos una orden de registro firmada, y viene de camino: estará aquí dentro de unos minutos. Puede ofrecernos una visita guiada, si quiere, o dejar que nosotros exploremos por nuestra cuenta.
Sonrió.
Ella no le devolvió la sonrisa.
Lynn corrió por una sucesión aparentemente interminable de salas con una apabullante variedad de carteles y nombres. En algunas buscó; otras las pasó por alto. No se molestó en entrar en la sauna finlandesa ni la de vapor, ni en la sala de aromaterapia. Pero echó un vistazo a la clase de yoga, al Centro Ayurvédico, a varias salas de tratamiento, y luego a la Zona de Experiencia Tropical.
De vez en cuando echaba la vista atrás, por si veía a algún policía. Pero no la seguían.
Iba dando tumbos, casi sin aliento y desorientada por la geografía del lugar. Estaba empapada en sudor y agitada, lo que le indicaba que estaba baja de azúcar.
«Cariño. Caitlin, cariño. Tesoro, ¿dónde estás?»
Mientras corría, marcó el número de Caitlin por tercera vez, pero de nuevo le salió el contestador.
Los diez minutos se habían agotado. Se detuvo, jadeando, marcó el número de Shirley Linsell y le rogó que le diera unos minutos más contándole una media verdad: que había llevado a su hija a un balneario y que la había perdido.
A regañadientes, la coordinadora de trasplantes del Royal le concedió otros diez minutos. Pero iban a ser los últimos.
Lynn le dio las gracias repetidamente y luego se detuvo, con el corazón latiéndole con fuerza, pensando a la desesperada y preocupadísima.
«Por favor, aparece, Caitlin. Por favor, por favor, por favor.»
Aquel lugar era demasiado grande. No la encontraría nunca sin ayuda. Intentando recomponerse, corrió hacia atrás, siguiendo los carteles que indicaban el camino hacia el vestíbulo, y llegó antes de lo que esperaba. Había un policía en la puerta principal, como si montara guardia; los otros habían desaparecido.
Atravesó la puerta con el cartel de «Privado. Prohibido el paso» y volvió a la zona de oficinas. Abrió la puerta del despacho de Marlene Hartmann y entró.
Y se quedó helada.
La alemana, con las manos esposadas por delante, tenía un aspecto sombrío pero digno. Tras ella había dos policías de uniforme y, a su lado, un hombre negro alto y calvo con gabardina. De pie junto a la mesa, rebuscando entre los papeles, estaba el superintendente que la había visitado aquella misma mañana, que se giró hacia ella, abriendo bien los ojos al reconocerla.
– Ha traído aquí a su hija para hacerle un regalo antes de la operación, ¿verdad, señora Beckett?
– Por favor, tienen que ayudarme a encontrarla -espetó.
– ¿Tiene usted un buen motivo para estar aquí, en Wiston Grange? -replicó él, con gesto severo.
– ¿Un buen motivo? Sí, claro -dijo Lynn, airada, de pronto furiosa por su actitud-. Porque quiero estar guapa para el funeral de mi hija. ¿Le parece suficiente motivo?
En el silencio que siguió, se tapó el rostro con las manos y sollozó.
– Por favor, ayúdenme. No la encuentro. Por favor, dígame dónde está -dijo, dirigiéndose a la alemana con los ojos húmedos-. ¿Dónde está?
La vendedora de órganos se encogió de hombros.
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