– ¿Podemos hablar de sus preocupaciones, señora Beckett?
– Sí, bueno, después de lo que pasó la última vez… Aquello fue bastante duro. No quiero hacer pasar por eso a Caitlin otra vez.
– Lo entiendo, señora Beckett. No puedo darle ninguna garantía de que el especialista no encuentre algún problema también en este caso. Pero, de momento, tiene buena pinta. Tenemos que ser positivos.
Lynn se sentó en una de las butacas frente a la mesa de Marlene Hartmann. Necesitaba desesperadamente pensárselo bien.
– Tendré que llamarla yo -dijo Lynn-. ¿Cuánto tiempo me puede dar?
Sorprendida, la mujer respondió:
– Puedo darle diez minutos. Si no, tendré que pasar a la siguiente persona en la lista. Pero me temo que si no acepta el hígado estará cometiendo un error terrible.
– Diez minutos, gracias. La llamaré. Dentro de menos de diez minutos.
Colgó e intentó sopesar mentalmente los pros y los contras, intentando no dejarse influir por el dinero que había pagado.
Un hígado seguro allí mismo, contra un hígado sin seguridad en Londres.
Caitlin debería tomar parte en aquella decisión. Miró el reloj. Le quedaban nueve minutos.
Atravesó la zona enmoquetada y después la puerta que daba al pasillo de azulejos. A su derecha vio una puerta abierta y echó un vistazo. Era un pequeño vestidor, con taquillas y un banco en el que estaba el abrigo de lana de Caitlin.
«Debe de estar por aquí cerca», pensó. A unos pasos de allí había otra puerta abierta, a la izquierda. Entró y miró, y vio un almacén con una camilla y, en el extremo opuesto, lo que parecía la puerta de un quirófano con un ojo de buey.
Cruzó el almacén y miró por el cristal. Una niña desnuda, no Caitlin, yacía inconsciente sobre la mesa de operaciones. Varias personas vestidas con batas verdes y máscaras intentaban enderezar a una enfermera enorme, también inconsciente, del suelo. Mientras ellos luchaban por levantar aquel peso muerto, Lynn observó, asombrada, que se trataba de Draguta, la enfermera que se había llevado a Caitlin.
Sintió una presión repentina en la garganta. Algo iba mal, muy mal. Abrió la puerta y entró.
– ¡Perdonen! -dijo-. ¡Oigan! ¿Alguien sabe dónde está mi hija, Caitlin?
Varios de ellos se giraron y se quedaron mirándola.
– ¿Su hija? -dijo un joven, con acento extranjero.
– Caitlin. Le van a hacer una operación. Un trasplante.
El cirujano miró a la enfermera y luego otra vez a Lynn.
– No creo -dijo él-. Ahora no.
– ¿Dónde está? -dijo ella, casi gritándole, cada vez más asustada-. ¿Qué está pasando? ¿Dónde está? -Señaló a Draguta-. ¿Qué ha pasado?
– Creo que debería hablar con su hija -dijo él.
– ¿Dónde está? Por favor, ¿dónde está?
El se encogió de hombros.
– No lo sé.
Lynn miró el reloj. Le quedaban siete minutos.
Dio media vuelta y salió corriendo, presa del pánico, al pasillo, gritando en voz alta:
– ¡Caitlin! ¡Caitlin! ¡Caitlin!
Abrió una puerta, pero no era más que la lavandería. Luego otra, que sólo contenía un escáner de resonancias magnéticas.
– ¡¡Caitlin!! -gritó, desesperada, sin dejar de correr por el largo pasillo hasta salir al exterior, al patio desierto y helado. Miró a su alrededor angustiada y volvió a gritar-: ¡¡¡Caitlin!!!
Cubierta de lágrimas, volvió a entrar corriendo al pasillo y se metió en las oficinas, donde abrió una puerta tras otra. No eran más que despachos. Los administrativos, sobresaltados, levantaron la vista y se la quedaron mirando. Abrió otra puerta y vio una pequeña escalera de servicio. La subió corriendo y en lo alto vio una gruesa puerta de incendios con las palabras: «Zona estéril, prohibido el paso a personas no autorizadas». Estaba abierta y entró en lo que tenía el aspecto y el olor de un pasillo de hospital. Había otra puerta más allá, con un puesto para lavarse las manos en la pared… No hizo caso, abrió la puerta y entró.
Era una pequeña unidad de cuidados intensivos. Había seis camas, tres de ellas ocupadas, una por un hombre de cabello largo y poco más de cuarenta años, que podría ser perfectamente un cantante de rock; otra por un chico de una edad parecida a la de Caitlin; y la tercera por una mujer que debía de tener poco menos de sesenta años. Los tres estaban intubados con tubos endotraqueales y nasogástricos y conectados mediante una jungla de goteros y vías a la batería de aparatos que rodeaba cada cama.
Tres enfermeras con el mismo uniforme que llevaba Draguta se la quedaron mirando con recelo desde el puesto de control.
– Estoy buscando a mi hija, Caitlin -dijo ella-. ¿Alguien la ha visto?
– Por favor, salga -dijo una de ellas, con acento extranjero-. Prohibido el paso.
Ella salió enseguida, buscó más puertas, vio una y la abrió. Era una pequeña sala de personal. La atravesó y abrió otra puerta, pero ésta daba a un baño vacío. Volvió a mirar el reloj.
Menos de cinco minutos.
– ¿No podrían darle algo más de tiempo? Tenía que estar por allí. «Tenía que estar allí.»
Marcó el número del móvil de Caitlin, pero le salió directamente el buzón de voz. Entonces volvió a bajar las escaleras a toda velocidad, atravesó las oficinas y salió por otra puerta. Recorrió un corto pasadizo, abrió otra puerta y, de pronto, se encontró en el enorme vestíbulo del balneario, con elegantes suelos de mármol.
Había gente por todas partes. Tres mujeres en albornoces blancos y zapatillas desechables contemplaban un expositor de joyería. Un hombre, vestido del mismo modo, estaba firmando un formulario en uno de los mostradores de recepción. Cerca de él, una mujer con un elegante abrigo y un pañuelo de seda y una maletita con ruedas al lado parecía estar haciendo los trámites de registro.
Recorrió toda la sala con la vista en unos segundos.
Ni rastro de Caitlin.
Entonces las dos mitades de la puerta automática de entrada se abrieron con un movimiento deslizante y entraron seis corpulentos policías armados.
Lynn dio media vuelta y salió corriendo.
– ¡Por el extremo! -le indicó Marlene Hartmann a Grigore-. Al final del campo de golf, pasado el hoyo ocho, hay otra salida. La Policía no la encontrará. Nos llevará a un camino. Podemos mantenernos alejados de la carretera principal varios kilómetros. Conozco el camino. Yo te indico.
Iba en el asiento trasero del Mercedes marrón, agarrada a la parte superior del asiento del acompañante, mirando a su alrededor con ansiedad, respirando fuerte y maldiciendo su suerte. Maldiciendo a la tal señora Beckett y a la zorra de su hija. Maldiciendo a la Policía. Maldiciendo al cirujano miedica, Sirius.
Pero sobre todo se maldecía a sí misma. Su estupidez por pensar que podría llevar esto adelante. Codicia. Era como la locura de un jugador que no sabe cuándo retirarse.
En el asiento de delante iba Vlad Cosmescu, en silencio, con los mismos pensamientos. En la ruleta, siempre -o casi siempre- sabía cuándo parar. Cuándo retirarse. Cuándo irse a casa.
Debería de haberse ido a casa la noche anterior, y todo habría ido bien. Tenía que haber vuelto a Rumania. No le debía nada a esa mujer. Sólo le usaba, como todo el mundo. Del mismo modo que él los utilizaba a ellos. Así es como él veía el mundo. En la vida lo importante no era la lealtad, sino la supervivencia.
¿Y por qué estaba allí entonces?
Conocía la respuesta. Porque aquella mujer tenía un influjo sobre él. Él quería conquistarla, quería acostarse con ella. Pensaba que ser valiente la atraería.
Soltó una maldición en silencio. Durante diez años había reunido mucho dinero y había escapado del alcance de la ley.
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