Walter Mosley - El Caso Brown

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John, un viejo amigo de Easy Rawlins, solicita la ayuda de éste. Brawly Brown, hijastro de John, ha desaparecido y todo hace pensar que el chico se ha visto atrapado en una situación más peligrosa de lo que supone. A Easy no le costará demasiado encontrar a Brawly y enterarse de que John tiene razón… Pero conseguir que Brawly vea las cosas de esa forma resultará mucho más complicado.

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– ¿Fue Brawly quien le dio ese golpe?

– No me acuerdo. Era una confusión total. Golpes y empujones por todos lados. Pero aunque lo hubiese hecho, sólo fue porque me metí en su camino.

– ¿Dónde está ahora?

– No lo sé.

– ¿Conoce a sus amigos?

– ¿Por qué me hace todas estas preguntas? ¿Es usted una especie de policía o algo así?

– Sólo un amigo de John y Alva, como ya le he dicho. Me pidieron que buscara a Brawly, y eso es lo que estoy haciendo.

– Bueno, pues no le he visto desde que salió de mi casa, hace dos semanas.

– ¿Dijo adónde iba?

– Dijo que iba a matar a Aldridge en cuanto se despistara.

– No me ha dicho si tiene amigos.

– Está esa chica blanca. Bobbi Anne Terrell, creo que se llama. Fueron juntos al instituto.

– ¿En Riverside?

– Ajá.

– ¿Sabe cuál es su número?

– No, a lo mejor está en la guía.

A lo largo de nuestra conversación, un aire frío fue instalándose entre Isolda y yo. Quizá fuese porque yo representaba a Alva. O quizá era que yo no tenía utilidad alguna para ella.

– ¿Por qué llamó a Alva, Issy?

– Para contarle lo de Aldridge y Brawly. Y para averiguar si sabía dónde estaba.

– ¿Por qué quería saberlo?

– He sido como una madre para ese chico, señor Rawlins. Y eso es algo que no se olvida así como así.

11

Fui a la obra de John hacia mediodía. Había otras casas en construcción en aquella manzana, pero no se veía a nadie por allí en domingo salvo la gente de John.

Mercury y Chapman estaban sentados en el esqueleto de un futuro porche, bebiendo de unos pequeños vasitos de papel.

– ¿Un trago, señor Rawlins? -me ofreció Mercury mientras me acercaba.

– ¿Qué dirá John si os ve aquí bebiendo licor en horas de trabajo? -pregunté.

Como les había recomendado yo, en cierta medida me sentía responsable de sus actos.

– John es camarero, ¿no? -protestó Chapman-. Y de todos modos se ha ido a casa hace una hora. Ha dicho que ya volverá mañana.

– ¿Quiere que le digamos que venga, señor Rawlins? -me preguntó Mercury.

Yo cogí un periódico de un enorme cubo de basura, lo desdoblé y lo coloqué encima del porche inacabado. Luego me senté allí.

– En realidad, es mejor que se haya ido John, porque quería hablar con vosotros cuando no estuviera.

Mercury y Chapman intercambiaron una mirada. Me alegró ver que estaban preocupados. Eso significaba que deseaban proteger a mi amigo.

– No os preocupéis, chicos -dije-. Yo no tengo nada contra John. Lo que quiero es ayudarle.

– ¿De qué se trata? -preguntó Mercury.

Chapman cruzó las manos y miró hacia la derecha.

Formaban un buen equipo. Chapman era más listo, pero Mercury tenía más personalidad. Éste hacía las preguntas, mientras Chapman pensaba las respuestas.

– Se trata de Brawly -dije.

– ¿Qué le pasa?

– ¿Qué pensáis de él, chicos?

– ¿Qué pensamos de qué? -preguntó Mercury.

– Pues de que haya dejado el trabajo y se haya peleado con su madre.

– No sabemos mucho de su vida privada, Easy -dijo Chapman-. O sea, sólo lo que sale en una conversación normal mientras estás trabajando.

– ¿Como qué? -pregunté.

Mercury miró a Chapman, que frunció los labios y asintió, casi imperceptiblemente.

– Brawly es un buen chico -dijo Mercury-. Fuerte como un demonio, pero no es ningún chulo. Aunque tiene su carácter. Cuando Brawly se pone de mala leche, es mejor que te apartes. Un día puso furioso a John y casi…

Chapman se llevó un dedo a los labios y Mercury cambió de marcha al momento.

– … bueno… Brawly es un buen chico. Sólo es algo joven y tonto.

– ¿Tonto por qué?

– Hace un par de meses le dio por empezar a hablar de esa mierda del Partido Revolucionario. A John no le gustó nada, y a Alva tampoco, oír hablar a Brawly de eso…

– Brawly decía que le dijeron que tenía que dejar de ir a esas reuniones o irse de casa -acabó por decir Chapman.

Aquello me recordó algo.

– ¿Irse de dónde? -pregunté-. No caben tres personas en ese pisito en el que viven.

– Pagaban el alquiler de un estudio en el edificio donde vivían. Brawly se alojaba allí -dijo Mercury-, en el primer piso.

– ¿Un estudio? -dije-. Y entonces, ¿qué demonios es lo que tiene alquilado John?

– Una vivienda de un dormitorio -aclaró Chapman-. Y de lujo, por lo que dice el propietario.

Chapman y Mercury se echaron a reír. Yo me uní a ellos. Era sólo la punta del iceberg de lo que pasaría luego en L.A., pero entonces era tan raro que resultaba divertido.

– ¿Y qué contaba Brawly del grupo político ese?

– No demasiado -murmuró Mercury-. No demasiado. Le gustaba que estuvieran tan locos y que quisieran hacer algo. Ya sabes cómo es la juventud.

– ¿Hablaba alguna vez de su padre? -pregunté.

– De vez en cuando -afirmó Chapman-. Pero no demasiado.

– Sí -dijo Mercury, mientras observaba sus botas de trabajo-. Sólo decía que él y su viejo tuvieron un… ¿cómo lo llamaba…? Un desacuerdo. Pero hacía mucho tiempo.

– ¿Se pelearon? -pregunté.

– Algo así -dijo Mercury-. El chico decía que se pelearon por su madre o algo así hace mucho tiempo, y que el hombre le pegó tan fuerte que le rompió un diente. Eso fue cuando todavía era un muchacho. Entonces él se fue con su prima Issy. Luego la vi. Ya sabe, es ese tipo de prima con la que sueñan los niños huérfanos.

Chapman soltó una risotada. Yo no lo encontraba divertido, pero sabía de qué estaba hablando.

– ¿Dónde viste a Isolda? -le pregunté.

– Venía de vez en cuando a recoger a Brawly -dijo Mercury-. Cosas familiares, supongo. Se lo llevaba a comer una hamburguesa. Siempre a escondidas. Creo que ella y Alva no se llevaban demasiado bien.

Entonces Chapman me miró. Levantó las manos displicentemente, como preguntando: ¿qué más quieres?

– Bueno -dije yo-. Supongo que será mejor que volváis al trabajo, chicos.

– Supongo que sí -afirmó Chapman.

De vuelta a casa me preguntaba por la complejidad del problema de John. Estaba su esposa; el ex marido y el hermano de ella, asesinados; el hijo, que vivía con una prima mientras la madre sufría una crisis nerviosa, y los revolucionarios negros con su ira y sus ilusiones, y los policías echándoles el aliento en el cogote.

Cuando llegué a casa estaba dispuesto a hablar con mi hijo.

Estaba en el patio montando tres caballetes separados del siguiente por un metro de distancia. También había colocado unos cuantos tablones de madera de unos tres metros de largo y algo más de un metro de ancho. El grosor era de entre cuatro y cinco centímetros.

– ¿Qué estás haciendo? -le pregunté.

– Voy a construir un barco -me dijo.

– ¿Y de dónde has sacado la madera?

– Se la he comprado al señor Galway, en la serrería.

– ¿Y te la ha traído él?

Jesus asintió.

Aquella era una nueva fase en su vida. Jesus nunca se había gastado nada de dinero en sí mismo. Desde que era muy jovencito ahorraba todo su dinero, por miedo de que yo perdiera el trabajo o me metieran en la cárcel. Trabajaba cuatro tardes a la semana en el mercado local, empaquetando comestibles y haciendo entregas a las señoras ancianas. Cada centavo que ganaba lo guardaba en una lata en su armario.

Él creía que así todo iría bien siempre, porque si yo me derrumbaba, él estaría ahí para salvar la situación.

Intenté convencerle de que no tenía que preocuparse, de que podía comprarse ropa, o juguetes, o lo que quisiera. Pero Jesus había pasado sus primeros años con mi amigo Primo. En el mundo de Primo, un niño era sólo una versión pequeña de un hombre; quizá no fuera capaz de hacer tantas cosas como su equivalente adulto, pero se esperaba que hiciera todo lo que pudiese.

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