159-32: estolas y otras pieles, amontonadas en una pila hasta la altura de los hombros.
160-32: abrigos de zorro/visón/mapache. En gran cantidad, colgados/apilados/doblados/arrojados de cualquier manera.
Johnny/Junior/Reuben.
Dudley Smith, jefe de la investigación del robo de pieles, burlado/engañado/vendido.
Exley y Duhamel, manipulando ¿A QUIÉN?
Visón. El tacto, el olor. Los colgadores vacíos, ¿el striptease de Lucille con el abrigo de pieles? ¿Johnny intentando vender el alijo de pieles a Mickey Cohen?
Reuben Ruiz: ex ladrón/hermanos ladrones.
Su intento directo de hacerse con las llaves, sin éxito.
Marcas de ganzúa/local sin vigilancia, abierto las veinticuatro horas.
Clic, la llave/clic, la cerradura/clic, el cerebro. Saqué la pluma y el bloc de notas. Tres taquillas; dejé tres notas idénticas en su interior:
Quiero hablar sobre Johnny Duhamel, Junior Stemmons y quienquiera más que esté relacionado con esto. Es un asunto de dinero, independiente de Ed Exley.
D. Klein
Cerré las puertas -clic, la cerradura/clic, el cerebro- y busqué un teléfono. Encontré una cabina en la otra acera de Sunset y llamé a la oficina.
– Riegle.
– Sid, soy yo.
– Es decir, eres tú y quieres algo.
– Exacto.
– Bien, dime lo que sea, pero te adelanto que este trabajo de Homicidios me está dejando agotado.
– ¿Qué significa eso?
– Significa que Richie Herrick no aparece por ninguna parte. Primero, Exley emite una orden de busca y captura; luego, la anula, pero ni aun así podemos localizar a un hombre blanco soltero de quien se sabe que frecuenta los barrios negros.
– Ya lo sé, y nuestra mejor baza es dejar que Tommy Kafesjian lo encuentre por nosotros.
– Lo cual no parece muy probable, con esos camellos armenios enclaustrados en su casa y vigilados de cerca por los federales.
– Sid, toma nota de esto.
– Vale, te escucho.
– El almacén de North Echo Park 1750.
– Está bien, he tomado nota. Y ahora, ¿qué?
– Ahora coges tu coche particular y te dedicas a vigilar la entrada y el aparcamiento. Anota el número de matrícula de cualquiera que entre. Cada cinco o seis horas, comunica los datos a la central de Tráfico. Mantén la vigilancia hasta mañana por la mañana y llámame entonces.
Gruñidos teatrales.
– ¿Me lo explicarás todo entonces?
– Ajá.
– ¿Es el asunto Herrick? -Es todo junto, maldita sea.
Reuben Ruiz: convencerle con palabras o por la fuerza. Lo que fuera preciso. Investigaciones me facilitó su dirección: South Loma, 229. Bastante cerca. Llegué enseguida; su hermano Ramón, en el porche.
– Reuben está en Chavez, haciendo de puto para la ciudad de Los Angeles.
Otra vez al coche: Chavez Ravine.
Muy concurrido, ahora; desahucios inminentes. «Aparcamiento Policía»: un solar de tierra. Coches policiales apretujados morro contra cola: de la oficina del sheriff, del LAPD, de los federales. Frente a la calle principal, unas colinas; chiquillos mexicanos arrojando piedras desde ellas. Coches patrulla abollados y llenos de arañazos.
Un camino de acceso, estrecho y polvoriento. Lo recorrí hasta llegar a la cumbre. Desde allí, observé el panorama:
Provocadores cargando contra la línea de contención de los uniformados. La calle principal, acordonada. Chabolas flanqueando calles/laderas/barrancos; todo lleno de notificaciones de desahucio. Equipos de cámaras filmando puerta a puerta: federales y un sombrero de ala ancha agitado en alto.
Y un montón de chabolistas apretujados en torno al sombrero. Bajé la ladera hacia allí; unos patrulleros me franquearon el paso en el control policial. Contemplé el panorama: Shipstad, Milner, Ruiz vestido de torero.
Reuben:
Repartiendo dinero, envuelto por los pachucos.
– ¡ Dinero!
– ¡ El jefe Ruiz!
Algarabía de gritos en mexicano. Incomprensibles.
Milner, con cara de asombro: ¿qué es esto?
Me abrí paso a empujones, agitando la mano. Shipstad me vio. Tembloroso y sofocado. Henstell, probablemente, se había ido de la lengua.
Me hizo señas de que me acercara. Chocamos: las manos a la americana, instintivamente.
– ¡ Gracias al jefe Reuben! -Ruiz arrojando billetes.
Un solar de tierra a un lado de la calle. Shipstad señaló el lugar. Le seguí. La sombra de un árbol, un rótulo: «Notificación de Desalojo.»
– Justifique esa quema de papeles antes de que Noonan revoque su inmunidad y le haga detener.
Un imán para el ojo: Reuben distribuyendo billetes verdes.
– Míreme, Klein.
A él, jerigonza legal:
– Eran evidencias incriminatorias ajenas al caso. No tenían nada en absoluto que ver con la familia Kafesjian ni estaban relacionadas con aspecto alguno de sus investigaciones o de mi testimonio ante el gran jurado. Noonan ya tiene suficiente contra mí y no he querido proporcionarle más informaciones por las que podría perseguirme.
– De abogado a abogado, ¿cómo puede llevar esta vida?
Me mordí la lengua.
– Mire, Klein, estamos intentando ayudarle a salir de esto con vida. Estoy desarrollando un plan para trasladarle después de que testifique y, con franqueza, Noonan opina que no debería esforzarme tanto en mis preparativos.
– ¿Y eso significa…?
– Eso significa que Noonan me desagrada ligeramente más de lo que me desagrada usted. Y significa que está a punto de detenerle y designarle testigo hostil, y luego soltarle para que Sam Giancana o quien sea le haga matar.
En tecnicolor: Meg encarcelada/maltratada/cosida a tiros.
– ¿Trasladarán a mi hermana?
– Imposible. Esta última travesura le ha costado la credibilidad ante Noonan, el trasladar a su hermana no entraba en el compromiso y no existe ningún precedente de que los hampones hagan daño a los parientes de los testigos fugitivos.
COGE DINERO.
Ruiz, arrojándolo a la gente.
– Nosotros somos su única esperanza. Arreglaré las cosas con Noonan, pero preséntese en el Edificio Federal pasado mañana, a las ocho en punto de la mañana, o daremos con usted, detendremos a su hermana e iniciaremos los trámites para una acusación de fraude a Hacienda.
Griterío de la multitud, polvo. Reuben, mirándonos.
Agité las llaves en alto. El sol se reflejó en el metal. Reuben asintió. Shipstad:
– Klein…
– Estaré.
– A las ocho en punto.
– Ya le he oído.
– Es su única…
– ¿Qué está haciendo Ruiz?
El federal volvió la cabeza:
– Expiar sus culpas o algo parecido. ¿Puedes culparle? ¿Todo esto por un estadio de béisbol?
Reuben se acercó. Shipstad:
– ¿Ha venido a verle? ¿Y qué son esas llaves?
– Déjeme un momento a solas con él.
– ¿Es personal?
– Sí, es personal.
Shipstad se alejó; Ruiz se cruzó con él y guiñó un ojo.
Reuben, con el disfraz de torero y una sonrisa:
– Eh, teniente.
Agité las llaves ante él:
– Empieza a hablar.
– No. Antes de hacerlo, asegúreme que esto sólo es una charla informal entre dos testigos colegas; y asegúreme también que no tiene interés por endosarle a un pobre peso gallo mexicano una denuncia por robo.
Calle abajo, ruido de excavadoras. Una chabola derribada.
– Las llaves, Reuben. Viste las originales, aprendiste los números de memoria e intentaste que el cerrajero te hiciera un duplicado. Y había marcas de ganzúas y de palancas en las taquillas de la consigna.
– No le he oído decir nada parecido a «Esto es sólo una charla entre dos tipos que quieren ahorrarse problemas mutuamente».
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