Exley y Duhamel, socios manipuladores. ¿Manipulando a QUIÉN?
Sospechosos:
Los Kafesjian.
Narcóticos.
«Ese tipo cuya historia nadie creería.»
«Ese tipo», en singular. ¿Un desliz semántico?: tal vez sí, tal vez no.
Sospechoso, en singular:
Tommy K.
J.C
Dan Wilhite.
Mal asunto: con mis datos, no podía relacionarles directamente con Johnny.
Entreabro la puerta. Henstell en el pasillo, caminando arriba y abajo. Coloco de nuevo la silla, la encajo en el tirador. Adelante:
Prendí una cerilla y la apliqué a una hoja de la carpeta: el retrato robot del marica ardió con un chisporroteo. Más cerillas, más hojas: una pequeña hoguera sobre la propia mesa.
Humo por debajo de la puerta…
Henstell llamó alarmado desde el otro lado.
– ¡Klein! ¿Qué está haciendo, maldita sea?
Llamas, papel hecho cenizas, humo. Volqué la mesa y apagué el fuego a pisotones.
– ¡Klein! ¡Maldita sea!
Abro la puerta, le aparto de un empujón, tosiendo por efecto del humo…
– Dígale a Noonan que era un asunto personal. Dígale que sigo siendo su testigo y que ahora estoy en deuda con él.
Del banco, directamente a L.Á Este, algo mareado por la leve inhalación de humos. La custodia federal, a cuarenta y siete horas vista. Dos días para resolver aquello:
«LARGO HISTORIAL DE LOCURA EN NUESTRAS DOS FAMILIAS.»
Al este hacia el Olympic; nubes de lluvia empapando la contaminación. Perseguidor/perseguido/compañero adjudicado/compañero jodido:
El expediente de Richie en Chino seguía sin aparecer; los hombres del alcaide estaban revolviendo cajas de documentos archivados para encontrarlo. Sid Riegle había salido en busca de Richie: el barrio negro/Hancock Park. Ningún rastro.
Contacto con los seis hombres de Asuntos Internos: ninguna nueva relación Herrick/Kafesjian. Relaciones establecidas: Pennsylvania/trabajo en la química/llegadas a L.Á. años 31-32. Bodas a finales del 31: Joan Renfrew, Magde Clarkson (sin antecedentes, consultados sus lugares de nacimiento).
Meg a la caza de propiedades inmobiliarias: búsqueda del título de propiedad de un piso en Spindrift. Nada, de momento, pero Meg seguía en ello.
Los Kafesjian en casa, presos de la «fiebre del encierro». Federales ante la casa, federales detrás. La familia, sometida a un cerco estrecho; no había modo de decirles:
Vosotros y los Herrick, juntos en los asuntos sucios. Botellas de licores estrelladas/perros desojados/música hecha añicos: asesinato/suicidio/castración. Lo HUELO. Acabaréis por decírmelo, por decírselo a alguien: esta vez cuento con un respaldo muy sólido.
Sólido y sucio: Exley. Sólido/cauto/listo/capaz: Noonan.
Utilizarlos a ambos: luchar/revolverse/mentir/suplicar/ manipularlos. Mi arma con Exley: Johnny D. Contra el federal, desarmado todavía: aquel fuego había consumido mi impulso. Henstell:
– ¿Sabe?, el señor Noonan estaba empezando a pensar que sería usted un testigo bastante bueno.
Estaba/está/estaría/estuviese: EL TIEMPO APREMIA. Junior, amenaza desactivada: Glenda, a salvo. Ahora, momento de ocuparme de mi nueva tarea: el FEDERAL.
Aún no me habían tomado declaración previa a la presentación ante el tribunal; por tanto, «custodia» significaba interrogatorio. Noonan -cauto/capaz-, haciéndome llamadas telefónicas sin cesar:
«Está llevando un caso de homicidio, teniente; qué raro.»
«¿Sería Richard Herrick el Richie en el que parecía usted tan interesado? ¿Sería él ese hombre en el que parece tan interesado Tommy Kafesjian? El jefe Exley contó al Herald que usted trabajaba en un robo que podría estar relacionado con las muertes. Tendremos que hablar de eso cuando esté bajo custodia.»
«Comprendo el dilema en que se encuentra, David. Tal vez se le ocurra pensar que puede engañarnos y ser un testigo no tan amistoso cuando tenga que declarar sobre sus relaciones con el crimen organizado, evitándose con ello una sentencia a muerte del Sindicato. Naturalmente, gozará de protección federal después de su testimonio ante el gran jurado, pero debe saber que no toleraremos falsedades ni mentiras por omisión.»
Jodido tipo listo.
Habría apostado a que me ocultaba información. Mi gran temor, aquellos seguimientos de los federales después de lo de Johnson. Conjetura aventurada, difícil de quitarme de la cabeza: Abe Voldrich, eliminado; visto en las inmediaciones, un Pontiac azul. Jack Woods -nueve muertos por encargo, como mínimo-, mi asesino favorito. Jack Woods, orgulloso propietario de un Pontiac del 56, verdeazulado.
Al centro: el puente de la calle 3, Boyle Height. Al este, hacia Wabash: Cerrajería Brownell.
La tienda: una caseta en mitad de un aparcamiento.
Cuatro llaves -tres de ellas, numeradas-; quizá sacara algún dato de valor.
Detuve el coche ante la caseta y toqué el claxon. Apareció un hombre con una sonrisa profesional.
– ¿En qué puedo ayudarle?
Le mostré la placa y el juego de llaves.
– Llaves 158-32, 159-32, 160-32 y una sin numeración. ¿Para quién las hizo?
– Ni siquiera tengo que mirar los archivos, porque el código 32 es ese almacén -consigna para el que hago todas las llaves de las taquillas.
– ¿De modo que no sabe quién alquiló esas taquillas, en concreto?
– No, señor. La llave sin numeración es de la puerta del local. Las numeradas corresponden a cada taquilla. Y no hago duplicados a menos que el encargado del negocio me dé el visto bueno.
– ¿Dónde está el local?
– En North Echo Park Boulevard 1750. Está abierto las veinticuatro horas, por si no lo sabía.
– Es usted muy rápido con sus respuestas, amigo. Y le noto algo irritado.
– Bueno…
– Vamos, cuénteme.
– Bueno…
– Nada de «bueno…». Soy agente de policía.
Con voz entre el gimoteo y el halago:
– Bueno, lamento tener que decirlo, porque el tipo me cayó bastante bien.
– ¿Qué tipo?
– No recuerdo su nombre, pero es ese pequeño boxeador mexicano de los gallos que siempre pelea en el Olympic.
– ¿Reuben Ruiz?
– Exacto. Vino ayer y me dijo que quería un duplicado de las llaves numeradas, como si hubiera visto las llaves pero no hubiese podido echar los guantes a los dos juegos originales que entregué. «De ninguna manera -le dije-. Ni que fuera el mismísimo Rocky Marciano.»
– ¿De modo que hizo dos juegos de llaves para el local?
– Un original para el encargado, otro para el cliente. El encargado mandó a alguien para hacer un segundo juego para el cliente, porque la gente que había alquilado las taquillas quería un duplicado.
Juego número uno: Junior. Juego número dos: tal vez Johnny D., el colega de Reuben.
– Verá, agente, las cerraduras y las llaves se cambian continuamente para evitar robos. Si habla usted con Bob, el encargado, ¿querrá decirle que estoy cumpliendo con mi parte para mantener las cosas…?
Apreté el acelerador. El cerrajero engulló los gases del tubo de escape.
Echo Park, junto a Sunset. Un almacén de grandes dimensiones. Un aparcamiento, sin vigilante en la puerta. Abrí con la llave que traía.
Un local enorme: una red de pasillos entrecruzados, con taquillas a ambos lados. A la entrada, un plano con números y códigos.
La zona del código 32 llevaba una anotación: «Jumbo.» Sigo el plano: dos pasillos más allá, vuelta a la izquierda.
Tres contenedores de dos metros de ancho, desde el suelo hasta el techo.
Llenos de raspaduras: marcas de ganzúa en la cerradura.
Introduzco las llaves. Las puertas chirrían:
158-32: abrigos de visón, colgados de perchas. Tres metros de fondo por dos de ancho.
Siete colgadores, vacíos.
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