– Glen…
– Sí. ¿Tienes poderes mentales, o sólo esperanza?
– No lo sé, quizás ambas cosas. Escucha, me acercaré por el plató.
– No. Sid Frizell está filmando algunas escenas nocturnas.
– Iremos a un hotel. No podemos usar mi casa ni la tuya. Es demasiado arriesgado.
Aquella risa.
– Lo he leído hoy en el Times. Howard Hughes y su séquito han salido hacia Chicago para una reunión con el departamento de Defensa. La «residencia de actriz» de Hollywood Hills está disponible, David, y tengo una llave.
Después de medianoche. Por seguridad.
– ¿Dentro de media hora?
– Sí. Te echo de menos.
Colgué el teléfono y subí el volumen. Ellington/Dineen: Cottontail. Recuerdos: año 42, cuerpo de Marines. Meg, la canción: bailando en la terraza de El Cortez.
Todavía en carne viva; dieciséis años echados a perder. El teléfono, a mano. Hazlo.
– ¿Diga?
– Me alegro de encontrarte, pero imaginaba que estarías detrás de Stemmons.
– Tenía que dormir un poco. Escucha, negrero…
– Mátale, Jack.
– Por mí, de acuerdo. ¿Diez?
– Diez. Acaba con él y dame un poco de tiempo.
Hollywood Hills, un caserón de estilo español junto a Mulholland. Luces encendidas, el coche de Glenda frente a la puerta. Veintitantas habitaciones: el picadero supremo.
Aparqué; los faros en un Chevrolet del 55. Familiar, malo: el coche de John Miciak.
Me aseguro, pongo las luces largas: calcomanías de Hughes Aviación en el parachoques trasero.
Silencio de madrugada: grandes ventanales a oscuras, sólo una iluminada.
Me apeo y escucho. Voces -él, ella- amortiguadas.
Me acerco, pruebo la puerta principal. Cerrada. Voces: la de él, irritada; la de ella, tranquila. Rodeo la casa y escucho. Miciak:
– …podrías tenerlo peor. Escucha, tú cumple conmigo y sigue fingiendo con Klein. Le he visto acudir a verte a Griffith Park y, por lo que a mí respecta, puedes seguir liada con él. El señor Hughes no tiene por qué enterarse; tú pórtate bien conmigo y consigue de Klein ese dinero que quiero. Sé que lo tiene porque está relacionado con algunos hampones. Me lo ha dicho el propio señor Hughes.
Glenda:
– ¿Cómo sé que sólo es cosa tuya?
– Porque Harold John Miciak es el único tipo de Los Ángeles lo bastante hombre como para meterse en los asuntos del señor Hughes y de ese policía que se cree tan duro.
Un rodeo hasta la ventana del comedor. Rendijas en las cortinas. Observo:
Glenda retrocediendo poco a poco; Miciak avanzando hacia ella, contoneando las caderas.
Movimientos lentos, los dos. Detrás de Glenda, un juego de cuchillos.
Probé a abrir la ventana. No cedió. Glenda:
– ¿Cómo sé que sólo es cosa tuya?
Una mano tantea a su espalda, la otra extendida delante: «Acércate más.» Su voz:
– Creo que nos vamos a entender.
La parte trasera de la casa, una puerta lateral; cargué con el hombro, cedió, entré a la carrera.
El pasillo, la cocina, allí…
Un cuerpo a cuerpo: él, alargando las manos; ella, asiendo cuchillos con las suyas.
Entumecido, a cámara lenta. Incapaz de moverme. Paralizado, conmocionado, contemplo:
Cuchillos que descienden -sobre la espalda de Miciak, sobre su cuello- y se hunden hasta la empuñadura. Crujidos de huesos. Glenda hurgó en las heridas: ambas manos bañadas en sangre. Miciak revolviéndose CONTRA ELLA…
Otras dos hojas afiladas rasgan su carne. Glenda lanza estocadas a ciegas.
Miciak alcanza el juego de cuchillos, empuña una cuchilla de carnicero.
Me acerco trastabillando -las piernas, entumecidas-, huelo la sangre…
Miciak descargó un golpe, falló, se lanzó de nuevo a por el juego de cuchillos. Glenda la emprendió de nuevo: le hundió el metal en la espalda, en el rostro. La hoja afilada le arrancó las mejillas.
Barboteos/chillidos/gemidos: Miciak muriendo a gritos. Mangos de cuchillo sobresaliendo de su cuerpo en ángulos extraños.
Le arrojé al suelo, hurgué con los cuchillos, le rematé.
Glenda: ni un solo grito. Y esa mirada: CALMA, ya he estado aquí otra vez.
CALMA:
Apagamos las luces y esperamos diez minutos. Fuera, ninguna reacción. A continuación, planes: cuchicheos en voz baja, abrazados. Ensangrentados.
Por suerte, no había alfombra en el comedor. Nos duchamos y nos cambiamos de ropa (Hughes tenía un guardarropía masculino/femenino). Recogimos la ropa sucia y limpiamos el suelo, los cuchillos y la caja.
En un armario había mantas: envolvimos a Miciak en una
de ellas y le encerramos en el portaequipajes de su coche. Las dos menos diez. Salí; volví a entrar. Ningún testigo. Salí de nuevo y regresé otra vez. Nuestros coches, aparcados en lugar seguro debajo de Mulholland.
Un plan. Una cabeza de turco: el Diablo de la Botella, el asesino en libertad favorito de Los Angeles.
Al volante del coche de Miciak, yo solo, hasta Topanga Canyon. Campo Infantil Hillhaven: difunto, territorio de vagabundos. Con la linterna, eché un vistazo a las seis cabañas: ningún indigente instalado allí.
Aparqué el coche fuera de la vista.
Lo limpié.
Arrojé el cuerpo dentro de una de las cabañas: la del Cachorro de Jaguar.
Estrangulé el cadáver para ajustarme al modus operandi del asesino. Lo arrastré sobre el serrín del suelo para obstruir las heridas. Lógica forense: los cuerpos extraños de las heridas impedían determinar el tipo concreto de arma blanca utilizado.
Lógica de la esperanza:
Howard Hughes, reacio a la publicidad, tal vez no pusiera mucho interés en encontrar al asesino de aquel hombre.
Regresé a la autopista de la costa caminando. Rezumando un miedo CALMADO…
Acosado esporádicamente por presuntos perseguidores.
Ser seguido aquella noche significaría lamentarlo el resto de la vida.
Glenda me recogió en la autopista. De vuelta en Mulholland, cada uno en su coche hasta mi casa.
Acostados, sólo para hablar. Conversación trivial, por voluntad de ella. La escena de los cuchillos en Cinemascope y Technicolor. Me esforcé en convencerme que no le había gustado hacerlo.
Descargu é un pu ñ etazo en la almohada junto a su rostro. Enfoqu é la l á mpara de la mesilla de noche a sus ojos. Le dije: Mi padre mat ó un perro a tiros/yo incendi é su cobertizo de herramientas/ é l peg ó a mi hermana/yo le dispar é , la pistola se encasquill ó /esos jodidos Dos Tonys maltrataron a mi hermana/me los cargu é /mat é a otros cinco hombres/cog í dinero… ¿ Qu é te da derecho a jugar tan fuerte?
Golpeo la almohada, obligo a Glenda a hablar. Sin elegancia, sin l á grimas:
Glenda iba de un sitio a otro, sirviendo bandejas en autorrestaurantes, aspirante a actriz. Se acostaba por dinero para pagar el alquiler; un tipo se lo cont ó a Dwight Gilette. Él le hizo una propuesta: enviarle clientes, al cincuenta por ciento. Ella accedi ó y cumpli ó : la mayor í a, pelagatos. Una vez, Georgie Ainge; sin malos tratos por parte de é ste, pero palizas habituales de Gilette.
Se volvi ó loca. Le entr ó esa idea de aspirante a actriz: comprarle un arma a Georgie y asustar a Dwight. La aspirante a actriz, ahora con utiler í a: una pistola de verdad.
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