Allan Folsom - El día de la confesión

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Harry Adisson, hombre de éxito y famoso abogado de Hollywood, recibe una inquietante llamada de su hermano, Daniel Adisson, un sacerdote que reside en el Vaticano y al que no ve desde hace diez años, pidiéndole ayuda. Al intentar ponerse en contacto con él le comunican la noticia de la muerte de su hermano en un atentado terrorista. Harry decide viajar hasta Roma para repatriar su cuerpo. Pero cuando llega, descubre que los restos que le presentan no son los de Daniel y que, poco antes de su muerte, éste había sido acusado de participar en el asesinato de cardenal del Vaticano. Harry confía en la inocencia de su hermano y está convencido de que sigo vivo, pero tendrá que demostrarlo. Todo se complica cuando el propio Harry es acusado de haber asesinado a un policía y tiene que huir de los carabinieri y de las autoridades eclesiásticas, que temen que sepa más de la cuenta.
Mientras tanto, en China, un hombre se prepara para poner en marcha un plan maquiavélico organizado por cierta autoridad del Vaticano obsesionada por hacerse con el control de aquel país.

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Uno de los carabinieri lo observó mientras se marchaba y siguió sus pasos con la mirada, pero en ese instante, su caballo mordió el bocado y tuvo que tirar de las riendas. Cuando miró de nuevo, Harry había desaparecido.

CUARENTA Y TRES

Roscani, ausente, aplastó el cigarrillo en el cenicero que tenía delante mientras leía la traducción italiana del fax que le habían entregado en el despacho de Taglia. Se trataba de un comunicado del agente especial David Harris del FBI en el que informaba del asesinato en su domicilio de Byron Willis, uno de los socios del bufete de abogados de Harry Addison. El móvil, al parecer, era el robo, pues había desaparecido la cartera, la alianza y el Rolex de la víctima. La policía de homicidios de Los Ángeles estaba trabajando en el caso en espera de la autopsia. No tardarían en remitirles más información.

Roscani se pasó la mano por los ojos. ¿Qué diablos significaba eso? Sin más detalles, no le quedaba otra opción que considerar el asesinato como una coincidencia, pero no podía. Tenía demasiada relación con lo que estaba sucediendo pero, de todos modos, ¿con qué propósito asesinaron al socio de Harry Addison? ¿Quizá sabía algo sobre él, o sobre el padre Daniel? Roscani escribió un fax de respuesta en el ordenador y lo entregó a su secretaria para que lo tradujera y enviara a Harris a Los Ángeles. En la carta agradecía al FBI su colaboración y solicitaba que se le mantuviera informado de cualquier novedad. También sugería, aunque estaba seguro de que el FBI ya estaba haciéndolo, que interrogara a los amigos cercanos y socios de Harry Addison a fin de descubrir si existía un nexo común que hiciera temer por su seguridad.

Cuando concluyó la carta sonó el teléfono. Era Valentina Gori, la logopeda y especialista en leer los labios que estaba analizando el vídeo de Harry Addison. Lo había visto varias veces y deseaba saber si Roscani disponía de tiempo para reunirse con ella.

Cuando Roscani entró y besó la mejilla de Valentina, vio el rostro de Harry congelado en la gran pantalla de vídeo. Valentina Gori tenía cincuenta y dos años, era pelirroja y, a pesar de haberse convertido en abuela recientemente, seguía siendo una mujer muy atractiva. Licenciada en logopedia por la universidad belga de Lovaina, había estudiado mimo en el teatro francés durante los años setenta. Después comenzó a trabajar como actriz de doblaje al tiempo que asesoraba a la policía italiana y a los carabinieri sobre las pautas del habla. Valentina se había criado en el mismo barrio de Roma que Roscani y conocía a toda su familia. Además, cuando tenía veintidós años y él quince, le había robado a Roscani la virginidad para demostrarle que él no siempre dominaba la situación. Habían mantenido su relación hasta el presente y, aparte de su mujer, Valentina era la única persona del mundo capaz de mirar a Roscani a los ojos y lograr que se riera de sí mismo.

– Creo que tienes razón, parece que está a punto de decir algo antes de acabarse la cinta, pero tampoco estoy convencida de ello.

Valentina apuntó la pantalla con el mando a distancia y pulsó el botón de pausa. La boca de Harry comenzó a abrirse y Roscani escuchó su voz a cámara lenta hasta llegar a sus últimas palabras, momento en el que Harry parecía comenzar a relajarse cuando, de súbito, hacía con la cabeza un movimiento brusco hacia arriba con la boca abierta. Allí finalizaba la cinta.

– Parece como si dijera «yo»…

– Yo ¿qué? -Roscani permanecía con la vista fija en la pantalla y en la imagen congelada de Harry.

– Quizá sólo termina de hablar, cansado, y exhala un suspiro.

– No, intenta decir algo. Pásala otra vez -pidió Roscani. Valentina puso en marcha el vídeo primero a cámara lenta y luego a velocidad normal, y siempre que llegaban al punto final, se oía un ruido sordo y finalizaba la grabación.

Roscani se volvió a Valentina.

– ¿Se te ocurre algo más? Debes de haber visto cientos de miles de películas. Seguro que tienes alguna idea acerca de lo que sucede en la pantalla.

– Miles de ideas, Otello -sonrió Valentina-, cientos de guiones, pero sólo me baso en lo que veo y en lo que oigo, y lo que vemos es a un hombre cansado con una herida en la cabeza que ha hecho lo que le han pedido y que sólo desea descansar, incluso dormir.

– ¿Qué quieres decir con eso de «lo que le han pedido»? -preguntó Roscani, perplejo.

– No sé, es la sensación que tengo -Valentina le guiñó el ojo-. Todos hacemos en ocasiones cosas que en el fondo no nos apetecen.

– No estamos hablando de sexo, Valentina -replicó Roscani.

– No… -Valentina comprendió que no era el momento de romper el hielo-. Otello, no soy psicóloga, soy sólo una tía mayor que ha vivido bastante. Cuando observo la pantalla veo a un hombre fatigado que, aunque al parecer expresa lo que piensa, creo que más bien está haciendo lo que alguien le manda, como un niño que retira los platos de la mesa a regañadientes para que lo dejen salir a jugar.

– ¿Crees que grabó la cinta en contra de su voluntad?

– No me pidas que saque una conclusión de la nada, Otello: es demasiado difícil -Valentina sonrió y posó la mano sobre la suya-. De todos modos, ése no es mi trabajo, sino el tuyo.

CUARENTA Y CUATRO

Harry la observó llegar y cruzar la Piazza Navona hacia la fuente mientras bebía con una caña de un vaso de plástico de Coca-Cola. Llevaba una falda azul claro y una blusa blanca, el pelo recogido, gafas oscuras y caminaba tranquila. Podía pasar por una secretaria o quizá por una turista que se preguntaba si debía o no acudir a la cita con un amante; parecía cualquier cosa excepto una periodista a punto de encontrarse con el hombre más buscado en Italia. Harry no vio que la acompañase la policía.

Adrianna rodeó la fuente, sin mirar a ningún lugar en particular, echó un vistazo al reloj y se sentó en un banco a unos cinco metros de un hombre que pintaba una acuarela de la piazza. Harry esperó, todavía inseguro. Al final, se puso en pie, miró al pintor, y caminó describiendo un amplio círculo hasta sentarse en el banco a pocos metros de ella, pero de cara hacia el otro lado. Para gran sorpresa suya, Adrianna lo contempló por un segundo y desvió la mirada, lo que significaba que, o bien ella actuaba con mucha cautela o la barba y el disfraz daban mejor resultado de lo que pensaba. A pesar de la gravedad de su situación, le divertía la idea de que no lo reconociera e inclinó la cabeza ligeramente hacia ella.

– ¿Le apetecería a la señora follar con un cura?

Adrianna se sobresaltó y, por un breve instante, Harry pensó que le propinaría una bofetada pero, en cambio, lo miró y lo reprendió en voz alta.

– Si un cura quiere hacerle proposiciones deshonestas a una señorita, debería hacerlo donde nadie pueda verlo ni oírlo.

El apartamento número 12, tal como indicaba la etiqueta del llavero, se hallaba en la última planta de un bloque de apartamentos del número 47 de la Via di Montoro, a unos diez minutos de la Piazza Navona. Pertenecía a un amigo que se encontraba fuera de la ciudad y que comprendería la situación, le explicó Adrianna antes de ponerse en pie y marcharse dejando atrás el vaso de Coca-Cola en cuyo interior se encontraba la llave.

Harry entró en el vestíbulo, tomó el ascensor hasta el último piso y encontró el número 12 al final del pasillo.

Una vez dentro, cerró la puerta con llave y miró en torno a sí. El apartamento era pequeño pero cómodo, constaba de un dormitorio, un salón, una cocina minúscula y un cuarto de baño. En el armario había ropa de hombre: varias chaquetas deportivas, pantalones y dos trajes. En una cómoda, al otro lado de la cama, encontró media docena de camisas, varios jerséis, calcetines y ropa interior. En el salón había un teléfono y un televisor, mientras que cerca de la ventana, sobre un escritorio, descansaba un ordenador con una impresora.

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