– ¿Sabes la razón por la que ese chaval no ha salido aún de prisión, a pesar de los años que hace que ha cumplido su condena? -Perdomo podía presumir de información, gracias a que Amanda se lo había contado todo al respecto.
Ivo se quedó mirando al inspector, a la espera de la respuesta.
– Los que tienen que autorizar su libertad condicional -dijo el policía- están convencidos de que no duraría vivo, fuera de Attica, ni veinticuatro horas. John Lennon tenía y tiene tal cantidad de seguidores en todo el mundo que se cargarían al asesino de su ídolo en cuanto tuviesen la menor oportunidad.
– ¿Y a mí qué cojones me importa Chapman? -respondió el búlgaro, con una mueca de desdén.
– Te lo cuento para que sepas lo que te espera a partir de ahora, gilipollas -le aclaró Perdomo-. Te pudrirás en la cárcel hasta que se te hayan caído todos y cada uno de esos dientes infectos que tú pareces apreciar tanto. Si es que no te liquidan antes en la prisión, claro. Matar a Winston ha sido como matar a Lennon, has provocado la ira y el resentimiento de millones de personas. No me extrañaría que tú mismo tuvieras que suplicar algún día al juez de vigilancia penitenciaria que te permita permanecer un día más en chirona. O como lo dirías tú, en tu no menos infecto castellano -Perdomo parodió el acento eslavo, para que la burla de Ivo resultara más sangrante-, cuanto más se aproxime horrra de tu liberrración, más cerrrcana estarrrá horrra de tu muerrrte.
Algunos días más tarde, Amanda y Perdomo volvieron a reunirse en la taquería de Guadalupe, para hacer balance de la aventura que acababan de vivir.
– De modo -dijo la periodista- que Winston confió su propia muerte a un sicario, porque no tenía valor para suicidarse. ¡Vaya historia! Ahora sí que se va a vender mi libro.
– ¿Tu libro?
– Cuando empezó todo, yo había escrito ya más de cien páginas de una biografía novelada de John Winston. Pero no tenía un final claro, y el libro estaba un tanto desestructurado. Pero después de lo que hemos vivido, puedo asegurarte que tengo en mis manos un auténtico best seller. Es como un melodrama decimonónico, con depresión de artista incluida. El pobre Winston era consciente de su descomunal talento y no podía soportar que sus semejantes no lo reconocieran. Por eso encargó que le mataran. Luego, de la noche a la mañana, su aparición en CSI Miami le catapulta a la fama y se ve obligado a dar marcha atrás. Pero deshacer un trato con la mafia búlgara le resultó imposible.
– Yo lo veo más bien como un acto supremo de narcisismo -puntualizó Perdomo-. Winston deseaba ser famoso a toda costa y estaba dispuesto a entregar incluso su propia vida para lograrlo.
Amanda estuvo a punto de atragantarse con su propia copa, al escuchar la temeraria simplificación que había aventurado el inspector.
– Dicho así -comentó-, dejas a Winston reducido a uno de esos freakies que se marchan a La isla de los famosos para recuperar la popularidad perdida. Winston era un genio. Cuando tienes mucho talento, el hecho de que te ignoren puede ser muy mortificante. Sobre todo si estás metido en un mal viaje de LSD. Acuérdate de lo que te contó la viuda cuando Winston empezó a experimentar flashbacks con la droga: aunque no la estuviera tomando, volvía a vivir episodios terroríficos, relacionados con su falta de éxito y sus deseos de morir, para lograr la inmortalidad. Su identificación con Lennon y con esa canción, Happiness is a warm gun, contribuyó a aumentar su delirio. Hasta que aquella fatídica Noche de los Patinadores en París se volvió loco del todo y encargó a la mafia búlgara que le mataran.
– Pecó de impaciencia -sentenció Perdomo-. Si hubiera esperado unos meses más… el éxito le estaba aguardando a la vuelta de la esquina.
– Eric Clapton, que también tuvo en su día muchos problemas con las drogas, sufrió una decepción parecida con el tema Layla. Clapton lo sacó en una versión acortada para la radio en 1972 y la canción fracasó. No llegó a encargar su propia muerte, pero se agarró una depresión de caballo, porque no podía entender que Layla no fuera un número uno. Al año siguiente la lanzó a las ondas en su versión original, de más de siete minutos de duración, y la canción no sólo arrasó en todo el mundo, sino que se convirtió en un clásico. Igual que está ocurriendo ya con los temas de John Winston.
– ¿Adonde crees que hubiera podido llegar The Walrus, ahora que ya había despegado? -preguntó el policía.
– Estoy absolutamente convencida -dijo la reportera-, y así lo haré constar en mi libro, de que se hubieran convertido en los Beatles del siglo XXI. Aun así, no tienen mal futuro, con Big Wayne como nuevo líder del grupo.
El inspector puso cara de extrañeza. Era evidente que no se había enterado aún de la noticia.
– Se publicó anteayer, honey -le aclaró la periodista-. Era de prever, porque la admiración mutua desde que salió la versión rockera de Shaken era muy grande. Estaban condenados a entenderse, y la voz de Wayne, totalmente distinta a la de Winston, evitará que se establezcan comparaciones odiosas. Y tú, ¿qué? ¿No te van a nombrar comisario jefe de la UDEV después de semejante exitazo?
– Ni me van a nombrar, ni yo lo aceptaría: no estoy hecho para el trabajo de despacho. De momento, bastante tengo con la encrucijada sentimental en la que estoy metido. Me voy una semana con mi hijo a Nueva York, para poner tierra de por medio y madurar una decisión sentimental que aún no tengo tomada.
– ¿Cuándo te vas?
– Pasado mañana.
– Pues por allí nos veremos -dijo Amanda.
– No entiendo. ¿Tú también vas a Nueva York?
– Pero por motivos de trabajo. He solicitado un permiso especial para entrevistar a Mark David Chapman y me lo han concedido. Pienso emplear parte del material para mi libro y el resto, saldrá en mi periódico.
– ¿De modo que te has enterado?
– ¿Enterarme? ¿De qué?
– Después de muchas dudas, Chapman colaboró con el FBI para identificar a Djerassi y el Comité de Libertad Condicional se lo ha tenido en cuenta. Podría salir en libertad dentro de tres meses. ¿No te parece paradójico? Ahora que el asesino de Winston ingresa en prisión, el de Lennon sale a la calle. ¿Tú crees que volverá a matar?
Desde que empecé a imaginar la novela, sentí la necesidad de que cada capítulo llevase el título de una canción. Algunas son muy famosas, otras sólo les sonarán a los muy melómanos. Componen la banda sonora que propongo al lector para acompañar la lectura de Morir a los 27.
J. G.
Intro hace alusión al solo de guitarra de Steve Hunter que precede a Sweet Jane, de Lou Reed, en la versión Live. Do it es una canción de Nelly Furtado, pero también la melodía que Mark David Chapman escuchaba una y otra vez en su cabeza durante los días previos al asesinato de John Lennon.
1. Happy Birthday
O sea, Cumpleaños Feliz. El Libro Guiness asegura que es la canción más popular en lengua inglesa. Y la escribieron dos chicas, las hermanas estadounidenses Patty y Mildred Hill, en 1893.
2. We will rock you
El famoso tema de Queen. A pesar de que lo compuso el guitarrista del grupo, Brian May, sólo contiene treinta segundos de guitarra. El resto son voces a cappella, pateos y palmas.
3. Stormy Weather
Unblues del año 1933 que han cantado desde Ringo Starr hasta Ella Fitzgerald. A mí la versión que más me llega es la de Billie Holiday.
Читать дальше