Mientras tanto Horace la miraba fijamente y le preguntaba con las orejas gachas y los ojos brillantes cuál iba a ser el siguiente paso. Le hizo pensar en la mujer que había perdido a su perro: Piper Libby. La reverenda la acogería y le daría una cama sin darle la paliza. Y quizá después de dormir una noche entera podría volver a pensar de nuevo. Incluso planear algo.
Arrancó el Prius y fue hasta la iglesia congregacional. Pero la casa parroquial estaba a oscuras y había una nota clavada en la puerta. Julia quitó la chincheta, regresó con la nota al coche y la leyó bajo la luz interior:
«He ido al hospital. Ha habido un tiroteo allí.»
Julia rompió a llorar de nuevo, pero cuando Horace empezó a gemir, como si quisiera armonizar con sus quejidos, hizo un esfuerzo para contener el llanto. Dio marcha atrás y después puso punto muerto el tiempo justo para dejar la nota donde la había encontrado, no fuera caso que algún otro feligrés que sintiera el peso del mundo sobre los hombros acudiera en busca de la única consejera espiritual que quedaba en Chester's Mills.
¿Y ahora adónde iba? ¿A casa de Rosie, finalmente? Quizá ya se había acostado. ¿Al hospital? Julia se habría obligado a ir allí, a pesar de lo alterada y lo cansada que estaba, si hubiera servido de algo, pero ahora no había periódico en el que informar de lo que sucedía, y sin ello, ningún motivo para exponerse a nuevos horrores.
Salió de la casa parroquial y enfiló la cuesta del Ayuntamiento sin tener ni idea de adonde se dirigía hasta que llegó a Prestile Street.
Tres minutos después estaba aparcando frente al garaje de Andrea Grinnell. No obstante, la casa también se hallaba a oscuras. Nadie respondió a sus golpes en la puerta. Como no tenía modo de saber que Andrea estaba en la cama, en el piso de arriba, sumida en un profundo sueño por primera vez desde que había dejado los calmantes, Julia dio por sentado que o se había ido a casa de su hermano Dougie, o estaba pasando la noche en casa de una amiga.
Mientras tanto, Horace se había sentado en el felpudo y la miraba, a la espera de que tomara una decisión, como siempre hacía. Sin embargo, Julia se sentía muy vacía por dentro para tomar una decisión y estaba muy cansada para seguir adelante. Estaba casi convencida de que se saldría de la carretera y se matarían, ella y el perro, si intentaba ir a algún lado.
En lo que no podía dejar de pensar no era en el edificio en llamas donde había estado almacenada su vida, sino en la cara que puso el coronel Cox cuando le preguntó si los habían abandonado.
«Negativo -había respondido-. En absoluto.» Pero había sido incapaz de mirarla a los ojos mientras lo decía.
Había una mecedora de jardín en el porche. En caso necesario, podía acurrucarse en ella y dormir. Pero quizá…
Giró el pomo de la puerta y resultó que no estaba cerrada con llave. Dudó; Horace no. Convencido de que era bienvenido en todas partes, entró de inmediato. Julia lo siguió, arrastrada por la cadena, pensando: Ahora es mi perro quien toma las decisiones. Adonde iré a parar.
– ¿Andrea? -dijo en voz baja-. Andi, ¿estás aquí? Soy Julia.
En el piso de arriba, tumbada boca arriba y roncando como un camionero tras un viaje de cuatro días, solo una parte de Andrea se movía: el pie izquierdo, que aún sufría las sacudidas y los temblores del síndrome de abstinencia.
El salón estaba en penumbra, pero no a oscuras; Andi había dejado una lámpara a pilas encendida en la cocina. Y olía a algo. Las ventanas estaban abiertas, pero como no soplaba ni una triste brisa, el olor a vómito no había desaparecido por completo. ¿Le había dicho alguien que Andrea estaba enferma? ¿Que tenía la gripe, tal vez?
Quizá es gripe, pero si se ha quedado sin sus pastillas bien podría estar con el síndrome de abstinencia.
Fuera lo que fuese, una enfermedad era una enfermedad, y por lo general los enfermos no querían estar solos, lo que significaba que la casa estaba vacía. Y ella estaba muy cansada. En el otro extremo de la sala había un sofá largo y bonito que la llamaba. Si Andi llegaba al día siguiente y encontraba allí a Julia, lo entendería.
– Quizá incluso me haga una taza de té -dijo-. Nos echaremos unas risas. -Aunque en ese momento la idea de volver a reírse de algo en toda su vida le parecía improbable-. Venga, Horace.
Le quitó la correa y cruzó la sala. Horace la observó hasta que se tumbó en el sofá y se puso una almohada bajo la cabeza. Entonces él también se echó y puso el morro sobre la pata.
– Pórtate bien -le dijo Julia, y cerró los ojos. Lo que vio entonces fue la mirada huidiza de Cox. Porque Cox creía que iban a permanecer bajo la Cúpula durante mucho tiempo.
Sin embargo, el cuerpo es más piadoso que la mente. Julia se quedó dormida con la cabeza a poco más de un metro del sobre que Brenda había intentado entregarle esa misma mañana. En algún momento, Horace se subió al sofá y se acurrucó entre sus rodillas. Y así los encontró Andrea cuando bajó la mañana del 25 de octubre; se sentía ella misma, mucho más que en los últimos años.
Había cuatro personas en la sala de estar de Rusty: Linda, Jackie, Stacey Moggin y el propio Rusty. Sirvió vasos de té helado y acto seguido realizó un resumen de lo que había encontrado en el sótano de la Funeraria Bowie. Stacey hizo la primera pregunta, meramente práctica.
– ¿Os habéis acordado de cerrar con llave?
– Sí -respondió Linda.
– Entonces devuélvemela. Tengo que dejarla en su sitio. Nosotros y ellos, pensó Rusty de nuevo. En torno a esto va a girar la conversación. Ya está siendo así. Nuestros secretos. Su poder. Nuestros planes. Sus intenciones.
Linda le entregó la llave y le preguntó a Jackie si las niñas le habían causado algún problema.
– No han tenido ningún ataque, si es eso lo que te preocupa. Han dormido todo el rato como corderitos.
– ¿Qué vamos a hacer con esto? -preguntó Stacey. Era una mujer pequeña pero decidida-. Si queréis que detengan a Rennie, vamos a tener que convencer a Randolph entre los cuatro para que lo haga. Nosotras tres como agentes, y Rusty como patólogo.
– ¡No! -exclamaron Jackie y Linda al unísono; esta con miedo, aquella con decisión.
– Tenemos una hipótesis, pero ninguna prueba de verdad -dijo Jackie-. No estoy muy segura de que Pete Randolph nos creyera aunque tuviéramos fotografías en las que se viera a Big Jim rompiéndole el cuello a Brenda. Rennie y él están en el ajo, saldrán a flote o se hundirán, pero lo harán juntos. Y la mayoría de los policías se pondría del bando de Pete.
– Sobre todo los nuevos -dijo Stacey, que se atusó la melena rubia-. En general no tienen muchas luces, pero son fieles. Y les gusta ir por ahí con armas. Además -se inclinó hacia delante-, esta noche hay siete u ocho más. Chicos del instituto. Grandullones, estúpidos y entusiastas. La verdad es que me dan miedo. Y otra cosa: Thibodeau, Searles y Junior Rennie están pidiendo a los novatos que les recomienden más candidatos. Como esto siga así, dentro de unos días no tendremos un cuerpo de policía, sino un ejército de adolescentes.
– ¿Nadie nos escucharía? -preguntó Rusty. No exactamente con incredulidad, sino para saber con quién podían contar-. ¿Nadie en absoluto?
– Tal vez Henry Morrison -respondió Jackie-. Ve lo que está sucediendo y no le convence. Pero ¿los demás? Están con Big Jim. En parte porque tienen miedo y en parte porque les gusta el poder. Para chicos como Toby Whelan y George Frederick se trata de una sensación nueva; y otros como Freddy Denton sencillamente son malas personas.
– ¿Y eso qué significa? -preguntó Linda.
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