Poco a poco, Joe caminó alrededor del quiosco de música alargando el sensor Geiger-Müller, sujeto por un cable en espiral estilo telefónico. La luz de encendido emitía una lucecita ámbar claro y la aguja bailaba un poco de vez en cuando, pero casi siempre estaba cerca del extremo cero del cuadrante. Los pequeños saltitos que veían debían de causarlos sus propios movimientos. Joe no estaba sorprendido (parte de él sabía que no iba a ser tan fácil), pero al mismo tiempo se sentía amargamente decepcionado. Era realmente asombroso lo bien que se complementaban la decepción y la ausencia de sorpresa; eran como Zipi y Zape.
– Déjame a mí -dijo Norrie-. A lo mejor tengo más suerte.
Joe se lo cedió sin protestar. Durante toda la hora siguiente, más o menos, peinaron la plaza del pueblo sosteniendo el contador Geiger por turnos. Vieron un coche que bajaba por Mills Street, pero no vieron a Junior Rennie (que volvía a encontrarse mejor) al volante. Tampoco él los vio a ellos. Una ambulancia bajó a toda pastilla por la cuesta del Ayuntamiento en dirección al Food City, con las luces del techo encendidas y la sirena aullando. A la ambulancia sí que le prestaron unos instantes de atención, pero volvían a estar absortos en lo suyo cuando Junior reapareció poco después, esta vez al volante del Hummer de su padre.
No llegaron a utilizar el Frisbee que habían llevado para disimular; estaban demasiado concentrados. Tampoco importó. Pocos de los vecinos que volvían a sus casas se molestaron en mirar hacia la plaza. Algunos estaban heridos. La mayoría acarreaban alimentos liberados, y algunos empujaban carritos de la compra cargados hasta los topes. Casi todos parecían avergonzados de sí mismos.
Hacia el mediodía, Joe y sus amigos estaban dispuestos a rendirse. También tenían hambre.
– Vamos a mi casa -dijo Joe-. Mi madre nos preparará algo de comer.
– Genial -dijo Benny-. Espero que sea chop suey. Tu madre hace un chop suey de muerte.
– Antes, ¿podemos cruzar por el Puente de la Paz e intentarlo en el otro lado? -preguntó Norrie.
Joe se encogió de hombros.
– Vale, pero allí no hay nada más que bosque. Además, nos alejaremos del centro.
– Sí, pero… -No acabó la frase.
– Pero ¿qué?
– Nada. Es solo una idea. Seguramente estúpida.
Joe miró a Benny. Benny se encogió de hombros y pasó el contador Geiger a Norrie.
Regresaron al Puente de la Paz y se colaron bajo la floja cinta de precinto policial. La pasarela estaba en penumbra, pero no tanto como para que Joe no pudiera mirar por encima del hombro de Norrie y ver que la aguja del contador Geiger empezó a moverse en cuanto pasaron de la mitad, caminando en fila india para no sobrecargar demasiado los tablones podridos. Cuando salieron por el otro lado, un cartel les informó: ESTÁN ABANDONANDO LA PLAZA DEL PUEBLO DE CHESTER'S MILL, CONST. 1808. Un sendero hollado subía por una ladera de robles, fresnos y hayas. Su follaje otoñal colgaba sin vida, parecía más sombrío que alegre.
Cuando llegaron al pie de ese sendero, la aguja de la ventanilla de CÓMPUTO POR SEGUNDO estaba entre +5 y +10. Más allá de +10, el calibrado del medidor ascendía abruptamente a +500 y luego a +1.000. El límite superior del cuadrante estaba marcado en rojo. La aguja estaba a kilómetros por debajo de eso, pero Joe estaba bastante seguro de que la posición de esos momentos indicaba algo más que un cómputo de radiación de fondo.
Benny miraba el temblor de la aguja, pero Joe miraba a Norrie.
– ¿Cuál era esa idea? -le preguntó-. No tengas miedo de soltarla, al final no parece que haya sido una idea tan estúpida.
– No -convino Benny. Dio unos golpecitos a la ventanilla de CÓMPUTO POR SEGUNDO. La aguja saltó, después volvió a estabilizarse en +7 o +8.
– Se me ha ocurrido que un generador y un transmisor son prácticamente lo mismo -dijo Norrie-. Y un transmisor no tiene por qué estar en el centro, solo ha de estar muy alto.
– La torre de la WCIK no lo está -dijo Benny-. Simplemente se halla en un claro, atronando a todo el mundo con su Radio Jesús. La he visto.
– Sí, pero esa cosa es…, no sé, superpoderosa -repuso Norrie-. Mi padre dijo que tiene cien mil vatios o algo así. A lo mejor lo que estamos buscando tiene un radio de acción más pequeño. Así que entonces he pensado: «¿Cuál es la parte más alta de la ciudad?».
– Black Ridge -dijo Joe.
– Black Ridge -repitió ella, y alzó un pequeño puño.
Joe lo golpeó con el suyo, luego señaló:
– Por allí, a un kilómetro y medio. Puede que dos. -Dirigió el sensor Geiger-Müller hacia aquel lugar y los tres contemplaron, fascinados, cómo la aguja subía a +10.
– No me jodas… -dijo Benny.
– Quizá cuando cumplas los cuarenta -dijo Norrie. Dura como siempre… aunque se había puesto colorada. Solo un poco.
– En Black Ridge Road hay un campo de árboles frutales -dijo Joe-. Desde allí se ve todo Chester's Mills… También el TR-90. Al menos eso es lo que dice mi padre. Podría estar allí. Norrie, eres un genio. -Al final no tuvo que esperar a que ella lo besara. Él mismo hizo los honores, aunque no se atrevió a acercarse más que a la comisura de sus labios.
A ella pareció gustarle, pero entre sus ojos seguía habiendo una línea ceñuda.
– A lo mejor no significa nada. Tampoco es que la aguja se esté volviendo loca. ¿Podemos ir hasta allí con las bicis?
– ¡Claro! -exclamó Joe.
– Después de comer -añadió Benny. Se consideraba el sensato del grupo.
Mientras Joe, Benny y Norrie estaban comiendo en casa de los McClatchey (sí que había chop suey) y Rusty Everett, con ayuda de Barbie y de las dos adolescentes, se ocupaba de los heridos de los disturbios del supermercado en el Cathy Russell, Big Jim Rennie estaba sentado en su estudio, repasando una lista en la que iba marcando los puntos solucionados.
Vio que su Hummer llegaba de nuevo por el camino de entrada y marcó otro punto: ya habían dejado a Brenda con los demás. Pensó que estaba preparado; al menos todo lo preparado que podía estar. Aunque la Cúpula desapareciera esa misma tarde, creía que tenía el trasero bien cubierto.
Junior entró y dejó las llaves del Hummer en el escritorio de Big Jim. Estaba pálido y le hacía falta un buen afeitado más que nunca, pero ya no parecía un muerto viviente. Tenía el ojo izquierdo rojo, pero no llameante.
– ¿Todo arreglado, hijo?
Junior asintió.
– ¿Iremos a la cárcel? -Hablaba casi con curioso desinterés.
– No -dijo Big Jim. La idea de que pudiera ir a la cárcel nunca se le había pasado por la cabeza, ni siquiera cuando esa bruja de Brenda Perkins se había presentado allí y había empezado a soltar acusaciones. Sonrió-. Pero Dale Barbara sí.
– Nadie creerá que ha matado a Brenda Perkins.
Big Jim siguió sonriendo.
– Lo creerán. Están asustados y lo creerán. Así funcionan estas cosas.
– ¿Cómo lo sabes?
– Porque soy un estudioso de la historia. Alguna vez deberías probarlo. -A punto estuvo de preguntarle a Junior por qué había dejado Bowdoin; ¿lo había dejado, lo habían suspendido o lo habían invitado a marcharse? Sin embargo, aquel no era el momento ni el lugar. En vez de eso, le preguntó a su hijo si podía hacerle otro recado.
Junior se frotó la sien.
– Supongo. Ya que estamos, uno más…
– Necesitarás ayuda. Imagino que podrás llevarte a Frank, aunque yo preferiría a ese tal Thibodeau, si es que hoy es capaz de moverse por ahí. Pero Searles no. Es buen tipo, pero es estúpido.
Junior no abrió la boca. Big Jim se preguntó otra vez qué le pasaba al chico. Aunque ¿de verdad quería saberlo? A lo mejor cuando esa crisis hubiera terminado. Mientras tanto, tenía muchas cazuelas en el fuego y la cena iba a servirse pronto.
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