– ¿Es que has fumado mucho de eso? -preguntó Joe. Dio una calada a su cigarrillo. No quería parecer un enclenque, pero tampoco quería ponerse a toser y a lo mejor acabar vomitando. El humo quemaba, pero de una forma medio buena. A lo mejor al final aquello tenía algo. Aunque ya se sentía un poco atontado.
Tranquilito cuando aspires, pensó. Desmayarte sería casi tan cutre como vomitar. A menos, quizá, que se desmayase en el regazo de Norrie Calvert. Eso sería una pasada.
Norrie rebuscó en el bolsillo de sus pantalones cortos y sacó el tapón de una botella de zumo Verifine.
– Podemos usar esto como cenicero. Quiero fumar para hacer el ritual indio, pero no quiero incendiar el Puente de la Paz. -Entonces cerró los ojos. Sus labios empezaron a moverse. Tenía el cigarrillo entre los dedos, cada vez con más ceniza.
Benny miró a Joe, se encogió de hombros y entonces él también cerró los ojos.
– GI Joe todopoderoso, por favor, escucha la súplica de tu humilde soldado raso Drake…
Norrie le dio una patada sin abrir los ojos.
Joe se levantó (algo mareado, aunque no demasiado; incluso se atrevió a dar otra calada cuando estuvo de pie) y caminó hasta más allá de donde habían aparcado las bicis, hacia el extremo de la pasarela cubierta que daba a la plaza del pueblo.
– ¿A dónde vas? -preguntó Norrie sin abrir los ojos.
– Rezo mejor mirando la naturaleza -respondió Joe, pero en realidad solo quería respirar un poco de aire fresco. No era por el humo del tabaco; eso más o menos le gustaba. Eran los demás olores del interior del puente: madera putrefacta, alcohol rancio y un agrio aroma químico que parecía subir desde el Prestile, debajo de ellos (un olor que, como le habría dicho el Chef, podías llegar a amar).
El aire del exterior tampoco era precisamente maravilloso; olía como a «usado», y a Joe le recordó la visita que había hecho con sus padres a Nueva York el año anterior. Allí el metro olía un poco así, sobre todo al final del día, cuando estaba repleto de gente que volvía a casa.
Se echó la ceniza en la mano. Al esparcirla, vio a Brenda Perkins subiendo por la cuesta.
Un momento después, una mano le tocó en el hombro. Demasiado ligera y delicada para ser la de Benny.
– ¿Quién es esa? -preguntó Norrie.
– La conozco solo de vista, no sé cómo se llama -dijo él.
Benny se les unió.
– Es la señora Perkins. La viuda del sheriff.
Norrie le dio un codazo.
– Jefe de policía, idiota.
Benny se encogió de hombros.
– Lo que sea.
La estuvieron observando, sobre todo porque no tenían a nadie más a quien mirar. El resto de la ciudad estaba en el supermercado celebrando la mayor guerra de comida del mundo, según parecía. Los tres niños habían ido a investigar, pero desde lejos; no necesitaron que nadie les convenciera de que no se acercaran, dado el valioso equipo que había sido confiado a su cuidado.
Brenda cruzó Main Street hacia Prestile Street, se detuvo frente a la casa de los McCain y después siguió hasta la de la señora Grinnell.
– ¿Por qué no nos vamos ya? -preguntó Benny.
– No podemos irnos hasta que se haya ido ella -respondió Norrie.
Benny se encogió de hombros.
– ¿Cuál es el problema? Si nos ve, no somos más que unos niños haciendo el ganso en la plaza del pueblo. Además, ¿sabéis qué? Seguramente no nos vería ni aunque nos estuviera mirando de frente. Los adultos nunca ven a los niños. -Pensó en eso-. A no ser que vayan en skate.
– O que estén fumando -añadió Norrie.
Todos miraron sus cigarrillos.
Joe enganchó con un pulgar el asa de la bolsa de la compra que estaba en la cesta del manillar de la Schwinn High Plains de Benny.
– También suelen ver a los niños que hacen el ganso con propiedad municipal de mucho valor.
Norrie se colocó el cigarrillo en la comisura de los labios. Parecía maravillosamente dura, maravillosamente hermosa y maravillosamente adulta.
Los chicos siguieron mirando. La viuda del jefe de policía se había puesto a hablar con la señora Grinnell. No fue una conversación muy larga. La señora Perkins había sacado un gran sobre marrón de su bolsa de tela mientras subía los escalones, y entonces vieron cómo se lo daba a la señora Grinnell. Unos segundos después, la señora Grinnell prácticamente le cerraba la puerta en las narices.
– Caray, qué maleducada -dijo Benny-. Una semana de castigo.
Joe y Norrie se rieron.
La señora Perkins se quedó un momento donde estaba, como desconcertada, después bajó los escalones. Esta vez caminaba de cara a la plaza, y los tres niños se retiraron instintivamente a las sombras de la pasarela. Eso hizo que la perdieran de vista, pero Joe encontró una rendija muy oportuna en el lateral de madera y pudo seguir espiando.
– Vuelve a Main -informó-. Vale, ahora está subiendo la cuesta… ahora cruza otra vez…
Benny hizo como que sostenía un micrófono imaginario.
– Las imágenes, en el informativo de las once.
Joe no le hizo caso.
– ¡Ahora va hacia mi calle! -Se volvió hacia Benny y Norrie-. ¿Creéis que irá a ver a mi madre?
– Mills Street tiene cuatro manzanas, colega -dijo Benny-. ¿Qué probabilidades hay?
Joe se sintió aliviado, aunque no se le ocurría ningún motivo por el que la visita de la señora Perkins a su madre pudiera ser algo malo. Solo que su madre estaba bastante preocupada porque su padre se encontraba fuera del pueblo, y a Joe no le apetecía verla más alterada de lo que ya estaba. Casi le había prohibido hacer esa expedición. Gracias a Dios que la señorita Shumway le había quitado aquella idea de la cabeza, sobre todo diciéndole que Dale Barbara había pensado específicamente en Joe para ese trabajo (en el cual Joe -igual que Benny y Norrie- prefería pensar como en «la misión»).
– Señora McClatchey -había dicho Julia-, Barbie cree que seguramente nadie puede hacer uso de ese artefacto mejor que su hijo. Podría ser muy importante.
Eso había hecho que Joe se sintiera bien, pero al mirar a su madre a la cara (preocupada, alicaída) de pronto se había sentido mal Ni siquiera habían pasado tres días desde que la Cúpula los había encerrado, pero ya había perdido peso. Y eso de que no soltara nunca la fotografía de su padre… eso también hacía que se sintiera mal. Era como si pensara que estaba muerto, en lugar de atrapado en un motel en alguna parte, seguramente bebiendo cerveza y viendo la HBO.
Su madre, sin embargo, había estado de acuerdo con la señorita Shumway.
– Es un chico muy listo y se le dan bien las máquinas, desde luego. Siempre se le han dado bien. -Lo había recorrido con la mirada de la cabeza a los pies y luego había suspirado-. ¿Cuándo te has hecho tan alto, hijo?
– No sé -había respondido él con total sinceridad.
– Si te dejo hacer esto, ¿tendrás cuidado?
– Y llévate a tus amigos contigo -dijo Julia.
– ¿A Benny y a Norrie? Claro.
– Otra cosa -había añadido Julia-, sed un poco discretos. ¿Sabes lo que significa eso, Joe?
– Sí, señora, claro que sí.
Significaba que no te pillaran.
Brenda desapareció tras la pantalla de árboles que bordeaban Mills Street.
– Vale -dijo Benny-. Vamos. -Aplastó con cuidado el cigarrillo en el cenicero improvisado y después sacó la bolsa de la compra de la cesta de la bici.
Dentro de la bolsa llevaban el anticuado contador Geiger de color amarillo que había pasado de Barbie a Rusty, a Julia… y finalmente a Joe y su pandilla.
Joe cogió el tapón de la botella de zumo y apagó también su cigarrillo; pensó que le gustaría probarlo otra vez cuando tuviera tiempo para concentrarse en la experiencia. Por otra parte, quizá fuera mejor no hacerlo. Ya era adicto a los ordenadores, las novelas gráficas de Brian K. Vaughan y el skate. A lo mejor con eso ya tenía bastantes monos de los que ocuparse.
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