– Va a venir gente -les dijo a Benny y a Norrie-, puede que un montón de gente, en cuanto se cansen de jugar en el supermercado. Lo único que podemos hacer es esperar que no se fijen en nosotros.
Por dentro, oyó a la señorita Shumway diciéndole a su madre lo importante que podría ser aquello para el pueblo. A él no tuvo que decírselo; seguramente Joe lo comprendía mejor que ellos mismos.
– Pero si se acerca algún poli… -dijo Norrie.
Joe asintió.
– Lo metemos otra vez en la bolsa. Y sacamos el Frisbee.
– ¿De verdad creéis que hay una especie de generador alienígena enterrado bajo la plaza del pueblo? -preguntó Benny.
– Yo he dicho que podría haberlo -respondió Joe, más brusco de lo que había sido su intención-. Todo es posible.
En realidad, Joe creía que era más que posible; lo creía probable. Si la Cúpula no tenía un origen sobrenatural, entonces era un campo de fuerza. Un campo de fuerza tenía que ser generado. A él le parecía una situación que solo requería confirmación, pero no quería que sus amigos se hicieran muchas ilusiones. Ni él mismo, para el caso.
– Empecemos a buscar -dijo Norrie. Salió colándose por debajo de la cinta amarilla de precinto policial-. Solo espero que los dos hayáis rezado lo suficiente.
Joe no creía en rezar por cosas que podía hacer él mismo, pero había elevado una breve oración por un tema algo diferente: que, si encontraban el generador, Norrie Calvert le diera otro beso. Uno chulo y largo.
Esa misma mañana, algo más temprano, durante su reunión preexploración en el salón de los McClatchey, Joe «el Espantapájaros» se había quitado la zapatilla derecha y luego el calcetín blanco de deporte que llevaba debajo.
– Truco o trato, huéleme el zapato, dame algo rico que comer dentro de un rato -entonó Benny con alegría.
– Calla, imbécil -repuso Joe.
– No llames imbécil a tu amigo -dijo Claire McClatchey, pero le dirigió a Benny una mirada de reproche.
Norrie, por su parte, no añadió ninguna réplica y se limitó a mirar con interés a Joe, que estaba colocando el calcetín sobre la alfombra del salón y lo alisaba con la palma de la mano.
– Esto es Chester's Mills -dijo Joe-. La misma forma, ¿verdad?
– Ahí le has dado -convino Benny-. Nuestro destino es vivir en un pueblo que se parece a uno de los calcetines de deporte de Joe McClatchey.
– O al zapato de la anciana del cuento -añadió Norrie.
– «Había una vez una anciana que vivía en un zapato» -recitó la señora McClatchey. Estaba sentada en el sofá con la fotografía de su marido en el regazo, igual que cuando la señorita Shumway se había presentado con el contador Geiger, ya entrada la tarde del día anterior-. «Tenía tantos hijos que no sabía qué hacer.»
– Muy buena, mamá -dijo Joe, intentando no reírse. La versión de instituto había modificado el cuento a: «Tenía tantos hijos que ya se le había caído el coño».
Volvió a mirar el calcetín.
– Bueno, ¿tiene centro un calcetín?
Benny y Norrie lo pensaron. Joe les dejó tiempo. El hecho de que tal pregunta pudiera interesarles era una de las cosas que le molaban de ellos.
– No como un círculo o un cuadrado -dijo Norrie al final-. Eso son formas geométricas.
Benny añadió:
– Supongo que un calcetín también es una forma geométrica, técnicamente, aunque no sé cómo se llamaría. ¿Un calcetágono?
Norrie rió. Incluso Claire sonrió un poco.
– En el mapa, Mills se parece más bien a un hexágono -dijo Joe-, pero eso no importa. Usemos solo el sentido común.
Norrie señaló el lugar del calcetín donde el final de la forma del pie se unía a la recta de la pierna.
– Ahí. Ese es el centro.
Joe lo marcó con la punta de un rotulador.
– Me parece que esa mancha no saldrá, señorito. Claire suspiró-. Pero de todas formas necesitas unos nuevos, supongo. -Y, antes de que el niño pudiera hacer la siguiente pregunta, dijo-: En un mapa, eso sería más o menos donde está la plaza del pueblo. ¿Es ahí donde vais a buscar?
– Es donde buscaremos primero -dijo Joe, algo desinflado al ver que lo habían dejado sin su bomba informativa.
– Porque, si hay un generador -caviló la señora McClatchey-, crees que debería estar en el centro de la localidad. O lo más cerca posible del centro.
Joe asintió.
– Guay, señora McClatchey -dijo Benny, que levantó una mano-. Choque esos cinco, madre de mi hermano del alma.
Con una débil sonrisa, sosteniendo aún la fotografía de su marido, Claire McClatchey chocó los cinco con Benny. Después dijo:
– Al menos la plaza del pueblo es un lugar seguro. -Se detuvo a pensarlo; frunció un poco el ceño-. Eso espero, por lo menos, aunque en realidad, ¿quién sabe?
– No se preocupe -dijo Norrie-. Yo los vigilaré.
– Solo prometedme que, si al final encontráis algo, dejaréis que los expertos se ocupen de todo -dijo Claire.
Mamá , pensó Joe, me parece que a lo mejor resulta que los expertos somos nosotros. Pero no lo dijo. Sabía que eso la alteraría más aún.
– Tiene mi palabra -dijo Benny, y volvió a levantar la mano-. Esos cinco otra vez, oh, madre de mi…
Esta vez la mujer no despegó las manos de la fotografía.
– Te quiero, Benny, pero a veces me agotas.
El niño sonrió con tristeza.
– Eso mismo me dice mi madre.
Joe y sus amigos caminaron cuesta abajo hacia el quiosco de música que había en el centro de la plaza del pueblo. Detrás de ellos, el Prestile murmuraba. Ya estaba más bajo, la Cúpula hacía de presa en el punto por el que el río entraba en Chester's Mills, en el noroeste. Si la Cúpula seguía allí al día siguiente, Joe creía que aquello se convertiría en un barrizal.
– Vale -dijo Benny-. Ya basta de hacer el vago. Es hora de que los chicos de las tablas salven Chester's Mills. Dale caña a ese trasto.
Con cuidado (y con verdadera reverencia), Joe sacó el contador Geiger de la bolsa de la compra. Hacía tiempo que la pila que lo alimentaba era un soldado muerto y que los terminales estaban llenos de porquería, pero un poco de bicarbonato había dado cuenta de la corrosión, y Norrie había encontrado no solo una, sino tres pilas secas de seis voltios en el armario de las herramientas de su padre. «Es un bicho raro cuando se trata de pilas -había confesado Norrie-, y se matará intentando aprender a hacer skate, pero lo quiero.»
Joe puso el pulgar sobre el interruptor de encendido y luego los miró muy serio.
– ¿Sabéis? Podría ser que esto no detectara nada de nada y, aun así, que hubiera un generador, pero uno que emita ondas alfa o bet…
– ¡Dale ya, por el amor de Dios! -exclamó Benny-. Tanto suspense me está matando.
– Tiene razón -dijo Norrie-. Dale.
Pero sucedió algo interesante. Habían probado el contador Geiger un montón de veces por la casa de Joe y funcionaba bien: cuando lo probaron sobre un viejo reloj con esfera de radio, la aguja se había agitado considerablemente. Lo habían probado todos por turnos. Sin embargo, ahora que estaban ahí fuera (in situ, por así decir), Joe se quedó paralizado. Tenía la frente perlada de sudor. Sentía cómo las gotas aparecían y se preparaban para deslizarse.
Podría haberse quedado allí quieto un buen rato si Norrie no hubiera puesto una mano encima de la suya. Luego Benny añadió también la de él. Los tres acabaron pulsando juntos el interruptor. La aguja de la ventanilla CÓMPUTO POR SEGUNDO saltó de inmediato a +5, y Norrie le apretó el hombro a Joe. Después descendió hasta +2, y la niña aflojó la mano. No tenían experiencia con medidores de radiación, pero todos supusieron que no estaban viendo más que una medición de radiación de fondo.
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