Jack Higgins - El Ojo Del Huracan

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Una feroz guerra subterránea… y el más audaz de los atentados. Sean Dillon es un asesino. Quizá su atracción por la violencia surgiera de la convicción política cuando formó parte del IRA. Pero ya ha perdido las referencias y los escrúpulos. Dillon es un sicario, un carísimo sicario. Tan caro que sólo un magnate iraquí del petróleo puede pagarle. Son los tiempos de la guerra del Golfo, y un magnicidio puede afectar el equilibrio de los aliados. Se trata de un extraordinario desafío, que sólo Dillon puede abordar. Y él mismo fijará el blanco: el primer ministro británico, John Major.
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.

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– ¿Qué hacemos ahora, brigadier?

– Subíos en el avión y regresad en seguida. Estáis en territorio francés, recordadlo. Voy a hablar con Hernu ahora mismo para que se encargue de todo. Cuando hayáis despegado me llamáis otra vez. Os daré las instrucciones para el aterrizaje.

Tan pronto como quedó libre la comunicación, Ferguson llamó al despacho de Hernu en la DGSE. Fue Savary el que contestó.

– Aquí Ferguson, ¿saben a qué hora aterriza el coronel Hernu en St. Denis?

– Está muy mal el tiempo allí, brigadier. Aterrizan en Cherburgo, en el aeropuerto de Maupertus, y continuarán viaje en coche.

– Está bien. Va a encontrar allí una escena digna del tercer acto de Macbeth, así que será mejor que se lo explique todo, y usted le transmitirá la información.

En la pista la visibilidad se había reducido a menos de cien metros, debido a la niebla procedente del mar. La Navajo pilotada por Mary Tanner rodó hacia la cabecera. Brosnan, sentado al lado de ella, y Flood con la cabeza dentro de la cabina contemplaban la operación.

– ¿Seguro que lo conseguirás? -preguntó este último.

– En estas condiciones lo difícil no es despegar, sino aterrizar -respondió ella, conduciendo la avioneta hacia el muro gris algodonoso. Tiró de la palanca de mando y la Navajo empezó a ganar altura, hasta superar la niebla, en cuyo momento maniobró rumbo al mar. Mary estabilizó la altitud a nueve mil pies y al cabo de un rato conectó el piloto automático y se reclinó en el asiento.

– ¿Cómo estás? -le preguntó Brosnan.

– Bien. Un poco fatigada, eso es todo. Era tan… elemental. Casi no puedo creer que haya acabado.

– Acabado del todo -dijo alegremente Flood con media botella de escocés en una mano y sujetando con dificultad un vaso de plástico en la otra; acababa de descubrir el pequeño bar de la avioneta.

– Creí que no bebías nunca -dijo Brosnan.

– Salvo en las grandes ocasiones -alzó Flood el vaso de plástico- Ésta va por Dillon, para que se pudra en el infierno.

Dillon oyó voces y el golpe de la puerta principal al cerrarse. Cuando volvió en sí fue como regresar de la muerte a la vida. Tenía un dolor terrible en el pecho, pero eso era de esperar. Era considerable el impacto mecánico de un tiro disparado a tan escasa distancia. Examinó los dos orificios de la cazadora de cuero, y dejando la Walther en el suelo se bajó la cremallera. Las dos balas que le había disparado Flood estaban empotradas en el chaleco de titanio y nailon que le diera Tania la primera vez que habló con ella. Abrió los cierres de velero y se quitó el chaleco, que abandonó en el suelo. Luego recogió la Walther y se puso en pie.

Había permanecido un buen rato completamente inconsciente; se trataba de un fenómeno natural, pese a la defensa antibalas, debido a la proximidad de los disparos. Dillon se acercó al armario de los licores y se sirvió una copa de coñac. Mirando a su alrededor vio los cadáveres tendidos en el suelo, el portafolios en el mismo lugar donde él había caído, y cuando oyó el rugido del despegue de la Navajo lo comprendió todo. El asunto quedaba en manos de los franceses, lo que no dejaba de ser lógico en fin de cuentas. Estaban en su terreno, lo cual seguramente significaba que Hernu no tardaría en llegar con sus muchachos.

Quedaba tiempo para huir, pero ¿cómo? Se sirvió otra copa mientras lo pensaba. Estaría allí la Citation de Michael Aroun, pero ¿adónde podría dirigirse sin dejar algún tipo de rastro? No, la mejor solución, como de costumbre, era desaparecer en París. Siempre había sabido desenvolverse en la clandestinidad de la gran metrópoli. Tenía la barcaza y el apartamento en el altillo del almacén de la calle Helier, ¿qué más podía pedir?

Apuró el coñac, recogió el maletín y luego se quedó indeciso, mirando el chaleco antibalas de titanio con los dos proyectiles empotrados. Al cabo de un momento sonrió y dijo en voz baja:

– Chúpate ésa, Martin.

En seguida abrió la puerta ventana de par en par y se detuvo un instante en la terraza, respirando a pleno pulmón, con deleite, el aire frío. Por último bajó por la escalera exterior, saliendo al césped, y enfiló hacia el sendero, silbando quedamente.

Mary sintonizó en su radio la frecuencia que le había indicado Ferguson. Su señal fue captada al instante por el gabinete de radio en el ministerio de Defensa, lo que puso en marcha un avanzado dispositivo codificador, tras lo cual se pasó la comunicación al brigadier.

– Volamos sobre el Canal, señor, de regreso a casa.

– Será en Gatwick -dijo él-. Os esperarán allí. Hernu acaba de llamarme desde su coche, camino de St. Denis. Es exactamente lo que me figuraba. Para los franceses, nada de eso ha ocurrido en su territorio. Aroun, Rashid y Makeiev murieron en un accidente de automóvil, y Dillon tendrá una tumba de pobre, sin nombre, sólo un número más. Es lo mismo que haremos nosotros con el tal Grant. -Pero ¿cómo, señor?

– Hemos avisado a uno de nuestros médicos, que certificará muerte natural por paro cardíaco. Tenemos nuestra propia organización para este género de asuntos desde los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. En una calle tranquila del distrito norte de Londres. Con su propio crematorio y todo. Mañana Grant quedará reducido a un puñado de cenizas, sin autopsia ni nada.

– Pero, ¿y Jack Harvey?

– Eso es diferente. Aún le tenemos entre nosotros, lo mismo que ese muchacho, Billy Watson, hospitalizados en una clínica privada de Hampstead. El servicio especial los vigila.

– ¿Por qué tengo la impresión de que no nos resta nada que hacer?

– No será necesario. Harvey no querrá pudrirse durante veinte años en la cárcel por cómplice del IRA. Él y los suyos mantendrán el pico cerrado, y lo mismo el KGB.

– ¿Y Angel?

– Estaría bien que te la llevaras a casa y te encargaras de ella una temporada. Estoy seguro de que sabrás hacerlo, querida. La sensibilidad femenina, y todo eso -hubo una pausa, y luego él agregó-: ¿Lo entiendes, Mary? Nada de esto ha ocurrido nunca.

– ¿Eso es todo, señor?

– Eso es todo, Mary. Hasta luego.

– ¿Qué ha dicho el viejo cabrón? -preguntó Brosnan.

Ella le repitió el diálogo y cuando hubo terminado, Flood soltó una estruendosa carcajada.

– ¿Así que no ha pasado nada? ¡Maravilloso!

– ¿Y ahora qué? -preguntó Mary.

– Sólo Dios lo sabe -Brosnan se echó hacia atrás, cerrando los ojos.

Ella se volvió hacia Harry Flood, que hizo un brindis con el vaso de plástico.

– A mí, que me registren -dijo.

Mary lanzó un suspiro, desconectó el piloto automático y se dispuso a pilotar la avioneta, con la costa de Inglaterra a la vista.

Escribiendo con rapidez, Ferguson completó su informe y cerró el expediente; luego se puso en pie y se acercó a la ventana.

Nevaba otra vez mientras él miraba hacia la izquierda, hacia la esquina de Hourse Guards Avenue con Whitechapel, donde había ocurrido todo. Estaba cansado, cansado como no se había sentido desde hacía mucho tiempo, pero todavía le quedaba una cosa que hacer. Regresó a su escritorio e iba a utilizar el secráfono cuando éste sonó, anticipándose.

Hernu dijo:

– Hola, Charles. Estoy en St. Denis y siento decirte que hay dificultades.

– Cuéntame -dijo Ferguson, notando al instante un vacío terrible en el estómago.

– Tres cadáveres nada más: Makeiev, Rashid y Michael Aroun.

– ¿Y Dillon?

– Ni rastro, excepto un chaleco antibalas muy moderno, en el suelo, con dos balas incrustadas, disparadas por una Walther.

– ¡Dios mío! -exclamó Ferguson-. ¡El muy bastardo aún anda suelto!

– Temo que así es. He dado parte a la policía, naturalmente, y a todos los organismos habituales, pero no diré que alimente muchas esperanzas.

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