Jack Higgins - El Ojo Del Huracan

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Una feroz guerra subterránea… y el más audaz de los atentados. Sean Dillon es un asesino. Quizá su atracción por la violencia surgiera de la convicción política cuando formó parte del IRA. Pero ya ha perdido las referencias y los escrúpulos. Dillon es un sicario, un carísimo sicario. Tan caro que sólo un magnate iraquí del petróleo puede pagarle. Son los tiempos de la guerra del Golfo, y un magnicidio puede afectar el equilibrio de los aliados. Se trata de un extraordinario desafío, que sólo Dillon puede abordar. Y él mismo fijará el blanco: el primer ministro británico, John Major.
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.

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– Yo nunca he sido muy prudente, colega -remedó Grant el acento señoritil de Dillon-. Por eso he acabado en este agujero.

Cruzó hacia su escritorio y se sentó. Tenía desplegada la carta correspondiente al canal de la Mancha, con la costa de Normandía y Cherburgo y sus alrededores, la misma que Dillon había consultado la noche que estuvo allí con Angel.

– Me gustaría salir ya, muchacho -prosiguió Dillon- Si te preocupa el resto del flete, puedo pagártelo al contado ahora mismo.

Hizo un ademán alzando el portafolios y agregó:

– No te importará cobrar en dólares, supongo.

– No, pero lo que sí me importa es que me tomen por tonto -replicó Grant señalando el mapa-. Land's End, ¡y un carajo! Vi cómo lo consultabas la otra noche que estuviste aquí con la chica. El canal de la Mancha y la costa francesa. Me gustaría saber lo que te traes entre manos.

– Desde luego estás hablando como un imprudente -contestó Dillon.

Grant abrió un cajón del escritorio y sacó su viejo revólver Webley.

– ¿Ah, sí? Eso lo veremos. Ahora coloca el maletín sobre el escritorio y sepamos lo que hay.

– Claro que sí, muchacho. No hay por qué ponerse violentos.

Dillon se acercó un paso y colocó el portafolios sobre la mesa. Con la otra mano se sacó al mismo tiempo la Beretta del cinto y le descerrajó a Grant un tiro a bocajarro.

El aviador se derrumbó de espaldas en el sillón. Dillon se guardó la Beretta, plegó el mapa, se lo puso debajo del brazo, recogió el petate y el portafolios y salió, pisando la nieve en dirección al hangar, donde entró por el portillo para desatrancar la puerta corredera quedando descubiertas las dos avionetas. Eligió la Cessna Conquest por la sencilla razón de que era la que estaba más cerca. Tenía la escalerilla bajada. Arrojó el petate y el maletín al interior, subió y tiró de la escotilla para cerrarla.

Tras ocupar el asiento izquierdo, el del piloto, estudió la carta. Serían unas ciento cincuenta millas de vuelo hasta el campo de aviación de St. Denis, y salvo dificultades como vientos de proa, en una máquina como aquélla no se tardaría más de tres cuartos de hora. Naturalmente no se había registrado ningún plan de vuelo, con lo que era de prever que aparecería como intruso en alguna pantalla de radar. Pero no importaba. Si salía al mar derecho por Brighton, desaparecería en medio del canal antes de que nadie se diera cuenta de lo ocurrido. Otra cosa era la aproximación a St. Denis, aunque volando por debajo de los seiscientos pies mientras se acercaba a la costa, con un poco de suerte no sería detectado por el radar del aeropuerto de Maupertus, en Cherburgo.

Colocó la carta desplegada sobre el otro asiento, para poder consultarla, y dio el contacto, arrancando primero el motor de babor y luego el de estribor. Sacó la Conquest del hangar y se detuvo unos instantes para verificar, los instrumentos. Los depósitos de combustible estaban a tope; Grant no se había alabado en vano. Dillon se puso el cinturón de seguridad y condujo la avioneta hacia la cabecera de pista.

Dando la proa al viento, inició la carrera de despegue. En seguida notó la retención de la nieve acumulada, por lo que dio máximo de gas y atrajo hacia sí los mandos. La Conquest despegó y empezó a ganar altura. Al ladearla para enfilar rumbo a Brighton vio abajo un sedán negro que avanzaba entre los árboles en dirección a los hangares.

– No sé quién demonios sois, pero si venís por mí habéis llegado demasiado tarde -dijo en voz baja, al tiempo que describía una amplia curva y orientaba la avioneta hacia la costa.

Angel estaba sentada junto a la mesa de la cocina; entre sus manos, el tazón de café que le había dado Mary. Brosnan y Harry Flood, con su brazo en cabestrillo, escuchaban de pie, y Charlie Salter apoyaba el hombro en el quicio de la puerta.

– ¿Has dicho que en lo de Downing Street estuvieron Dillon y tu tío? -preguntaba Mary.

Angel asintió.

– Yo conducía la furgoneta Morris que transportó la moto del señor Dillon. Él siguió a tío Danny, que iba en la Ford Transit -parecía una sonámbula-. Luego conduje desde Bayswater hasta aquí y tío Danny tenía miedo, mucho miedo de lo que pudiera pasar.

– ¿Y Dillon? -preguntó Mary.

– Tenía previsto despegar desde ese campo de aviación cercano, el de Grimethorpe. Alquiló una avioneta al señor Grant, que es el director del campo. Dijo que iba a Land's End, pero no era verdad.

Ausente, mirando al vacío, sostenía el tazón con ambas manos. Brosnan intervino con amabilidad:

– ¿Adónde iba, Angel? ¿Lo sabes tú?

– Me lo enseñó en el mapa. Hay una pista de aterrizaje en Francia, cerca de la costa. Un lugar llamado St. Denis, cerca de Cherburgo.

– ¿Estás segura? -insistió Brosnan.

– ¡Ah, sí! Tío Danny le pidió que nos llevase, pero él no quiso y entonces tío Danny se enfadó y entró con la escopeta, y entonces… -se echó a llorar.

Mary la rodeó con los brazos.

– No llores… Ya pasó todo.

Brosnan preguntó:

– ¿Hubo algo más?

– No creo -Angel aún parecía aturdida- Le ofreció dinero a tío Danny. Dijo que su cliente podía pagarlo en cualquier lugar del mundo.

– ¿No mencionó el nombre? -inquirió Brosnan.

– No, nunca -su rostro se ilumine»-. ¡Ah, sí! Ahora recuerdo el primer día dijo algo acerca de trabajar por cuenta de los árabes.

Mary se volvió hacia Brosnan:

– ¿Iraq?

– Siempre me pareció que era una posibilidad.

– Está bien. Vamos a inspeccionar lo de Grimethorpe -dijo Flood-. Tú, Charlie, quédate aquí con la chica hasta que llegue el séptimo de caballería. Nos llevamos el Mercedes -y salió mostrando el camino a los demás.

Rashid, Aroun y Makeiev estaban de pie en el gran salón del castillo de St. Denis, bebiendo champaña mientras aguardaban el comienzo del noticiario televisado.

– Será una jornada de júbilo en Bagdad -dijo Aroun- Ahora la nación conocerá el poderío de su presidente.

En la pantalla apareció el busto parlante del presentador, que anunció la noticia en breves palabras. Luego salieron las imágenes: Whitehall bajo la nieve, la guardia montada, la parte trasera del número diez de Downing Street con las ventanas rotas y los cortinajes colgando, Mountbatten Green y el primer ministro inspeccionando los estragos. Los tres espectadores guardaron silencio, estupefactos. Fue Aroun el primero en romperlo.

– ¡Ha fallado! -susurró-. ¡No ha servido de nada! Un par de ventanas rotas y un agujero en el jardín.

– Pero se ha intentado -protestó Makeiev- El golpe más sensacional asestado nunca contra el Gobierno británico, ¡y en la misma sede del poder!

– ¡A quién le importa eso! -arrojó Aroun a la chimenea su copa de champaña- Necesitábamos resultados, y no se han conseguido. Fracasó contra la Thatcher y ha fracasado contra el primer ministro británico. Pese a tus grandes palabras, Josef, sólo contabilizamos fracasos.

Desesperado, se derrumbó en una de las sillas del comedor, y Rashid comentó:

– Menos mal que no se le pagó el millón de libras.

– Cierto -replicó Aroun-. Pero el dinero no tiene tanta importancia. Es mi posición personal cerca del presidente la que ha quedado comprometida.

– ¿Qué vamos a hacer? -preguntó Makeiev.

– ¿Hacer? -Aroun se volvió hacia Rashid-. Vamos a preparar un cálido recibimiento para nuestro amigo Dillon, ¿no te parece, Ali?

– A sus órdenes, señor Aroun -contestó Rashid.

– En cuanto a ti, Josef, ¿estás con nosotros en esto? -preguntó Aroun.

– Naturalmente -contestó Josef, al no ver la posibilidad de decir otra cosa-. Naturalmente.

Se sirvió otra copa de champaña, pero le temblaban las manos.

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