Cincuenta millas mar adentro, Mary comunicó su identificación a la torre de control de Maupertus. La respuesta se recibió en seguida.
– Les esperábamos.
– ¿Tengo autorización para aterrizar en St. Denis? -preguntó ella.
– Se está cubriendo muy rápidamente; hace sólo veinte minutos tenía un techo de mil pies, pero ahora será de seiscientos pies como mucho. Les aconsejamos que lo intenten aquí.
Brosnan, que había escuchado el diálogo a través de sus propios auriculares, se volvió hacia ella, alarmado.
– Ahora ya no podemos hacer eso.
Ella respondió al control de Maupertus:
– Debemos ir allá, es urgente.
– Hay un mensaje del coronel Hernu para usted.
– Léalo -contestó ella.
– «El campo de aviación de St. Denis pertenece a la finca Château St. Denis propiedad del señor Michael Aroun».
– Gracias. Cambio y corto -dijo ella tranquilamente, y luego se volvió hacia Brosnan-. ¿Ha oído eso? Michael Aroun.
– Uno de los hombres más ricos del mundo -asintió Brosnan-. E iraquí, por más señas.
– Todo encaja -comentó ella.
Él se desabrochó el cinturón de seguridad.
– Voy a decírselo a Harry.
Sean Dillon anduvo sobre la nieve hacia la explanada de acceso y los tres hombres le siguieron con la mirada. Aroun dijo:
– Ya sabes lo que debes hacer, Josef.
– Desde luego -Makeiev se sacó del bolsillo una Makarov automática, la comprobó y la guardó de nuevo.
– Anda, Ali. Que pase -ordenó Aroun a Rashid.
El militar salió. Aroun regresó al sofá, junto a la chimenea, y recogió el periódico; luego se sentó a la mesa, desplegando sobre ésta el periódico, y sacó un revólver Smith & Wesson que escondió debajo del papel.
Rashid abrió la puerta en el momento en que Dillon subía los escalones recubiertos de nieve.
– Lo consiguió, señor Dillon -dijo el joven capitán.
– Sí, aunque habría agradecido un transporte -replicó Dillon.
– El señor Aroun le espera en el salón. Permita que me encargue de su equipaje.
Dillon depositó el petate en el suelo, pero retuvo el maletín.
– Me lo quedo -sonrió-. Es el dinero sobrante.
Siguió a Rashid por el inmenso vestíbulo de baldosas blancas y negras hasta llegar al gran salón. Aroun le recibió sentado a la mesa.
– Pase, señor Dillon -dijo el iraquí.
– Dios bendiga a todos los presentes -contestó Dillon al tiempo que cruzaba el salón hasta la mesa, deteniéndose junto a ella con el portafolios en la mano.
– Su actuación no ha sido satisfactoria -espetó Aroun.
Dillon se encogió de hombros.
– Unas veces se gana y otras se pierde.
– Se nos prometieron grandes cosas. Usted iba a incendiar el mundo.
– Otra vez será -Dillon dejó con suavidad el portafolios sobre la mesa.
– Otra vez -de súbito, el rostro de Aroun se encendió de ira-. ¿Otra vez? Voy a decirle lo que ha hecho usted. No sólo me ha fallado a mí, sino que también ha fallado a Saddam Husein, el presidente de mi país, con quien había empeñado yo mi palabra. Y como consecuencia del fracaso de usted, mi honor está por los suelos.
– Qué quiere que le diga, ¿que lo siento?
Rashid se sentó al borde de la mesa, columpiando una pierna, y comentó volviéndose hacia Aroun:
– Dadas las circunstancias, fue una decisión prudente la de no pagar a este hombre.
– ¿Qué ha dicho? -preguntó Dillon.
– El millón por adelantado que según sus instrucciones debía depositarse en Zúrich.
– Yo hablé con el director y me confirmó que había sido transferido a mi cuenta -gritó Dillon.
– Por orden mía, ¡necio! Tengo depositados muchos millones en ese banco. Ante la amenaza de retirarlos, el director no tuvo inconveniente en seguir al pie de la letra mis instrucciones.
– Muy mal hecho -replicó Dillon con tranquilidad- Yo siempre cumplo mi palabra, señor Aroun, y exijo que los demás cumplan la suya. Es cuestión de honor.
– ¿Honor? ¿Se atreve a hablarme de honor? -Aroun profirió una carcajada seca-. ¿Qué te parece eso, Josef?
Makeiev, que se había mantenido detrás de la puerta, dio un paso adelante con la Makarov en la mano. Dillon se volvió a medias y el ruso dijo:
– Tranquilo, Sean, tranquilo.
– Nunca he dejado de estarlo, Josef -replicó Dillon.
– Las manos sobre la cabeza, señor Dillon -le ordenó Rashid. Dillon obedeció. Rashid abrió la cremallera de la cazadora de cuero, buscó un arma y no la halló; luego cacheó la cintura de Dillon y descubrió la Beretta-. Muy astuto -dijo, poniendo el arma sobre la mesa.
– ¿Me permiten un cigarrillo? -se llevó la mano al bolsillo Dillon, a lo que Aroun echó el periódico a un lado y le apuntó con el Smith & Wesson, mientras Dillon sacaba un paquete de tabaco-. ¿De acuerdo?
Rashid le dio fuego y el irlandés se quedó de pie con el cigarrillo colgando de una comisura de la boca.
– ¿Y ahora qué? ¿Josef debe liquidarme?
– No, ese placer me lo reservo yo -replicó Aroun.
– Seamos razonables, señor Aroun. -Dillon accionó los dos pestillos del portafolios, disponiéndose a abrirlo-. Yo le devuelvo el resto del dinero que me entregó usted para los gastos, y quedamos en paz, ¿qué le parece?
– ¿De veras cree que esto puede arreglarse con dinero? -preguntó Aroun.
– En realidad, no -dijo Dillon al tiempo que sacaba del maletín la Walther con el silenciador Carswell y le disparaba un tiro entre los ojos. Aroun cayó hacia atrás, derribando la silla, y Dillon giró sobre sí mismo hincando simultáneamente una rodilla en tierra. Makeiev recibió los dos tiros, mientras la pistola del ruso disparaba una bala al azar.
Dillon se incorporó y se volvió al instante, con la Walther a punto. Al instante Rashid levantó ambas manos a la altura de los hombros.
– No es necesario, señor Dillon, y además puedo serle útil todavía.
– Ya lo creo que puedes-replicó Dillon.
De súbito se oyó el rugido de un avión que pasaba sobre el castillo. Dillon agarró del hombro a Rashid y lo empujó hacia la ventana.
– ¡Abre! -ordenó.
– Bien -obedeció Rashid, y ambos salieron a la terraza, desde donde pudieron ver el aterrizaje de la Navajo, pese a la niebla que empezaba a cubrir la pista.
– Y ésos, ¿quiénes son? ¿Amigos vuestros? -preguntó Dillon.
– No esperábamos a nadie, ¡se lo juro! -contestó temeroso Rashid.
Dillon tiró de él hacia atrás y apoyó la boca del silenciador en el cuello de su prisionero.
– Aroun tenía una bonita caja fuerte en su apartamento dé la avenida Victor Hugo. No me digas que aquí no tiene lo mismo.
Rashid no lo pensó dos veces.
– En el estudio. Voy a mostrársela.
– Desde luego que lo harás -replicó Dillon, y le empujó hacia la puerta.
La Navajo pilotada por Mary rodó sobre la pista y fue a estacionarse junto con la Conquest y la Citation. Cuando cortó el contacto, Brosnan había pasado ya a la cabina y empezaba a abrir la escotilla. Bajó con agilidad y se volvió para tender la mano a Flood, luego a Mary. Estaba todo muy silencioso. El viento levantaba pequeños remolinos de nieve.
– ¿Y esa Citation? -preguntó Mary-. No puede ser Hernu, no ha tenido tiempo suficiente.
– Es la de Aroun, sin duda -aventuró Brosnan.
Flood les llamó la atención sobre las huellas de pasos, claramente visibles, que se dirigían hacia el sendero entre los árboles, a cuyo fondo se erguía el bello edificio.
– Ahí tenemos indicado nuestro camino -dijo, y echó a andar el primero, seguido de Brosnan y Mary.
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