– Escucha, muchachita, no seas una calientapollas. No estoy dispuesto a aceptar una negativa, ¿me comprendes?
Eileen intentaba quitárselo de encima, librar sus brazos de los suyos. Él, mientras tanto, se reía, como si le resultase gracioso.
– Por favor, Nick, déjame ir.
Él la observaba con interés. Era joven e ingenua, justo como le gustaban a él. Estaba sudando de miedo y pudo ver su sudor brillando bajo la tenue luz. Pero eso no le preocupaba, al final terminaría cediendo, como todas. Eso le excitaba aún más. Era tan perfecta, tan inocente, su maquillaje le daba un aspecto tan joven que parecía una niñita vestida con los trajes de su madre. El miedo que tenía la hacía jadear y eso lo excitaba aún más. Una gota de sudor de su pecho se escurrió hasta su barriga. Luchaba por mantener su virginidad y trataba en vano de quitárselo de encima, pero Nick Parks era un experto en esos avatares y había desflorado a más jovencitas que pelos tenía en la cabeza.
– Por favor, Nick. Jamás he hecho esto con nadie.
Trataba de razonar con él, trataba de hacerle entender que ella misma se había metido en una situación para la cual no estaba preparada, pues aún no tenía la madurez suficiente como para saber solventarla. Llegó a creer firmemente que lo convencería, que dejaría de intentar forzarla y la llevaría a casa.
Nick inclinó el asiento y ella vio como la empujaba para que quedase de espaldas. Eileen sabía que, una vez que estuviera tendida del todo, no podría hacer nada. Con una mano le estaba manoseando y con una de las rodillas trataba de separarle las piernas. Lamentó haberse puesto un traje de dos piezas. La falda era muy corta y el corpiño apenas le tapaba el pecho. Se sintió toda una mujer cuando se lo puso, pero ahora tenía ganas de llorar. Estaba asustada, pero incluso así pudo notar que Nick tenía la lengua pegajosa de tantos cigarrillos y anfetas que había tomado durante toda la noche. Sintió asco y el estómago empezó a darle vueltas. Le tenía la boca tapada, no podía ni gritar, ni tan siquiera apartar la cara de él, y mucho menos el resto de su cuerpo. Pudo notar que ardía de deseos, así como su pene chocando contra sus muslos. Le estaba bajando las bragas, dejándola en cueros y se sentía tan mortificada que empleó toda su fuerza para tratar de quitárselo de encima, pero con eso sólo consiguió que gozara aún más.
– Venga, muchachita, has estado poniéndome cachondo toda la noche y ahora no me voy a marchar hasta que no consiga lo que quiero.
Ella sollozaba y pensó que lo que le había dicho su madre acerca de los hombres era cierto: ellos sólo querían una cosa y, cuando la habían conseguido, ya dejabas de interesarles. Notó cómo las lágrimas le escurrían por la cara y cómo él insistía con la rodilla tratando de abrirle las piernas. En ese momento la puerta de la furgoneta se abrió.
Nick Parks miró, dispuesto a maldecir al que fuera, pero vio que alguien tiraba de él y le obligaba a separarse de la chica. Le tiró un puñetazo al hombre, pero entonces se dio cuenta de que no era uno, sino dos, y eran policías.
Eileen salió de la furgoneta lo más rápido que pudo y los policías vieron que trataba de bajarse la falda y ponerse la ropa en su sitio.
– ¿Te encuentras bien, chica? -le preguntaron los policías.
– Por supuesto que lo está -interrumpió Nick-. Nosotros sólo nos estábamos sobando.
La forma en que Nick hablaba de ella hizo que Eileen deseara no haber salido nunca de su casa para ir a los bares de Ilford y Barking. Lamentó haber tenido tanta prisa por ser una mujer adulta y querer marcharse de su casa, donde todos la querían y deseaban lo mejor para ella. Empezó a gritar diciendo:
– Quiero irme a mi casa… Quiero irme a mi casa…
Eileen estaba en medio del campo y no tenía dinero para pagarse un taxi. Temía que los dos policías la dejaran sola, pero ellos se dieron cuenta de la situación y sintieron lástima. Los dos serían hombres ricos si les hubiesen dado una libra cada vez que se habían visto en esas circunstancias.
– ¿Cómo te llamas, chica? -le preguntaron.
– Eileen. Eileen Brodie.
– Métete en la furgoneta, puta de mierda y deja de joderla -le dijo Nick.
Nick trataba de comportarse como si fuesen una pareja de novios, pero no resultaba muy convincente. Esta chica, además, le estaba haciendo parecer un pervertido. Si hubiera tenido diez minutos más, la habría desvirgado y la habría llevado a casa. Aún estaba excitado y no le importaría terminar la faena.
– Cierra el pico y deja que la chica hable, ¿de acuerdo? -le ordenó uno de los policías.
Nick la miraba con deseo y ella se dio cuenta de lo retorcido y perverso que podía ser.
– Venga, díselo. No querrás meterme en problemas ahora.
Una vez más había puesto cara de buen chico, como si jamás hubiese roto un plato.
– ¿Pueden llevarme a casa o dejarme en la estación del metro? -les preguntó a los agentes.
– Sube al coche, chica. Nosotros te llevaremos a casa.
Subió al coche de la policía y odió verse allí.
– Ten cuidado la próxima vez -le dijeron los polis a Nick-. Tener relaciones con una menor te puede traer muchos problemas. Y ahora, largo.
Nick subió a la furgoneta y salió disparado de allí. Eileen lo vio marcharse con lágrimas en los ojos. No le gustaban nada esos juegos de adulta, podían ser muy peligrosos. Nick era el último de una serie de hombres adultos con los que se había relacionado y no sabía por qué. No obstante, era la primera vez que le había sucedido una cosa así. Hasta entonces lo único que había hecho es coquetear con ellos en el bar y simular que era más mujer de lo que realmente era. Ahora se daba cuenta de lo peligroso que podía ser ese juego. Los dos policías eran jóvenes y cordiales. El más charlatán de los dos se llamaba Andy y se ofreció a llevarla a casa cuando terminara su turno. Aceptó de inmediato, pues sólo quería irse de allí y salir de la situación en la que se había visto involucrada.
Pat estaba en la cama con Ivana. Ella estaba echada sobre sus brazos, con sus delgadas piernas encima de él. Era muy pequeña y delgada y a Pat le gustaba así. Le gustaba que fuese tan frágil, en comparación con él. Era tan poquita cosa y tan delicada que sostenerla era como poseerla. Ella le hacía sentirse bien por dentro, le provocaba el deseo de protegerla y se daba cuenta de que a ella le gustaba tanto como a él.
Sin embargo, era una prostituta y las prostitutas no están hechas para ser amadas. Era hipócrita por su parte, lo sabía, máxime teniendo en cuenta los antecedentes de su madre. No obstante, también sabía que ella sería la primera persona que le advertiría sobre dejarse llevar por sus sentimientos.
Ivana se apretó contra su cuerpo y él la estrechó aún más. Podía escuchar cómo le latía el corazón y olió el aroma de su loción.
– ¿Es ese tu nombre verdadero? -le preguntó Pat.
Ella se rió.
– Por supuesto que no. A nadie le ponen un nombre como ése. Es mi nombre artístico, un nombre exótico para que resulte más interesante. Mi verdadero nombre es Denise.
Pat se rió y ella con él.
– ¿Estarás de cachondeo?
Ella siguió riéndose, sin sentirse avergonzada de habérselo confesado, sólo de pura gracia.
– De verdad que no. Me llamo Denise Jones. Un nombre muy poco atractivo para una chica que pretendía ser hermosa e interesante.
Continuaba riéndose, aunque ahora no resultaba tan convincente.
Patrick la abrazó nuevamente. Su forma de reírse le hizo sentir un poco de pena por ella. Suspiró. Ella resultaba adictiva.
Se levantó de la cama y encendió el porro a medias que había dejado en el cenicero. El dulce aroma de la hierba impregnó la habitación. Luego miró a Ivana y la vio tendida, con el pelo revuelto por encima de la cara y su pálida y lechosa piel contrastando con el color de las sábanas.
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