Elmore Leonard - Pronto

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Un buen día, los apostadores empezarían a preguntarse ¿Qué se habrá hecho de Harry Arno?, y se darían cuenta de que no sabían nada de él.
"Desaparecería, empezaría una nueva vida. Basta de presión. Basta de trabajar para gente a la que no respetaba. Una copita de vez en cuando. Tal vez incluso un cigarrillo al atardecer, contemplando la puesta de sol en la bahía. Joyce estaría con él. Bueno, a lo mejor. Como si no hubiera bastantes mujeres en el lugar al que se dirijía. Tal vez sería mejor que partiera él primero y se instalara. Luego, si le apetecía, ya la llamaría. Estaba esperando. Tenía dos pasaportes con nombres distintos por si acaso. Todo estaba claro; ningún problema.
Hasta aquella tarde en que Buck Torres le dijo que estaba metido en un buen follón".

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Más tarde le dijo a Buck Torres:

– ¿Dónde estabas anoche cuando te necesitaba? -Se refería al interrogatorio-. Tenía a todos aquellos polis confabulados contra mí.

Torres le dijo que era una investigación de homicidios y que él trabajaba en el grupo contra el crimen organizado; su actitud era más fría que la última vez que hablaron.

– Estabas nervioso, ¿no es así? -comentó Torres-. Tío, lo comprendo. Pensaste que el tipo iba a por ti.

– Venía a por mí -afirmó Harry-. Sabía mi nombre.

– Eres un tipo popular.

– Llevaba una escopeta de cañones recortados, joder, dijo que venía de parte de Jimmy Cap. Aparece de golpe y me lo dice para que lo sepa; de parte de Jimmy.

– Tú llevabas una pistola cargada -dijo Torres-. ¿Y aún hablas de intenciones?

– No conocía al tipo.

– Me han dicho que tenía antecedentes y que había cumplido condena treinta años atrás -dijo Torres-. Quizá puedas hacer un trato con el fiscal, hacer que cambien la acusación por la de homicidio sin premeditación. Si quieres puedes hablar con los federales sobre Jimmy Cap. Ayudar a tu causa, ya me entiendes. McCormick me pidió que te lo mencionara, eso es todo.

– Primero me joden -dijo Harry-, después ofrecen salvarme el culo y encima esperan que les dé las gracias. Si les digo que les contaré cosas de Jimmy, ¿entonces encontrarán la escopeta?

Torres negó con la cabeza diciendo que él nunca intervendría en una cosa así.

– Sí, caray, no tengo por qué estar en la cárcel -comentó Harry-, pero si salgo a la calle me puedo dar por muerto.

– Te protegerán -replicó Torres-, mientras tú les des algo a cambio. ¿Qué más quieres que te diga? Así son las cosas.

Después de la audiencia preliminar Harry volvió a la cárcel del condado de Dade, donde según su abogado podía estar unas seis semanas, hasta que se presentara la acusación. El lunes, tres días más tarde, una mujer de Fianzas ABC apareció en la cárcel acompañada por Joyce Patton y le dejaron en libertad tras depositar la fianza de ciento cincuenta mil dólares.

Éstos no los había pagado Joyce, qué va. En realidad Harry no conocía a nadie dispuesto a pagar el diez por ciento de esa cantidad, quince billetes en efectivo, y depositar el aval para el resto; el total que se perdería si no se presentaba el día del juicio.

– Por favor no me lo diga -dijo Harry-. Jimmy Cap puso el dinero. ¿No es así?

– ¿Qué me dice de su esposa en Palos Heights, Illinois? -replicó la mujer de Fianzas ABC.

Joyce era todo oídos.

– Mi ex -corrigió Harry-. ¿Me está diciendo que viajó hasta aquí y le dio un cheque por quince de los grandes? El día que monté mi propio negocio, dejó de cocinar, se negó a entrar en la cocina hasta que yo consiguiera un empleo de verdad. Cenamos fuera cada noche durante los nueve años siguientes. Cuando no aguanté más vivir de esa manera le di la casa, un chalé de cuatro dormitorios estilo Tudor en Palos Heights, en las afueras de Chicago, y me volví aquí.

– Todavía cenas fuera cada noche -señaló Joyce.

Buscaba pelea porque él había estado casado y no se lo había dicho.

La mujer de Fianzas ABC, rubia, de unos treinta y cinco años y que no estaba mal para ser alguien metido en ese negocio, le informó de que un hombre que se hacía llamar Tomasino Bitonti le había dado el cheque y el aval de la propiedad de Palos Heights, firmado por Teresa Ianello, que usaba otra vez el apellido de soltera.

Ahora estaba claro. Jimmy Cap le quería en la calle. Nunca habría utilizado su propio dinero, por lo tanto debía de haber enviado al Zip a intimidar a Teresa y conseguir que ella depositara la fianza. A Harry le preocupaba una cosa, ¿cómo sabía Jimmy que él tenía una ex esposa allí? Probablemente tuvieran información sobre él; sabían que era de Miami, que trabajó en el Beach en los cincuenta, se casó y se marchó a Chicago, la ciudad de Teresa, después de la investigación criminal de Kefauver en Miami. Debían de saber que volvió en el 71, sin Teresa, y que montó su negocio de apuestas, porque fue entonces cuando entraron en tratos con él.

Se lo explicó todo a Joyce mientras regresaban a la playa por la autovía MacArthur: le habló a grandes rasgos de su pasado y se interrumpió a sí mismo para decir: «No, no pueden condenarme.»

– No podré hablar con nadie en la cárcel. No tengo nada en común con ninguno de los que están allí.

– No lo entiendo -dijo Joyce-, si no has hecho nada legal en toda tu vida.

Todavía estaba enfadada por el descubrimiento de que él había tenido una esposa. Cuando llegaron al apartamento de Harry, Joyce le interrogó abiertamente sobre su ex; en qué lugar la había conocido: en el Roney Plaza, donde Teresa pasaba el invierno; cuánto tiempo habían estado casados: diez años; cómo era: una lagarta. Harry quiso saber qué importancia tenía todo esto. No habían tenido hijos y aquella parte de su vida pertenecía al pasado.

Por primera vez en más de veinte años llamó a la casa de Palos Heights y le dijo a Teresa en tono cortés:

– Te agradezco que hayas depositado la fianza. Te enviaré un cheque por los quince mil en cuanto mueva un poco de pasta. Espero sinceramente no haberte causado ningún trastorno.

Teresa Ianello respondió con una voz tan fuerte que Joyce alcanzó a oírla.

– Maldito cabrón, hijo de puta, enviaste a un gorila para que me amenazara. ¿Sabes lo que te pasaría si papá estuviera vivo? Cada noche rezo para que te encierren y tiren la llave.

– Ha sido un placer hablar contigo, Teresie -dijo Harry, y colgó. Le comentó a Joyce-: ¿Crees que podía vivir con una mujer así? Tiene una mala leche impresionante. Podría dar un curso de «cómo hinchar las pelotas» a mujeres que, por una razón u otra, no tengan el don natural de hacerlo. Toda su vida creyó que su papá estaba en el negocio de los pimientos; tuve que pedirle permiso a él para divorciarme. ¿Y sabes lo que me dijo?: «Diez años, joder, tienes mucha más paciencia de la que yo hubiera tenido.»

4

El teléfono de Harry sonó todo el lunes y el martes. Amigos y apostadores le llamaban para preguntarle sobre lo que habían oído o leído en el periódico, interesándose por si estaba bien, y por si continuaba en el negocio. Una noticia breve en el Miami Herald decía:

residente de south beach

inculpado en un tiroteo mortal

Estaba en la página tres, semi escondida. ¿Eso era lo único que era, un residente? ¿Por qué no una figura conocida de South Beach, o una personalidad? No, sólo un vulgar residente. Les dijo a los amigos y a los apostadores que todo era un error y que las cosas no tardarían en aclararse. Cuando le llamaron los corredores y los planilleros les dijo que retuvieran los totales durante un par de días y que él les llamaría.

El Zip llamó a última hora de la tarde del martes. Harry no estaba preparado para ello. Oyó cómo el Zip le decía:

– ¿Qué te pasa, Harry, ahora vas por ahí matando gente? ¿Sabes a quién te has cargado? A Earl, era el guía de pesca favorito de Jimmy cuando iba al lago. Llama a Jimmy, dile que lo lamentas… ¿Harry?

Él no sabía qué hacer. No podía seguir con el juego, fingir que no sabía quién había enviado al tipo; nada menos que Earl Crowe. Así que colgó.

No tuvo tiempo de pensar. Cuando volvió a sonar el teléfono Harry lo cogió y el Zip le dijo:

– ¿Me has colgado?

– Se cortó la comunicación.

Se produjo un silencio hasta que el Zip añadió:

– ¿Hay algún motivo por el que no podamos hablar?

– ¿Quieres saber si me tienen pinchado y alguien nos escucha? ¿Tú que crees?

– Hay un tipo sentado en tu vestíbulo -dijo el Zip-. Me pregunto si no será amigo tuyo, alguien que te busca.

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