Mis cosas de aseo. ¿Qué más?
Caray, los dos pasaportes.
Alguien llamó a la puerta. En la sala.
Harry dio un bote, recordando al mismo tiempo que no había cogido el arma, el arma que había usado para matar al desertor cuarenta y siete años atrás y que se había traído a casa como recuerdo. Una pistola Colt 45 del ejército, envuelta en una toalla, en el estante del armario, sin cargar. Y el Zip en la puerta. Harry estaba seguro.
Un tipo negro que llevaba una guayabera floreada en azul y amarillo entró primero, Tommy Bucks iba detrás, vestido con un traje cruzado de seda, camisa blanca que resaltaba contra su piel morena y una corbata de tonos marrones. Harry se hizo a un lado para dejarles pasar, sin que el tipo negro dejara de mirarle directamente a la cara mientras entraba. El Zip puso la mano sobre el hombro del negro y le empujó diciendo:
– Éste es Kennet.
– Kenneth -le corrigió el otro.
El Zip examinó la habitación.
– Es como te dije, Kennet. -Encendió una lámpara y se acercó a una pared llena de fotos en blanco y negro-. Kennet, ¿quién es este tipo? ¿Me lo puedes decir?
– Sí, éste es el tipo -contestó Kenneth, mirando a Harry-. Aposté cinco de dos mil a los Saints y a los Houston Oilers y le pagué el lunes, once billetes con la comisión, delante de este hotel. Un amigo que estaba conmigo es testigo de ello.
– No me habías visto en tu vida hasta que entraste en esta habitación -le dijo Harry a Kenneth, y miró al Zip-. Pregúntale a Jimmy si alguna vez acepto pagos en el exterior. Mis jugadores saben dónde encontrarme, y no es en la puñetera calle. -Lo repitió-. Pregúntaselo a Jimmy -dijo mirando al Zip que observaba atentamente una foto.
– ¿Qué es esto? -preguntó el Zip.
– El dueño del hotel vivía en este apartamento -contestó Harry acercándose a él-. Fue fotógrafo una temporada. -Harry miró la foto-. Esto es una cadena de presos en Georgia, en los años treinta. Ya sabes, convictos. -El Zip asintió-. Aquella otra es una destilería, de la misma época. Recogían la trementina en esos cubos y después la hervían. El gobierno le encargó al viejo que sacara esas fotos durante la Depresión. -Quizás el Zip sabía de qué le estaba hablando, quizá no. Harry se mostraba relajado-. El viejo se llamaba Maurice Zola. Yo le conocí. Se casó con una mujer mucho menor que él que entonces era actriz de cine, no recuerdo su nombre. Su foto apareció en el periódico cuando se inauguró el edificio de apartamentos. El viejo murió al año de casarse, la actriz le vendió el hotel a Jimmy Cap y se largó. Entonces Jimmy se deshizo de todas las viejas que vivían aquí y trajo a un montón de putas. Durante un tiempo esto parecía una residencia femenina. -Harry rió con una alegría fingida-. Por todas partes había tías en pelotas. Ahora sólo quedan unas pocas. -Relajado, hablaba por hablar, de manera que todo quedara entre ellos dos, como si fueran del mismo bando.
– Estábamos en la calle cuando le pagué -dijo Kenneth-. Vi al tipo en Wolfie’s el sábado, hice las apuestas y le pagué el lunes. En el parque que hay enfrente.
– ¿Qué es esto? -volvió a preguntar el Zip.
– ¿Has oído a este tipo? -dijo Harry-. Jamás apostó conmigo en toda su puñetera vida. Te puedo decir el nombre de todos los negros que conozco que son jugadores y, créeme, este imbécil no es uno de ellos. -Miró la foto que pensaba que miraba el Zip-. ¿Eso? Es un elefante en la playa, lo utilizaban para una promoción de no sé qué.
– Reconozco a un elefante cuando lo veo -dijo el Zip volviendo la cabeza para mirar a Harry, que estaba a su lado-. Esa foto no, esta otra.
Visto de cerca era todo nariz: ésta dominaba su rostro moreno; parecía más joven de lo que Harry pensaba, cuarenta recién cumplidos, sus ojos parecían soñadores porque los tenía entornados, y los gruesos párpados le daban una apariencia de tipo duro.
– Son jamaicanos cavando zanjas en una plantación de azúcar.
– ¿Y ésta?
– Indios seminolas, o miccosukees, no estoy seguro. Si vas a Tamiami, los verás. Te pasean en lanchas.
El Zip entró en el dormitorio.
– Ahí no hay fotos -dijo Harry. Se volvió hacia Kenneth, que estaba junto a la ventana-. ¿Te das cuenta de lo que me haces? Conseguirás que me maten.
– No haber cogido el dinero -contestó Kenneth por encima del hombro-. Tío, no te puedo ayudar. -Miró otra vez a través de la ventana.
El Zip salió del dormitorio, pasó la mano sobre el suave respaldo de vinilo del sillón colocado delante del televisor.
– Pregúntale a este tipo por qué me acusa -dijo Harry, mirando cómo el Zip se acomodaba en el sillón reclinable y comenzaba a mover el reposapie, subiéndolo y bajándolo.
– Me gusta este sillón, es cojonudo para ver la tele.
– En mi casa tengo dos como ésos -dijo Kenneth.
– Maldita sea -le dijo Harry al Zip, conteniéndose, sin alzar demasiado la voz-, pregúntale por el trato que tiene con los federales. ¿Sabes a lo que me refiero? ¿Lo que está haciendo?
– Déjame preguntarte una cosa -replicó el Zip-. ¿Por qué tienes esas maletas llenas de ropa en el armario? ¿Vas a alguna parte?
Era inútil hablar con él. El Zip decidió que era hora de irse y se acabó. Harry quería decirle: «Mira, los dos estamos del mismo lado, si se trata de creer a este negro o a mí. Llevo doce años con Jimmy Cap y estuve otros diez con el tipo que había antes.» Pero en cuanto el Zip se levantó del sillón…
Harry incluso pensó en mencionarle Italia, otra cosa que tenían en común. Decirle al Zip que había estado allí catorce meses durante la Segunda Guerra Mundial y que le encantaba. Preguntarle si alguna vez había visitado Montecatini, cerca de Pisa, donde había pasado un mes a lo grande bebiendo, follando, en el momento que se disolvió la segunda división acorazada y a su compañía la mandaron a un batallón de infantería organizado sobre la marcha, el 473. Contarle al Zip sus aventuras en la guerra, cómo había matado al desertor, un negro del 92, el batallón de color. Contárselo delante de Kenneth: cómo se había equivocado con el tipo, pensado que el desertor era un soldado que la había jodido, que se había largado sin permiso, nada más, y que pasaría algún tiempo en prisión realizando trabajos forzados en el Centro de Entrenamiento Disciplinario hasta que fuera enviado de vuelta a su compañía. Los dos pertenecían al mismo bando, por eso no se lo podía creer cuando el tipo cogió el fusil e intentó matarlo. Estaban los dos en el pasillo, cerca, mirándose las caras mientras el tipo levantaba el fusil para golpearle. Harry tuvo tiempo de usar la pistola que le había dado el teniente. Había reventado al desertor, lo había matado, y no descubrió hasta más tarde que el desertor no tenía nada que perder, que había violado y asesinado a una mujer italiana y que sería juzgado por una corte marcial que seguramente lo condenaría a muerte. Quería preguntarle al Zip si había estado alguna vez donde ahorcaban a los prisioneros, Aversa o algo así.
Preguntarle… ¿Qué más? No tuvo tiempo para decir nada, para saber cuál era su situación, pues en cuanto el Zip se levantó del sillón le hizo una seña a Kenneth para que saliera con él y le empujó fuera del cuarto. La única cosa que Harry tenía clara era que al Zip el sillón le parecía perfecto para ver la tele.
Planeas algo durante cuarenta y siete años y de pronto no te queda tiempo. Tenía que hacerlo ahora, en este momento, o quizá ya nunca tuviera la oportunidad.
Sacó la pistola del estante del armario, la limpió, la desmontó, la volvió a montar sin dificultad y la cargó. Harry sopesó el arma: un kilo y medio de metal; se la metió en la cintura de los pantalones y caminó por la habitación para acostumbrarse a ella. Llamó a Joyce.
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