Elmore Leonard - Pronto

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Un buen día, los apostadores empezarían a preguntarse ¿Qué se habrá hecho de Harry Arno?, y se darían cuenta de que no sabían nada de él.
"Desaparecería, empezaría una nueva vida. Basta de presión. Basta de trabajar para gente a la que no respetaba. Una copita de vez en cuando. Tal vez incluso un cigarrillo al atardecer, contemplando la puesta de sol en la bahía. Joyce estaría con él. Bueno, a lo mejor. Como si no hubiera bastantes mujeres en el lugar al que se dirijía. Tal vez sería mejor que partiera él primero y se instalara. Luego, si le apetecía, ya la llamaría. Estaba esperando. Tenía dos pasaportes con nombres distintos por si acaso. Todo estaba claro; ningún problema.
Hasta aquella tarde en que Buck Torres le dijo que estaba metido en un buen follón".

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– Tengo que hablar contigo.

– ¿Qué pasa?

– ¿No puedes venir?

– Dentro de una hora. Me acabo de lavar la cabeza.

– Tengo que hablar contigo ahora.

– Entonces ven tú.

Tuvo que pensarlo.

– ¿Harry?

– Está bien. Espérame.

– Harry, ¿qué pasa?

Colgó.

Era un paseo de menos de quince minutos hasta el apartamento de Joyce en Meridian, a cinco manzanas de la playa. Sin embargo, esta noche Harry pensó que debía ir en coche, en lugar de caminar por esas calles. Tenía el coche en un aparcamiento de la Trece, detrás del hotel; debería hacer algo con su Eldorado del 84 antes de marcharse. ¿Cedérselo a Joyce? No le iba tan mal como modelo de catálogos, pero era un trabajo de temporada y entre sesiones tenía que trabajar de camarera. En un catálogo aparecía como una joven ama de casa en prendas deportivas; en otro, como una frívola en ropa interior transparente, liguero, y con el pelo rizado. Harry abría los catálogos pensando: «A ver, ¿a cuál de todas estas modelos te tirarías?» Le dijo a Joyce, en broma, que adivinara a cuál escogía nueve de cada diez veces. Se lo dijo pensando que ella diría que él era un encanto, pero lo único que hizo fue mirarle de una manera extraña.

Harry casi siempre salía por la puerta de servicio del hotel que daba al callejón, pues el aparcamiento estaba allí mismo, pero esa noche salió por la puerta principal atravesando las hileras de sillas metálicas hasta alcanzar Ocean Drive, y miró a los dos lados, tomándose su tiempo y observando que había mucha gente en Cardozo para ser un jueves por la noche: todas las mesas de la terraza estaban ocupadas. (Jimmy Cap le había hablado de abrir un café-bar en Della Robbia, donde antes había uno, pero nunca acababa de decidirse. A Harry le daba lo mismo.) Dobló la esquina y caminó rodeando el hotel hasta el aparcamiento, que era pequeño, con dos hileras de coches apretujados, un espacio abierto en el medio, y una farola en el fondo. Harry se detuvo en el callejón, sacó la pistola, corrió el cerrojo y volvió a metérsela en la cintura, quedando oculta bajo su americana. Su coche estaba de este lado, el tercero de la hilera. Se acercó al maletero del Eldorado blanco. El encargado del aparcamiento le había dicho a Harry que le compraría el coche cuando quisiera, pero de noche no estaba.

Él no, pero había alguien. Una figura se acercaba por el espacio abierto entre las hileras de coches. Una silueta oscura venía hacia él. No era el encargado, que era más bien bajito; éste era un tipo alto, de más de un metro ochenta. Harry hubiera querido verle cruzar el aparcamiento hacia Ocean Drive, pero de repente, el desconocido dijo:

– ¿Es ése su coche?

Estaba a unos diez metros.

– ¿Cuál, éste?

– Sí, ¿es suyo?

Harry permaneció junto al Eldorado, al lado del guardabarros trasero de la derecha, mirando por encima del maletero al tipo que se acercaba. Notó el bulto que hacía su pistola contra el estómago y contestó:

– ¿Por qué quiere saber de quién es?

– Quiero estar seguro de que usted es el que busco. -Añadió-: ¿Se llama Harry?

Mientras el tipo hablaba, Harry se dijo a sí mismo que debía sacar la pistola enseguida, viendo que el otro se acercaba de la misma manera que aquel desertor se acercó a él con el fusil. Aquél no había dicho nada.

Éste sí. Dijo:

– ¿Qué está haciendo, mear? ¿Tiene las manos ocupadas? Tengo algo para usted, Harry -añadió, metiendo la mano derecha en la chaqueta-, de parte de Jimmy Cap.

Harry empuñó la pistola con las dos manos y apuntó. Vio que el tipo se detenía y levantaba la mano que no estaba oculta por la chaqueta. Parecía que iba a decir algo y quizá lo hizo, pero con el ruido Harry no le oyó. Disparó tres veces contra él con su pistola de la guerra y vio cómo éste salía despedido hacia atrás, lanzando al aire una escopeta de cañones recortados que chocó contra el maletero de un coche y cayó al suelo.

Harry se acercó para mirar al tipo. Era blanco, cincuentón, con una gorra de mecánico aún en la cabeza, una chaqueta vieja sobre el mono y calzado de trabajo. Un palurdo de los pantanos. Tenía los ojos abiertos y la dentadura postiza le asomaba entre los labios: era lo más limpio de ese tipo a la luz de la farola. Harry no le tocó ni tampoco tocó la escopeta caída en el suelo. Regresó a su apartamento y llamó a Buck Torres a la jefatura de Miami Beach.

No estaba. Harry dijo que era urgente, que el sargento Torres le llamara de inmediato. Mientras esperaba, sintió más ganas que nunca de tomarse una copa, pero se contuvo. Pensó llamar a Joyce pero tampoco lo hizo. Por fin llamó Torres, que no parecía estar de muy buen humor. Harry dijo:

– Acabo de matar a un tipo. ¿Y ahora qué hago?

Hablaron durante unos minutos y Torres le dijo que no se moviera y que no hiciera nada estúpido.

– ¿Como qué?

– Sólo que no hagas nada estúpido.

– ¿Por qué crees que te llamo? ¿Si fuera a cometer una estupidez te habría llamado?

Colgó y llamó a Joyce.

– No -dijo ella-. Tú no… ¿Lo hiciste? Te estás quedando conmigo y no tiene ninguna gracia.

Cuando oyó las sirenas de los coches patrulla, Joyce ya parecía creerle; le preguntó qué pensaba hacer y si podía ayudarle en algo. Harry le contestó que no se preocupara, que no había ningún problema.

Él todavía no pensaba en el futuro. Seguía pensando en lo ocurrido y se sentía eufórico por la forma en que había reaccionado y por no haber sido presa del pánico. Se había acordado de coger aire, retenerlo y soltar un poco; había sabido apretar el gatillo, y hacer blanco las tres veces que había disparado. Al pensar en el futuro imaginó a Torres y a otros detectives en el lugar del crimen, asintiendo con la cabeza y comentando entre ellos el modo en que había resuelto la situación. «Tío, no te metas con Harry Arno. Se cargó al tipo antes de que pudiera disparar.» Estudiarían lo ocurrido y después hablarían con él pidiéndole que explicara todo el suceso y quizá que firmase una declaración. También le dirían que no se fuera, por si tuvieran que hacerle más preguntas. Y después, ¿qué?

3

Después de hablar con ellos durante dos horas pasó el resto de la noche en una celda de la comisaría. A la mañana siguiente Harry les dijo a los detectives del departamento de Delitos contra las Personas que costaba lo mismo hacer los huevos como Dios manda, que freírlos hasta que estuvieran tiesos como suelas de zapato. Uno de ellos le contestó que los huevos eran del bar cubano de la esquina, que llamara allí si tenía alguna queja.

Harry no podía creer cómo le estaba tratando esa gente.

Le trasladaron a la cárcel del condado de Dade y le tomaron las huellas. Esa misma tarde, en su primera aparición ante el juez, se declaró inocente, y después se enteró de que le habían acusado de asesinato en segundo grado y de que fijaban su fianza en ciento cincuenta mil dólares. No se lo podía creer. Le dijo a su abogado:

– Comprendo que sólo fuera una audiencia preliminar, pero ¿por qué no mencionó que el tipo tenía una escopeta?

Su abogado, en realidad el hijo del abogado que representaba a Harry cuando tenía problemas legales pero estaba fuera de la ciudad, replicó:

– ¿Qué escopeta?

– La que iba a utilizar para matarme. ¿Es que nadie lo entiende?

El joven abogado movió la cabeza.

– No se menciona ninguna escopeta en el informe de la policía.

– ¿La buscaron? ¿Piensa que maté a un tipo al que nunca había visto en toda mi vida porque sí? ¿O es que piensa que le estaba atracando?

La víctima era Earl Crowe, de cincuenta y tres años; de los Glades, como pensaba Harry; Clewiston, junto al lago Okeechobee.

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