Matthew Pearl - El Último Dickens

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Un apasionante y vertiginoso thriller que reabre uno de los más grandes enigmas literarios de la historia. ¿Qué ocurrió con la novela inconclusa de Charles Dickens? ¿Hubo alguna relación entre la repentina muerte del escritor más admirado en vida, y esta misteriosa obra cuya sola mención deja un rastro de cadáveres en tres continentes?
Una brillante y adictiva trama que mezcla el tráfico del opio y la literatura, el efervescente Boston de fines del siglo XIX, el Londres victoriano y la India colonial.
Dejará sin aliento a la cada vez mayor legión de seguidores del maestro de la novela histórica de intriga, y atrapará desde la primera página a los nuevos lectores.
«Matthew Pearl es la nueva estrella deslumbrante de la ficción literaria. Un autor superdotado.» DAN BROWN
«Brillante y erudito.» The New York Times
«Irresistible… Admirable.» The Observer

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El joven editor subió al asiento de atrás del carruaje junto al policía, quien ordenó a su conductor que se dirigiera al depósito de cadáveres.

Era imposible no sentirse invadido por un intenso recelo al entrar en las dependencias de la oficina de investigación criminal de Boston. Nada más llegar, el agente condujo a Osgood a través de una antecámara con poca ventilación y una pequeña ventana polvorienta. Subieron una estrecha escalera hasta una habitación oscura del piso superior y el agente encendió una lámpara y bajó la mirada impaciente, como si ahora le tocara a Osgood señalar el camino.

– Me temo que no tenemos todo el día, señor Osgood.

Entonces se dio cuenta. El agente Carlton no se miraba los zapatos, sino el suelo.

Osgood trastabilló inseguro, como si fuera a caerse, porque el suelo bajo sus pies era todo de cristal. Bajo él había una diminuta habitación, de unos seis metros cuadrados, con cuatro mesas de piedra. Encima de una, una mujer con la piel ajada y oscurecida por el cólera. Otra mostraba a un anciano con un lado de la cara quemado, y la tercera, el cuerpo hinchado de un ahogado. Junto a cada mesa había un gancho del que colgaba la ropa que llevaba el difunto cuando lo encontraron. Sobre cada cuerpo corría un suave reguero de agua que salía de una serie de espitas.

– Es nuevo. Aquí es donde se conservan los cadáveres que no se han identificado para su reconocimiento, al menos durante cuarenta y ocho horas, antes de mandarlos a la fosa común si nadie los reclama -explicó Carlton-. El agua los mantiene frescos.

Sobre la cuarta mesa. El cuerpo estaba cubierto desde el cuello con una sábana blanca. Un reconocible traje grueso que colgaba del gancho a su lado tenía arrancada la manga izquierda. Osgood se quitó el sombrero y lo apretó junto a su corazón cuando vio los ojos sin expresión que le devolvían la mirada sin parpadear.

– ¿O sea que conoce al joven? -preguntó el agente Carlton ante la reacción del editor.

Estaba tan deformado por la muerte que Osgood tuvo que esforzarse para reconocerlo. Venciendo el nudo que se le había formado en la garganta y levantando la mirada hacia el policía con los ojos nublados, Osgood se arrodilló sobre una pierna y tocó el frío cristal del suelo.

– Es uno de mis empleados. Se llama Daniel: es auxiliar administrativo en nuestra empresa. Y tiene diecisiete años.

Osgood no sabía cómo mantener su aplomo habitual. Había sido él quien contratara a Daniel como aprendiz tres años antes. Estaba decidido a darle una oportunidad a pesar de sus circunstancias adversas. Daniel no tardó en demostrar que era sincero y trabajador, y durante más de dos semanas, el período de prueba habitual. Había ascendido al puesto de auxiliar y hasta el señor Fields pronto empezó a llamarle Daniel (en vez de ése, forma apocopada de «ese pobre paleto que te has empeñado en contratar»).

– ¿Qué pasó? -preguntó Osgood al agente de policía cuando pudo recuperar el habla.

– Le atropelló un ómnibus en Dock Square.

– ¿Llevaba algo con él? -preguntó Osgood en un intento de encajar las piezas, de encontrar el sentido a todo aquello. Arrodillado, Osgood estaba tan cerca del cristal que el reflejo de su propia cara se superponía a la figura sin vida de su empleado.

– No, no llevaba nada con él. Le relacionamos con ustedes gracias a que uno de nuestros agentes de patrulla recordaba haberle visto entrar y salir de su edificio. ¿Sabe usted adónde se dirigía hoy?

– Sí, por supuesto. Tenía que recoger unos documentos importantes en el puerto y llevarlos a nuestras oficinas -Osgood titubeó, pero recordó que estaba hablando con un policía, no con un editor rival-. Eran unas páginas de los próximos episodios de El misterio de Edwin Drood que nos enviaban de Londres.

La novela de Dickens se había publicado en episodios por entregas al principio de cada mes. Como pasaba con otras novelas, la publicación periódica sumaba gradualmente lectores que, a su vez, recomendaban la historia a amigos y familiares que no la habían leído. El formato por entregas hacía que los lectores se sintieran presentes en el momento en que la historia evolucionaba, como si fueran algunos de sus personajes. Tras la publicación de la última entrega, se publicaba la novela entera en forma de libro.

– ¡Un momento! -dijo el agente-. ¡He seguido en las revistas las aventuras del joven señor Drood (aunque tal vez debería decir desventuras) con gran interés! Supongo que éste no es el mejor momento para preguntarlo. Pero le suplico que me lo cuente, señor Osgood, ¿sabe usted cómo terminarán las cosas para Eddie Drood ahora que el señor Dickens ha muerto?

En realidad, aquella misma pregunta había consumido la mente de Osgood más de lo que el policía podía suponer: cómo acabará todo una vez muerto Dickens, y todavía no tenía respuesta. Y menos ahora, con el pobre Daniel inmóvil y destrozado encima de una fría losa. La figura ondulaba de manera extraña por efecto de la corriente de agua, como si aún pudiera despertar.

– Daniel nunca me falló en el cumplimiento de sus deberes -dijo Osgood-. ¡Perder la vida en un accidente tan absurdo!

– Señor Osgood, esto no ha sido un simple accidente -dijo Carlton acompañando la frase de un largo suspiro.

– ¿Qué quiere decir?

Carlton condujo a Osgood escaleras abajo y entraron en el recinto de los cadáveres desconocidos. La sensación dentro de la exigua estancia con techo de cristal era completamente diferente a la experimentada en el espacio de observación superior; era la misma diferencia que hay entre contemplar un animal salvaje y peligroso desde el otro lado de los barrotes y entrar en la jaula. El suelo era de mármol blanco y negro y estaba frío por la acción del agua corriente. De cerca, el estómago del joven empleado estaba horriblemente hinchado bajo la sábana.

Carlton explicó:

– Su empleado parece haber olvidado las responsabilidades que usted le asignó para entregarse a una serie de sustancias. Antes de su muerte tenía los sentidos profundamente alterados y vagaba sin rumbo por las calles, según cuentan los testigos que hemos interrogado. Me temo que el último acto del joven ha sido fallarle a usted.

Osgood sabía que tenía que contener su furia, pero no pudo.

– Agente, le sugiero que mida sus palabras. ¡Está usted difamando a un difunto!

– ¡Ja! -espetó el viejo forense, el señor Charles Barnicoat, apareciendo por un recodo e inclinando su rostro sudoroso y sus patillas sobre el cuerpo-. El agente Carlton no dice más que la verdad, no sabría decir otra cosa.

Conozco a Daniel -insistió Osgood.

– La espina dorsal curvada como una interrogación, ¿ve? -dijo el forense con un cabeceo fehaciente-. Típico del consumidor habitual de opio.

– ¡Le atropelló un ómnibus! -gritó Osgood.

Barnicoat giró con fuerza el brazo del empleado. En aquel lugar la piel había adquirido un horrible tono azul.

– ¿Necesita algo más? -preguntó.

La visión que revelaban los dedos de Barnicoat calló a Osgood de inmediato. En el brazo se apreciaban varios agujeros pequeños.

– ¿Qué es eso? -inquirió el editor.

Barnicoat se humedeció los labios.

– Son las marcas de un nuevo sistema de aplicación de medicamentos llamado «aguja hipodérmica». Lo utilizaban los médicos en la guerra. Hace las funciones de una lanceta, pero la dosis puede ser medida con precisión. Ahora la utilizan los médicos para inyectar ciertas medicinas potentes directamente en el tejido celular a través de la piel. Pero los consumidores de opio habituados a esta droga utilizan este utensilio sin el consentimiento de los médicos, como debió de hacerlo su joven empleado según parece. Algunos incluso se clavan las agujas directamente en las venas, ¡algo que los médicos nunca consentirían! «Éxtasis portátil», llaman los jóvenes a esa droga.

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