Matthew Pearl - El Último Dickens

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Un apasionante y vertiginoso thriller que reabre uno de los más grandes enigmas literarios de la historia. ¿Qué ocurrió con la novela inconclusa de Charles Dickens? ¿Hubo alguna relación entre la repentina muerte del escritor más admirado en vida, y esta misteriosa obra cuya sola mención deja un rastro de cadáveres en tres continentes?
Una brillante y adictiva trama que mezcla el tráfico del opio y la literatura, el efervescente Boston de fines del siglo XIX, el Londres victoriano y la India colonial.
Dejará sin aliento a la cada vez mayor legión de seguidores del maestro de la novela histórica de intriga, y atrapará desde la primera página a los nuevos lectores.
«Matthew Pearl es la nueva estrella deslumbrante de la ficción literaria. Un autor superdotado.» DAN BROWN
«Brillante y erudito.» The New York Times
«Irresistible… Admirable.» The Observer

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Un alarido inhumano combinado con un horrible chasquido.

El extraño del ídolo dorado, jadeando desde lo más hondo de su garganta, se bajó el sombrero redondeado sobre los ojos para protegerlos de las nubes de polvo mientras se subía a la acera. Durante un instante no pudo localizar al joven, pero luego vio lo que había pasado. Cuando una multitud de personas se arremolinó, demasiada gente , el observador se alejó lentamente, como si nada de aquello le interesara.

El oscuro desconocido no era el único que andaba de cacería entre el vibrante tráfico que aquella mañana poblaba los muelles. Había otros dos o tres, por el momento, entre el enjambre de trabajadores, ratas de embarcadero y juerguistas ociosos. Eran rostros familiares en los muelles, que muchas mañanas salían antes que los estibadores. Y eran conocidos sobre todo los unos para los otros, a pesar de que, por extraño que pareciera, no se conocían los nombres.

Al menos no sus nombres propios. Estaba Melaza, al que llamaban así sarcásticamente por su paso siempre acelerado. Esquire era un caballero de color, antiguo cochero, que enseñaba esgrima y baile en los barrios negros. Kitten era una de las mujeres de aquella pandilla selecta y mugrienta que podría con sus encantos quitarle de las manos la bebida a Whiskey Bill, otro de sus rivales.

Hoy era Melaza, con su pañuelo negro al cuello y una chaqueta de piel de melocotón, quien estaba a un paso de alcanzar la dulce victoria. ¡Victoria! Durante la guerra de Secesión Melaza había sido un buscavidas profesional al que pagaban para que ocupara en el Ejército el puesto de los jóvenes ricos que no querían alistarse. Utilizando diferentes alias para hacerse con el dinero y desapareciendo rápidamente de los regimientos, los polvorientos días de la guerra habían ayudado a Melaza a ganar cinco mil dólares en dos años y medio. Entonces adquirió la costumbre de teñirse el pelo y la barba de colores que nadie había visto nunca crecer naturalmente en hombre alguno. Además, la barba era demasiado larga. Había jurado no afeitarse hasta que un demócrata fuera presidente y dejara fuera de juego a los tramposos de los republicanos.

Y allí, delante de los ojos de Melaza, se ocultaba lo que deseaba. Un cable desde Filadelfia le había ordenado que recuperara el tesoro a cambio de una generosa re compensa. Apostado en una de las lonjas de pescado del muelle con su largo catalejo, había visto cómo lo escondía el joven del traje a primera hora de la mañana. Ahora sería suyo.

Un vigilante del muelle estaba levantando un barril abandonado.

– Perdone -dijo Melaza acercándose y quitándose la gorra de mezclilla de la cabeza a modo de atento saludo-. Yo me ocuparé de eso, señor.

– ¿Quién eres tú? -preguntó el aludido con un fuerte acento alemán-. Aléjate de mis barriles, rata de embarcadero.

Melaza le dio una patada al barril con su bota desabrochada. Para su consternación, de él no salieron más que raspas de pescado. No podía creerlo. Se agachó y hurgó entre los desperdicios. Cuando levantó la mirada vio a Esquire de pie junto a él, riendo alegremente entre dientes.

– ¡Esquire, canalla impenitente! ¿Dónde están?

– ¡No están ahí! Tranquilo, Melaza. Yo tampoco he encontrado los papeles. Tú no los tienes, yo no los tengo y he visto a Kitten (creo que hoy está trabajando para C.) en un viejo remolcador con una cara como si le hubieran dado en la espalda mientras se comía una barra de mantequilla. Bueno, supongo que lo más probable es que hayan desaparecido del todo y los tenga ya su legítimo dueño. Mala suerte.

Al vigilante alemán se le puso la cara colorada.

– Si no os vais de mi muelle haré venir a la policía.

Melaza se puso a darle patadas violentamente al barril hasta que quedó hecho trizas. Luego amenazó a gritos al vigilante en perfecto alemán. Esta vez, el vigilante se retiró.

– ¿Whiskey Bill? ¿Ha sido él? -preguntó Melaza volviéndose hacia Esquire.

– No, Melaza -respondió éste grandilocuente, encaramándose encima de un banco con las piernas colgando y la mirada en el mar-. A Bill no le han asignado esta misión.

Una brisa ligera soplaba por la bahía y el fuerte sol iluminaba los barcos de vela. A lo lejos se oía el lejano rugido del tráfico, los gritos de los cocheros y los latigazos que daban a los caballos en Quincy Market.

Melaza, que se limpiaba las manos malolientes en la chaqueta y el pantalón, de repente hizo una pausa.

– Había un tipo extraño que seguía al chico: piel oscura, muy delgado, con un turbante en la cabeza. ¿Crees que uno de los peces gordos le habrá encargado que consiga el botín también, Esquire?

– Ah, le he visto antes -respondió éste misteriosamente-. ¿Con los ojos grandes y negros, como si estuvieran vacíos, y la boca parecida a la de una calavera? No, ése no es de los nuestros, Melaza, de eso estoy seguro. No es alguien que se pierda por un puñado de monedas.

Casi al mismo tiempo, el ómnibus conocido como Alice Gray se detenía traqueteando en medio de Dock Square. El conductor y los pasajeros desmontaron para ver de dónde procedía el ruido, aquel largo y escalofriante crujido que todos habían oído salir de debajo del vehículo un momento antes.

– ¡Dios santo!

– ¡Vaya, seguramente le ha arrastrado!

– ¡Totalmente aplastado!

– Aleje a las mujeres de aquí, ¿quiere hacer el favor?

Bajo la rueda trasera, un joven pálido con el traje de lana desgarrado. La primera rueda le había pasado por encima del cuello y la siguiente por la pierna, casi cercenándosela por debajo de la rodilla.

Uno de los caballeros que se apearon del vehículo fue el primero en llegar al cuerpo. La cabeza del joven se estremecía levemente. Sus pupilas se contraían y abría la boca.

– ¡Está vivo! -gritó alguien-. ¿Hay algún médico?

– Yo soy abogado -dijo el caballero como si quisiera superar la pregunta respondiendo a otra-. ¡Sylvanus Bendall, letrado!

El moribundo alargó la mano para asir el cuello del abogado con sorprendente insistencia, mientras su boca formaba una palabra y luego otra. Bendall escuchó escrupulosamente hasta que las fuerzas parecieron abandonar al muchacho y dejó de hablar.

Tras unos instantes de sobrio reconocimiento más propio de un médico de verdad, el hombre arrodillado que decía llamarse Bendall se quitó el sombrero para comunicar la muerte del joven. Un caballero alto señaló al manojo de papeles que llevaba el difunto en la mano.

– ¿Qué tiene ahí? ¿Su testamento? -y rió entre dientes de su propio chiste morboso.

– ¡Bah! -dijo el abogado Bendall muy serio. Soltó el cordel, sacó una de las hojas y se llevó el monóculo a la cara para examinarla-. ¡He visto muchos testamentos en mi vida y esto no lo es, señor! Los testamentos no suelen llevar grabados… Fíjese -murmuró moviendo los labios en silencio mientras leía durante unos instantes. Su expresión fue cambiando poco a poco-. Creo que… ¡Sí! Creo que esto es… ¡Por todos los santos!

– ¿Y bien, señor? -inquirió el alto espectador.

– ¿Quién podría decir -dijo Bendall- si conoció alguna vez la ambición o el desengaño?

El abogado no monologaba sobre el difunto: leía las páginas que había arrancado de las manos del joven. Sylvanus Bendall levantó la mirada del papel con la cara brillantemente encendida.

3

James R. Osgood había recibido a su visita con un «Señor Leypoldt, es un gran placer», lo que era cierto. Leypoldt era el redactor de una de las principales publicaciones del gremio de libreros. El achaparrado emigrante alemán era extraordinariamente apreciado entre los profesionales de la edición por su conducta cordial y por el hecho de que informaba con mano justa y equilibrada.

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