James Patterson - Virgen

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Estamos en 1987. Simultáneamente y en dos lugares distintos -Irlanda y Estados Unidos- se produce un acontecimiento similar: sendas muchachas quedan embarazadas sin dejar por ello de ser vírgenes. Aunque insólito, el hecho no parece ir más allá de lo meramente curioso, sin embargo, es posible que constituya parte de un plan sobrenatural de dimensiones cósmicas, algo ya anunciado setenta años antes, en Fátima. Se trata de la famosa y desconocida tercera profecía que la Virgen María hizo a los tres pastorcillos portugueses: el Segundo Advenimiento. El hecho conmociona a la Iglesia, empezando por su cúpula, el Papa. Los interrogantes se suceden: ¿Es un fraude?, ¿de las dos muchachas, o sólo de una de ellas? ¿Cómo debe interpretarse el supuesto fenómeno? Y, sobre todo, ¿por qué dos vírgenes?… Sobre la base de esta trama, audaz y original, James Patterson ha escrito una novela sobria, tensa, inquietante, en la que, en medio de un clima de pesadilla, el terror alterna con el prodigio y el desconcierto con la esperanza. Una novela cuya lectura es imposible abandonar, una vez empezada. Una novela, también, imposible de olvidar. Porque la amenaza de caos, de catástrofe para la humanidad, que representa su tema es un escalofrío implantado en el ánimo del lector, un pánico de efecto seguro y duradero.

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Repentinamente, el astronauta de más edad miró hacia el lado derecho de la carlinga.

El coronel Reese distinguió una estela luminosa moviéndose a gran velocidad.

El coronel la vio con perfecta claridad, pero no estuvo dispuesto a reconocerlo hasta que la miró fijamente durante treinta segundos largos.

Por fin admitió la realidad de lo que había ante sus ojos. Surgiendo por detrás de la luna apareció un enorme cometa envuelto en una nube granular de niebla púrpura y gris. La pecuiiaridad principal fue que se trasladaba con tremenda celeridad apartando de su camino a los pequeños meteoros como si fuesen pelotas. Materia que viajaba así desde la creación del Universo, materia que había visto a Dios, por así decirlo.

El núcleo tendría 150 kilómetros de diámetro, según calculó rápidamente Reese. Endiablado tamaño. Mayor quizá que el Kohoutek.

– ¡Eh, Mickey, ven a proa,…! Mick, ahí hay un cometa endemoniadamente grande viniendo hacia nosotros. Dirigiéndose hacia la Tierra. Acabo de localizar a ese maldito cometa.

– Mejor será que llames a Houston -respondió el otro astronauta mirando hacia el espacio. De pronio, Mick Kane lo vio…, el cometa -. ¡Jesucristo! ¡Llama a Houston!

JUSTIN

Mientras el «Ford» inglés ronroneaba a lo largo de la carretera en un terreno suavemente ondulado, el padre Justin O'Carroll miró fijamente al cielo metálico y pesado que se cernía sobre ellos.

Primero, Justin rezó.

Luego, tuvo un pensamiento aterrador: Yo no debería estar aquí. Carezco de la suficiente energía. Lo intuyo. Mi fe no es lo bastante firme. Soy exactamente la peor elección que se pudiera haber hecho.

La casa Galaher, en las afueras de Maam Cross, no tenía el mismo aspecto de antes, según le pareció a Justin.

Inesperadamente aparecieron un bungalow desconocido de estuco y un granero en el parabrisas del «Cortina».

También una antena de televisión jamás vista, cual una rama enmarañada, sobre el techo de paja. La hierba semejaba un paño verde sin batanar. Demasiado oscura. Demasiado oscura. El propio cottage parecía estar escorado.

Algo marcha mal aquí . Justin estuvo casi seguro. Algo ha cambiado… ¿o será mi imaginación? ¿Mis temores?

Cuando bajaron del coche, el padre Rosetti se volvió hacia Justin.

– Sor Katherine abandonó ayer a la joven. No se creyó suficientemente fuerte. Nosotros debemos ser fuertes. Los dos. Usted me pidió ayer que le dispensara mi confianza. Yo confío en usted, padre O'Carroll. Sólo confió en usted y en mí.

En el cuarto de estar con su olor rancio pese al caldeamiento de la chimenea, había cinco sacerdotes jesuítas; todos ellos tenían aspecto recio y sus edades oscilaban entre los treinta y cuarenta años.

«Este cuarto de estar parece también diferente y nuevo», pensó Justin. Un gran reloj de caja, todo de caoba, hacía oír su tictac como si fuera el latido del sobrio aposento.

– A estas horas el niño Beavier habrá nacido también sosegadamente. Oculto a la vista pública, tal como éste -susurró el padre Rosetti-. Bajo la santa vigilancia de los sacerdotes.

Agachándose para evitar los trabes del techo, ambos padres, Rosetti y Justin O'Carroll empezaron a ascender la rechinante escalera hacia el dormitorio de Colleen.

– ¿Quiere ir a buscar mi estola, padre O'Carroll? Y también el Manual.

Cuando ambos entraron en la pequeña habitación, cerrada a piedra y lodo, Justin observó que la joven irlandesa estaba desasosegada a todas luces. Sufría violentos espasmos y los dolores del parto. Su cara diminuta y pecosa tenía un aspecto desvaído, casi anémico.

– ¡Por Dios santo! ¿Dónde está el doctor? -inquirió Justin-. ¿Por qué no ha venido todavía el médico? ¿Dónde está el anestesista? La muchacha está sufriendo ya los dolores del parto.

La reacción de Justin pareció sorprender al padre Rosetti, pues sus ojos castaños se entornaron hasta parecer rendijas.

– Yo asumiré la función del doctor o de la comadrona -bisbiseó el padre Rosetti-. Y usted, padre O'Carroll, me ayudará durante el alumbramiento. No se permitirá entrar a nadie en esta habitación, según los poderes que me han otorgado el Papa Pío XIII y Nuestro Señor Jesucristo.

El padre Rosetti cerró la pesada puerta de pino con un leve empujón. Colleen abrió de par en par los suaves ojos verdes y miró a los dos sacerdotes.

Ningún otro momento se había igualado a éste durante casi dos mil años.

– ¿Está usted seguro acerca de este niño? -susurró Justin por última vez -. ¿Absolutamente seguro, padre?

KATHLEEN

Ningún pontífice de los tiempos modernos había sido intervenido quirúrgicamente fuera del Vaticano. Tanto Juan XXIII como Pablo VI habían sido sometidos a operaciones de próstata en quirófanos especiales instalados en las dependencias papales. Sin embargo, varios cardenales habían recibido tratamiento quirúrgico en San Camillo o el Salvatoi Mundi donde se encontraba ahora Kathleen Beavier en la cuarta planta.

El personal clínico del Salvator Mundi estaba constituido por monjas del Salvador y hermanas laicas. Muchos médicos eran americanos, e incluso los doctores italianos hablaban inglés, dada la gran afluencia de opulentos pacientes americanos.

El edificio de cuatro plantas, estaba construido con ladrillos de color ocre y sus amplios ventanales tenían el estilo de la arquitectura religiosa. Tanto el hospital como el cercano convento de El Salvador estaban rodeados por un alto muro de ladrillo bajo la sombra de grandes pinos con copa aparasolada.

Aquella mañana se habían reunido sesenta mil personas ante la verja del hospital. Otros cientos de millares se estaban congregando en la plaza de San Pedro.

Dentro de la clínica propiamente dicha, las instalaciones eran realmente lujosas. Los corredores de mármol y piedra labrada eran más anchos que muchas calles romanas. Su piso estaba tan pulido que reflejaba cualquier movimiento y la luz trémula de los candelabros broncíneos aplicados a las paredes.

En la suite 401-401 A, Kathleen Beavier y la hermana Anne Feeney esperaban intranquilas y hacían cuanto podían para llegar al alumbramiento en buenas condiciones físicas y emocionales.

– Haz fuerza ahora, Kathleen.

Anne la animó como si fuera ella misma la parturienta… o por lo menos sintiendo idéntica ansiedad.

– Es un esfuerzo muy doloroso -gruñó Kathleen Beavier.

El cabello rubio de la joven estaba ya empapado de sudor, oscurecido y enmarañado. La boca reseca.

De pronto, Kathleen levantó la vista y suspendió el temible ejercicio. Vio que ella y Anne no estaban ya solas en la habitación del hospital Salvator Mundi.

Un hombre permanecía inmóvil bajo la solitaria arcada de piedra conducente a la habitación. Un anciano solemne a quien ella y Anne reconocieron inmediatamente.

El Papa Pío XIII había acudido para ver con sus propios ojos a la virgen.

CIUDAD DEL VATICANO

Informe de la agencia UPI

Esta mañana, la Policía italiana movilizó un ejército de dos mil agentes antiterroristas y tiradores especializados no sólo para proteger a la joven Kathleen Beavier, sino también a los dignatarios visitantes aquí en Roma.

Las autoridades dispusieron una escolta adicional para el presidente argentino Jorge Videla, descrito por los grupos izquierdistas como el verdugo, para el vicepresidente católico de los Estados Unidos Hugh Middleton, el presidente Eleas Sankis de Líbano, el rey Juan Carlos de España, la princesa María de Bélgica, el ex monarca de Grecia y el presidente Bauer, de la República Federal Alemana.

Expertos de la Policía italiana colaboran con las fuerzas de Segundad del Vaticano para adoptar medidas antiterroristas excepcionales con objeto de controlar la inmensa plaza frente a la Basílica de San Pedro y localizar a posibles francotiradores y otros puntos peligrosos. Tanto el Papa Pío XIII como Kathleen Beavier se hallan bajo una intensa vigilancia protectora durante las veinticuatro horas del día.

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