– Quemadura de bala -dijo Jack.
– Y dos más que dieron en el blanco -confirmó Charles, volviendo a abrocharse la camisa.
– Jack antes era policía -apuntó Heather.
Durante aquellos minutos había mantenido la vista apartada, para evitar mirar a Charles, un gesto que este agradeció.
– Tuve algunos problemas en Chicago hace unos días – dijo Charles.
– Deberías curarte -susurró Jack.
Charles negó con la cabeza.
– No si hay un hombre lobo cazando humanos. -Miró a Heather-. ¿Hubo alguna provocación?
Ella se encogió de hombros.
– No estoy segura. Simplemente salió de la nada y atacó. Existen muchas razones para que aquel lobo solitario lo hiciera. Tal vez ha establecido su territorio o debe proteger a alguien o algo.
– Aunque también podría estar cazando -concluyó Charles-. No podemos permitirnos el lujo de esperar a que encuentre una nueva víctima.
* * *
Anna siguió a Charles escaleras abajo en busca del tío de Heather, Tag. Las escaleras terminaban en un estrecho pasillo lleno de puertas metálicas, cada una con gruesas barras de hierro preparadas para bajar sobre los soportes instalados a ambos lados.
En una de las puertas, las barras estaban bajadas. Quien estuviese tras ella, había estado haciendo ruido hasta que ellos llegaron al pasillo. Entonces el pasillo quedó en completo silencio, y Anna pudo sentir cómo escuchaba sus pasos mientras se aproximaban.
Podría haberle preguntado a Charles, pero este parecía encerrado en sí mismo. No sabía si estaba molesto con ella o simplemente pensativo. De cualquiera de los dos modos, no quería molestarle. Ya lo había hecho suficiente. Tendría que haberle dicho que se quedaría en casa.
Pero aquello habría significado que se marcharía solo, herido, para enfrentarse a un lobo solitario desconocido. Su padre parecía confiar en que podía arreglárselas solo, pero él no había estado en su casa ayer por la noche cuando Charles estaba demasiado dolorido incluso para moverse sin su ayuda.
Si Charles decidía que no la quería a su lado, ¿qué podía hacer ella?
Había una puerta algo más halagüeña al final del pasillo; no tenía ni cerrojos ni llaves. Sin embargo, mientras se acercaban a ella, Anna oyó el sonido de una explosión.
– Guau -dijo alguien con feroz satisfacción.
Charles abrió la puerta sin llamar.
Anna tuvo una fugaz visión de una enorme pantalla de televisión conectada a una gran variedad de lustrosas cajas negras y altavoces mediante el arco iris formado por una red de cables. Sin embargo, lo que captó su atención y la mantuvo fue el hombre corpulento tumbado sobre un sofá como un gato doméstico gigante. Y «gigante» es la palabra que mejor lo definía.
Charles era un hombre alto, pero Anna estaba dispuesta a apostar que Colin Taggart era unos centímetros más alto que él y algunos más de ancho. A pesar del frío, llevaba puestas unas enormes sandalias Birkenstock por encima de unos gruesos calcetines de lana, usados y deshilachados pero limpios. Unos pantalones sueltos color caqui quedaban cubiertos por una camiseta teñida que le colgaba por debajo de los muslos. Tenía el pelo de un espectacular color naranja y tan tosco como la crin de un pony; lo tenía rizado y enmarañado de tal forma que podría deberse tanto a un estilo deliberado como a la simple despreocupación. Se había apartado toda la melena del rostro con una gruesa goma de pelo manchada de tinta.
No estaba en el funeral, pensó Anna. Se acordaría de él. Probablemente estuviera en las montañas rescatando a su sobrina.
Su piel tenía la palidez típica de los celtas, con numerosas pecas poblándole las mejillas. Entre el tono de su piel y sus afiladas facciones podría haber llevado tatuado «Irlandés» en la frente. Olía a una extraña variedad de inciensos que envolvía un agradable aroma a tierra que Anna no sabía exactamente dónde ubicar. Parecía quince o veinte años más joven que su sobrina, y lo único que ambos tenían en común eran los ojos grises.
Tras una rápida ojeada a Charles cuando entraron en la habitación, Tag volvió a dirigir su atención al televisor para contemplar el final de la explosión. Entonces apuntó el mando a distancia en la dirección aproximada del televisor y detuvo la película.
– Bueno -dijo en una voz sorprendentemente aguda-. No hueles a muerto.
No era un soprano, pero un hombre de su corpulencia debería sonar como un bombo. Sonaba más bien como un clarinete: su acento era igual al de un locutor de televisión.
– Si el amigo de Heather mantiene la boca cerrada, estará a salvo -dijo Charles-. Salimos de caza a primera hora de la mañana. Te agradecería si pudieras hacer unas cosas por mí.
Anna comprendió que la pose relajada había sido una artimaña cuando el otro lobo se incorporó y se permitió el lujo de deslizarse por el sofá y utilizar el impulso para ponerse en pie. Todo con la controlada velocidad y elegancia de un bailarín de la corte.
De pie, ocupaba más espacio del que le correspondería en la reducida habitación. Anna dio un paso atrás involuntario que pasó desapercibido a los dos hombres.
Tag sonrió, pero sus ojos desprendían cautela y los mantuvo clavados en Charles.
– De acuerdo. Siempre y cuando no mates a mi pequeño amigo, estaré encantado de complacerte.
– Necesito que tanto tú como Heather recordéis dónde estaban exactamente cuando les atacó, mejor sobre un mapa. A ver si podemos ubicar con exactitud dónde estaba la otra víctima del hombre lobo, y también el estudiante. -Charles miró a Anna, repasándola de arriba debajo de un modo impersonal antes de dirigir de nuevo su atención al otro hombre-. Después pásate por casa de Jenny y comprueba si tiene ropa sucia, algo con su sudor.
Los ojos del lobo se agrandaron.
– ¿Vas a hacer eso del rastro? Harrison es más o menos de tu misma estatura. ¿Quieres que coja algo de su ropa para ti?
– Perfecto. Nos encontraremos en mi casa en un par de horas con el mapa y la ropa.
– Bran no ejecutará al hombre de Heather.
Aunque fue una afirmación, la voz de Tag estaba teñida de cierta incertidumbre.
Charles se encogió de hombros.
– Por lo menos todavía no. A menos que decida hacer alguna estupidez.
A Anna aquello no le pareció muy tranquilizador. Sin embargo, Tag lo consideró suficiente.
– De acuerdo -dijo con un asentimiento-. Os veo en un par de horas.
* * *
Charles aparcó el Humvee frente a la casa, probablemente porque no cabía en el garaje. Estaba tenso y cojeaba ligeramente, pero cuando Anna intentó cargar con los paquetes que habían recogido en la tienda, Charles se limitó a mirarla. Ella levantó ambas manos en señal de rendición y le dejó cargar con los bultos.
No había hecho ningún comentario personal desde que abandonaran el estudio de su padre.
– Tal vez deberías ir con otra persona -dijo ella finalmente mientras cerraba la puerta al frío invernal-. Otro lobo podría serte más útil.
Charles se dio la vuelta y la miró fijamente. Se quitó los guantes con parsimonia mientras seguía mirándola con sus ojos negros a la tenue luz de la casa. Ella le devolvió la mirada durante uno o dos segundos antes de bajar los ojos.
– No me gusta llevar refuerzos para matar -le dijo tras un momento-. Demasiados lobos tienden a estropear las cosas.
Se quitó la chaqueta y la dejó deliberadamente sobre el respaldo del sofá.
– Nos enfrentamos a un hombre lobo que mata a humanos. Podría ser un infiltrado, alguien que intenta evitar que mi padre revele poco a poco nuestra existencia a los humanos. Aunque he estado reflexionando sobre eso y no creo que sea el caso. Tiene que ser una persona desesperada para ocultarse en las Cabinets en esta época del año, cuando podría estar mucho más confortable en Missoula o Kalispell. Donde además atraería mucha más atención. Moverse por las montañas en pleno invierno es muy complicado para un ataque planificado o un asesino habitual. Creo que nos enfrentamos a un lobo solitario. Alguien que no sabe demasiado y que intenta mantenerse alejado del mundo. Peligroso, como ha demostrado repetidamente, pero nada que no pueda controlar.
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