Patricia Briggs - Cry Wolf

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Nunca tuve miedo de los monstruos, hasta que me convertí en uno. Ahora tengo miedo hasta de mi sombra.
Anna desconocía la existencia de licántropos, vampiros u otras criaturas hasta que ella misma se convirtió en una. Tras sobrevivir a un brutal ataque, Anna descubre que se ha transformado en una mujer lobo. Durante tres años se ve obligada a soportar los continuos abusos a que es sometida por los miembros de su manada y a subsistir como una loba sumisa, el último escalafón de la jerarquía de los licántropos. Sin embargo, gracias a la intervención de uno de los Alfa más poderosos del país, Anna descubrirá que en realidad es una Omega, lo que la convierte en uno de los seres más extraños del grupo. El Alfa no tardará en reclamarla como suya… en todos los sentidos.

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Anna se miró la muñeca, pero no encontró nuevos moratones; no le había hecho ningún daño. No sabía por qué el tacto de su mano alrededor de la muñeca le había provocado aquel pánico. Su lobo se encargaba de mantener bien ocultos la mayor parte de los abusos que había recibido. Sin embargo, su cuerpo conservaba el recuerdo de un violento apretón y de alguien gritándole mientras le hacía daño… y ella estaba atrapada y no podía escapar de él.

El pulso se le aceleró y sintió aproximarse la transformación a medida que su lobo se preparaba para volver a protegerla. Respiró el aroma de Charles y se dejó envolver por él, tranquilizando al lobo. Charles nunca le haría daño, tanto su lobo como ella estaban seguros de ello.

Tras un momento, Anna reunió el coraje necesario y se introdujo bajo las mantas. Cuando vio que Charles no despertaba, se acercó todavía más a él, sobresaltándose cada pocos minutos ya que su cuerpo continuaba recordándole que él era mucho más fuerte y que podía hacerle daño.

Sabía por conversaciones ajenas que normalmente los lobos ansiaban el contacto. Los hombres de la manada de Chicago se tocaban unos a otros mucho más de lo habitual entre los heterosexuales. Sin embargo, estar cerca de otro lobo a ella nunca le había traído ni paz ni consuelo.

Siempre podía recurrir a su lobo para que la ayudase, como había hecho la noche anterior. Entonces podía acostarse junto a él y respirar su fragancia con cada nueva bocanada. Pero con él dormido, creyó que había llegado el momento de enfrentarse sola a sus problemas. El lobo siempre podía solventar el problema inmediato, pero Anna quería poder tocarlo sin su ayuda.

El problema era la cama. La hacía sentir vulnerable, dificultándole el hecho de aproximarse más a él. Asil había dicho que a Charles tampoco le gustaba que le tocasen. Se preguntó cuál sería el motivo. No parecía importarle cuando era ella quien le tocaba; todo lo contrario.

Anna alargó lentamente la mano hasta que sintió las sábanas tibias por su calor corporal. Apoyó los dedos sobre él y sintió cómo su cuerpo se contraía por el pánico. Se alegró de que estuviese dormido, de ese modo no tenía que presenciar cómo retiraba la mano y encogía las rodillas sobre su vulnerable estómago. Hizo un esfuerzo por no temblar porque no quería que la viera de aquel modo: como una cobarde.

Se dijo a sí misma que la esperanza era mucho más testaruda que la desesperación.

Capítulo 5

Anna recorrió metódicamente los cajones: Charles iba a despertar hambriento. Por suerte, tenía la casa abastecida para un asedio. Pensó en preparar un plato italiano -se le daba bastante bien la cocina italiana- pero no sabía si a Charles le gustaba. Un estofado le pareció la mejor opción.

El arcón de congelados del sótano estaba lleno de carne envuelta en papel transparente y perfectamente etiquetada. Subió a la cocina con un paquete de carne de alce para estofar y la dejó en la encimera para que se descongelara. Pese a que nunca había comido carne de alce, supuso que carne de estofado era siempre carne de estofado.

En la nevera encontró zanahorias, cebollas y apio. Ahora lo único que le faltaba eran las patatas. No había en la nevera, ni bajo la encimera; ni sobre la nevera o bajo el fregadero.

Alguien tan meticuloso como Charles debía de tener patatas en algún lugar . A menos que no le gustaran. Estaba inclinada con la cabeza en un cajón inferior, cantando en voz baja «dónde, oh, dónde están mis pequeñas patatas», cuando el sonido de un móvil le hizo levantar la cabeza repentinamente y golpeársela con el borde de la encimera.

EI teléfono estaba en el dormitorio, de modo que esperó a que Charles lo cogiera mientras se frotaba la cabeza, pero continuó sonando.

Hizo un encogimiento mental de hombros e intentó encontrar las patatas con ayuda de su olfato: Charles le había dicho que no utilizaba lo suficiente su nariz. Pero si había patatas en la cocina, su aroma quedaría camuflado por las especias y la fruta.

El teléfono colgado en la pared empezó a sonar. Era un viejo aparato de dial rotatorio fabricado medio siglo antes de la invención del reconocimiento de llamadas. Se quedó mirándolo con creciente frustración. Aquella no era su casa. Tras el décimo tono se decidió a descolgar.

– ¿Hola?

– ¿Anna? Dile a Charles que se ponga, por favor. -No cabía duda de quién era: Bran.

Dirigió una rápida mirada a la puerta del dormitorio con el ceño fruncido. Si todo aquel ruido no le había despertado aún, significaba que necesitaba descansar.

– Está dormido. ¿Quieres que le dé algún mensaje?

– Me temo que eso no me sirve. Por favor, despiértale y dile que necesito hablar con él.

Era una orden. El «por favor», pensó, era solo una muestra de cortesía.

De modo que dejó el auricular colgando y fue a despertar a Charles. Antes de llegar a la puerta, esta se abrió. Se había vestido con unos pantalones téjanos y una sudadera.

– ¿Es papá? -le preguntó.

Cuando ella asintió, Charles pasó rápidamente por su lado y cogió el teléfono.

– ¿Qué necesitas?

– Tenemos un problema -Anna oyó que decía Bran-. Te necesito… y trae también a Anna. Tan rápido como podáis.

Bran necesitaba a Charles. Charles era su mano ejecutora, su asesino. Habitualmente ponía en peligro su vida por su padre. Anna iba a tener que acostumbrarse a aquello.

Anna se estaba poniendo la chaqueta cuando Charles colgó el teléfono. Regresó al dormitorio y volvió a salir de él con unos calcetines y unas botas en la mano.

– ¿Puedes ayudarme con las botas? -le dijo-. Aún me cuesta agacharme.

* * *

Anna condujo el vehículo como alguien que no ha circulado nunca por una carretera congelada. Quizá no lo había hecho nunca. Pero aquella mañana lo había hecho mejor, y Charles no creía que la carretera estuviese en peores condiciones.

Evidentemente, fuera lo que fuese lo que la inquietaba, continuaba allí. Podía oler su ansiedad, aunque no sabía qué hacer para remediarla.

Si sus costillas hubieran estado en mejores condiciones, él mismo se habría encargado de conducir, pero se conformó con indicarle la dirección que debía seguir. Cuando la furgoneta coleó al entrar en el sendero que llevaba a la casa de su padre y Charles se sujetó con más fuerza a la puerta, Anna redujo aún más la velocidad. Un todoterreno color verde tiza con distintivos del gobierno estaba aparcado junto a la puerta principal: Servicio Forestal. Fuera cual fuese la razón por la que su padre 1e había llamado debía de tener alguna relación con el lobo solitario de las Cabinets. Tal vez había aparecido otro cuerpo.

Anna detuvo el vehículo detrás del todoterreno.

– ¿Hueles eso? -le preguntó a Anna mientras esta rodeaba la furgoneta hasta donde él la esperaba.

Anna inclinó la cabeza y reflexionó sobre lo que estaba oliendo.

– ¿Sangre?

– Fresca -dijo él-, ¿Te molesta?

– No. ¿Debería?

– Si fueras como cualquier otro lobo, Omega, ahora mismo estarías hambrienta.

Anna frunció el ceño y Charles respondió a su mirada:

– Sí, yo también. Pero soy lo suficientemente mayor para que no me incomode.

No se molestó en llamar a la puerta; su padre le habría oído llegar. Siguió el rastro de la sangre hasta el dormitorio de invitados.

Samuel había estado allí. Pese a no reconocer al hombre de mediana edad tumbado sobre la cama, reconoció la pulcra disposición de los vendajes. El hombre era tan humano como Heather Morrel, quien estaba sentada junto a la cama sosteniéndole la mano.

Heather levantó la cabeza. Charles vio el destello de pánico en su semblante pero no hizo nada por mitigarlo. Asustar a la gente formaba parte de lo que le convertía en un asesino tan eficaz. Además, hasta que no hablara con su padre y supiera qué estaba ocurriendo, nada de lo que pudiera decir aliviaría su dolor.

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