Samuel se relajó apoyándose en la encimera y sonrió.
– No voy a ocupar su puesto, viejo. Solo me quedaré en su territorio como un lobo más. Dijo que no le importaba.
El Marrok se esforzó por adoptar una expresión neutral, y Charles supo cuál era la fuente de su preocupación. Durante los dos últimos años, desde que regresara de Texas, Samuel había tenido que recurrir muchas noches a la estabilidad de la manada, y un lobo solitario no tenía manada a la que recurrir.
Samuel, como su padre -y Asil-, era muy viejo. La edad era algo muy peligroso para los hombres lobo, pese a que esta nunca parecía haberle afectado mucho. Hasta que regresó hacía unos años tras haber vivido solo durante más de una década.
– Aunque, por supuesto -continuó Samuel-, no sabe que viviré con Mercy.
Adam también sentía algo por su pequeña coyote, recordó de repente Charles.
– ¿Así que Mercedes decidió perdonarte?
– ¿Mercy? -Los ojos de Samuel viajaron hasta su frente, aunque por primera vez en mucho tiempo las sombras abandonaron su semblante-. ¿Nuestra Mercy? ¿La que nunca se enfada incluso cuando debería hacerlo? Por supuesto que no.
– Entonces ¿cómo conseguiste que lo aceptara?
– Aún no lo ha hecho -dijo con confianza-. Pero lo hará.
El plan que parecía tener en mente hizo que sus ojos se iluminaran con su antigua alegría de vivir. Su padre también se dio cuenta. Charles se percató de que había tomado una decisión definitiva.
– De acuerdo -dijo Bran de repente-. De acuerdo. Sí, vete. Creo que será lo mejor.
Fuera cual fuese el problema de Samuel, volver a Aspen Creek no le había ayudado mucho. Tal vez Mercedes tendría más suerte. Siempre y cuando no acabara matando a Samuel, o a su padre, por ponerla en la línea de fuego.
Charles, cansado de estar tumbado boca abajo y en ropa interior, se incorporó y luchó con el zumbido en sus oídos que amenazaba con volver a postrarlo.
– ¿Cómo te sientes? -le preguntó Samuel recuperando la pose de médico.
Charles cerró los ojos e hizo inventario.
– Ya no tengo ganas de echar la puerta abajo y huir, aunque eso podría deberse a que ya ha pasado lo peor.
Samuel sonrió.
– No. Podría torturarte un poco más si quisiera.
Charles le miró fijamente.
– Estoy mucho mejor, gracias.
Aunque aún le dolía, empezaba a sentirse más él mismo, algo que no había conseguido desde que recibiera los disparos. Se preguntó por qué el envenenamiento con plata le había hecho sentir un ansia protectora tan intensa hacia Anna. Jamás había sentido algo semejante.
– Muy bien. -Samuel miró a su padre-. Ni mañana ni al otro. Si fuera otra persona, te diría diez días como mínimo, pero Charles no es estúpido y, además, es muy fuerte. Tras extraerle la plata, se curará tan rápido como es habitual en él. Para el miércoles, los extraños ni siquiera sabrán que le ha ocurrido algo, así que no correrá peligro de ser atacado porque algún idiota piense que puede derrotarle. Pero si le envías solo para que se enfrente a una manada, necesitarás un poco más de músculo, al menos durante las próximas dos semanas.
Charles miró a su padre y esperó su decisión. Recorrer las Cabinets en mitad del invierno no era precisamente su idea de diversión. Aquellas montañas no eran muy acogedoras con los viajeros. Aun así, podía hacerlo mucho mejor que cualquier otro al que su padre pudiera recurrir, herido o no, especialmente si no era solo un lobo solitario sino un ataque al territorio de su padre.
Finalmente, Bran asintió.
– Te necesito a ti. Puedo esperar una semana.
– ¿Qué harás con Asil? -le preguntó Charles-. Pese a todos los esfuerzos del Reverendo Mitchell, de Samuel y del propio Doc Wallace, la manada no pinta muy bien. Si tienes que matarlo, habrá consecuencias.
Bran sonrió débilmente.
– Lo sé. Asil vino a verme hace cosa de un mes quejándose de sus sueños y me pidió que le ayudara de nuevo a terminar con su sufrimiento. En circunstancias normales no me habría preocupado, pero se trata del Moro.
– ¿Con quién sueña? -preguntó Samuel.
– Con su pareja fallecida -dijo Bran-. Murió tras ser torturada. Aunque no quiere hablar de ello, sé que se siente culpable porque estaba de viaje cuando sucedió. Me dijo que había dejado de soñar con ella cuando se unió a nuestra manada. Pero hace un mes regresaron los sueños. Se despierta desorientado y… a veces no en el mismo lugar en el que se acostó.
Era muy peligroso, pensó Charles, tener a un lobo con los poderes del Moro deambulando desorientado.
– ¿Crees que su muerte puede esperar? -preguntó Samuel.
Bran sonrió, en aquella ocasión sinceramente.
– Creo que sí. Tenemos a una Omega para ayudarle. -Su padre miró a Charles y la sonrisa se amplió considerablemente-. No va a abandonarte por él, Charles, por mucho que Asil intenté morderte la cola.
* * *
Anna llegó a la conclusión de que el salón de Charles, pese a no estar decorado con esmero, era cálido y acogedor. Sin embargo, no era su hogar. Deambuló inquieta por las habitaciones hasta quedarse finalmente en el dormitorio, sentada en un rincón del suelo con las piernas encogidas, abrazándose el cuerpo con las manos. No quería llorar. Se estaba comportando como una estúpida: ni siquiera sabía por qué estaba tan disgustada.
Le había molestado que se la sacaran de encima, y al mismo tiempo, había sentido una oleada de alivio cuando se descubrió sola en la furgoneta.
Hombres lobo y violencia, hombres lobo y muerte: iban unidos como los plátanos y la mantequilla de cacahuete. Tal vez aquí estaba más segura que en Chicago, pero todos eran unos monstruos.
Aunque tampoco era culpa de ellos, de los lobos de Montana. Solo intentaban vivir lo mejor posible con aquella maldición que los convertía en bestias despiadadas. Incluso Charles. Incluso el Marrok. Incluso ella. Los hombres lobo tenían sus reglas: en ocasiones un hombre debía matar a su mejor amigo por el bien de todos. Los machos humanos envejecían mientras que los hombres lobo continuaban siendo jóvenes. Los lobos como Asil intentaban que los demás les atacaran porque querían morir… o matar.
Empezó a respirar entrecortadamente. Si alguien hubiera matado a Leo y a su pareja años atrás, muchísima gente seguiría con vida… y ella sería una estudiante en la Northwestern a punto de obtener un título en teoría musical en lugar de… ¿el qué?
Debía encontrar un trabajo, algo que le diera un propósito y una vida más allá del hecho de ser una mujer lobo. Trabajar de camarera en Scorci's le había salvado en más sentidos que el simple cheque a fin de mes. Es difícil regodearse en la autocompasión cuando tienes que gastar las suelas de los zapatos Ocho o diez horas al día. Pese a todo, dudaba que en aquel lugar encontrara un trabajo de camarera.
El timbre de la puerta sonó.
Se puso en pie de un salto y, aunque se frotó las mejillas con energía, descubrió que tenía las mejillas secas. El timbre volvió a sonar, de modo que se apresuró hacia la puerta principal. Todo lo contrario, se dijo. Hacía tan solo unos minutos lo único que deseaba era estar sola y ahora corría en pos de una distracción.
Captó fugazmente la silueta de un Lexus gris metalizado antes de fijarse en la mujer que esperaba en el porche. Su expresión era afable y amistosa. Tenía un pelo oscuro y sedoso trenzado a la francesa y casi tan largo como el de Charles.
Mujer lobo, le dijo su olfato.
La mujer sonrió y alargó una mano.
– Me llamo Leah -le dijo-. La mujer del Marrok.
Anna estrechó su mano y la soltó rápidamente.
– Entremos a charlar, ¿de acuerdo? -dijo la mujer amablemente.
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