Le apoyó las manos sobre los hombros e intentó tirar de ella.
Anna se libró de su abrazo, olvidando el funeral y al resto de la gente. Estaba cansada de que todo el mundo la tocara a su antojo. Se puso en pie de un salto y se dio la vuelta para enfrentarse al hombre lobo, quien volvió a apoyar la espalda en el respaldo del banco y la observó con una sonrisa. Las personas que se sentaban a su lado se apartaron para darle todo el espacio disponible, lo que decía muchas más cosas de él que la serena expresión de su rostro.
Anna tuvo que admitir que era adorable. Su rostro era refinado y elegante; su piel, como la de Charles, curtida y bronceada. Tanto su nariz como sus ojos oscuros señalaban a Oriente Medio, aunque su acento era hispano. Anna tenía muy buen oído para los acentos.
Parecía de su misma edad, veintitrés o veinticuatro años, pero, por alguna razón, supo que era muy, muy viejo. Y desprendía algo salvaje, enfermizo, que la obligaba a mostrarse cautelosa.
– Déjala en paz, Asil -dijo Charles, y apoyó sus manos en el mismo lugar de su espalda que había tocado el otro lobo-. Si la molestas, te arrancaré las tripas y se las daré de comer a los cuervos.
Anna se dejó acoger por su calor corporal y se sorprendió al darse cuenta de que tenía razón, o al menos que su primera reacción no había sido miedo sino ira.
El otro lobo se puso a reír y sus hombros se agitaron con crueldad.
– Muy bien -dijo-. Muy bien. Alguien tendría que hacerlo. -Entonces aquel extraño sentido del humor se desvaneció de su rostro y se lo frotó cansinamente-. No queda mucho. -Miró más allá de Anna y Charles-. Te dije que los sueños habían vuelto. Sueño con ella prácticamente todas las noches. Tienes que hacerlo pronto, antes de que sea demasiado tarde. Hoy.
– De acuerdo, Asil -la voz de Bran sonó monótona y cansada-. Pero hoy no. Ni tampoco mañana. Puedes esperar un poco más.
Asil se dio la vuelta para mirar a la congregación, quienes habían estado presenciándolo todo en completo silencio, y les habló con una voz limpia y sonora.
– Sois afortunados al tener a alguien que sabe lo que debe hacerse y lo hace. Tenéis un lugar al que podéis llamar hogar, un lugar seguro, gracias a él. Yo tuve que dejar a mi Alfa para venir aquí porque el amor que sentía por mí le impedía poner fin a la locura que me consume. -Se dio la vuelta y escupió simbólicamente sobre su hombro izquierdo-. Un amor débil que traiciona. Si supierais lo que siento, lo que sintió Carter Wallace, sabrías la bendición que representa Bran Cornick, el que mata a los que necesitan morir.
Y entonces Anna comprendió que lo que el lobo le pedía a Bran era su muerte.
Impulsivamente, Anna se separó de Charles. Apoyó una rodilla en el banco en el que había estado sentada y alargó el brazo para rodear con la mano la muñeca de Asil, la cual colgaba sobre el respaldo del banco.
Asil emitió un sonido producto de la conmoción pero no se apartó. Mientras ella le sujetaba, el olor que desprendía a locura, a enfermedad, se desvaneció. Él la miró fijamente y el blanco de sus ojos relució con fuerza mientras los irises se reducían hasta transformarse en dos pequeñas líneas alrededor de las pupilas oscuras.
– Omega -dijo en un susurro, respirando con dificultad.
Detrás de ella, Charles dio un paso al frente pero no la tocó. Anna percibió cómo se calentaba la piel fría bajo sus dedos. Todos permanecieron completamente inmóviles. Anna sabía que lo único que debía hacer era soltarle la mano, pero se sentía extrañamente reacia a hacerlo.
La conmoción reflejada en el rostro de Asil se desvaneció, y la piel alrededor de sus ojos y su boca expresó un pesar que fue creciendo y profundizándose hasta desaparecer donde suelen hacerlo los pensamientos íntimos para no ser descubiertos por observadores demasiado agudos. Asil alargó el brazo y le tocó la cara ligeramente, ignorando el gruñido de advertencia de Charles.
– Más regalos de los que había imaginado. -Sonrió intensamente, tanto con los ojos como con la boca-. Es muy tarde para mí, querida. Desperdicias tus dones con mi viejo cuerpo. Pero te agradezco el respiro. -Miró a Bran-. Hoy y mañana, y quizá también al día siguiente. Ver a Charles, el otrora lobo solitario, sorprendido por la trampa del amor, creo que eso me divertirá durante mucho tiempo.
Se soltó con un giro de la muñeca, apresó la mano de Anna con la suya y, con una maliciosa mirada a Charles, le dio un beso en la palma. Entonces la soltó y se marchó de la iglesia. Sin prisas, pero sin perder tiempo.
– Ten cuidado con ese -le advirtió Charles, aunque no parecía disgustado.
Alguien se aclaró la garganta y Anna miró a su alrededor para encontrarse con los ojos del sacerdote. Este le sonrió y después dirigió la mirada al resto de la congregación. La interrupción del servicio no pareció molestarle lo más mínimo. Tal vez estaba habituado a las interrupciones de los hombres lobo. Anna notó cómo se sonrojaba y volvió a sentarse en el banco… deseando poder hundirse todavía más en él. Acababa de interrumpir el funeral de un hombre que ni siquiera conocía.
– Ha llegado el momento de ir terminando con esto -dijo el sacerdote-. Nuestro duelo ha llegado a su fin, y, cuando nos marchemos, debemos recordar una vida plena y un corazón abierto a todos. Por favor, inclinemos nuestras cabezas para una plegaria final.
Noroeste de Montana, Parque Nacional Cabinet
Walter no sabía por qué había sobrevivido al ataque de la bestia, como tampoco comprendía cómo había sobrevivido a tres misiones en Vietnam cuando la mayoría de sus amigos, sus camaradas, no podían decir lo mismo. Tal vez había tenido suerte en ambos casos. O tal vez el destino le deparara algo más.
Como, por ejemplo, otros treinta años deambulando solo por los bosques.
Si el hecho de haber sobrevivido al ataque de la bestia ya era algo improbable, lo que vino a continuación fue simplemente insólito. Lo primero que notó fue la desaparición de la dolorosa artritis que afectaba a sus hombros y rodillas, así como la punzada de una vieja herida en la cadera. El frío había dejado de molestarle.
Al no disponer de espejo, le costó más tiempo darse cuenta de que tanto su cabello como su barba habían recuperado el color que tuvieron durante su juventud.
Fue entonces cuando empezó a fijarse en las anomalías. Era más rápido y fuerte de lo que nunca había sido. Las únicas heridas que no se habían curado con la misma y sorprendente rapidez que las de su estómago eran las que torturaban su alma.
De hecho, no comprendió lo que le había ocurrido realmente hasta la mañana tras la primera luna llena, cuando despertó con sangre en la boca, bajo sus uñas y en su cuerpo desnudo: las señales de lo que había hecho, de lo que se había convertido, cristalinas como diamantes. Solo entonces supo que se había convertido en el enemigo, y lloró ante la pérdida de su último rasgo de humanidad.
* * *
Aspen Creek, Montana
Con el brazo de Charles rodeándole el hombro, Anna siguió al resto de la gente hasta el gélido aparcamiento de la iglesia. Se detuvieron en la acera a observar cómo se vaciaba lentamente de coches. Unas cuantas personas que salían en aquel momento miraron a Anna, pero ninguno de ellos se detuvo.
Cuando se quedaron prácticamente solos, Anna se descubrió bajo el cauteloso escrutinio de unos ojos grises, pese a la sonrisa amistosa que le regaló Samuel.
– ¿Así que tú eres el perrito descarriado que mi hermano ha traído a casa? Eres más bajita de lo que esperaba.
Le resultó imposible sentirse ofendida cuando era evidente que no había sido aquella la intención; por lo menos no la había llamado puta.
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