Fui arriba, al mi antiguo cuarto, ignorando el hecho de que -aunque supuestamente nadie sabía que yo iba a venir- el cuarte había sido aireado, la ventana estaba abierta, había sábanas limpias y listas para dormir. 'Tomé mi celular de la bolsa y llamé a Philip. A medida que iba sonando y nadie contestaba, fui sintiendo una creciente desilusión. Probablemente ya estuviera acostado. Cuando atendió el contestado; pensé en colgar y llamar de nuevo con la esperanza de que por fin se despertara, pero sabía que era egoísta de mi parte querer hablarle para restablecer mi vínculo con el mundo exterior. Así que le dejé un mensaje breve, comunicándole que había llegado bien y que lo volvería a llamar antes de partir al día siguiente.
El silencio de la casa me despertó a la mañana siguiente. Yo estaba acostumbrada a despertarme en la ciudad, maldiciendo los sonidos del tráfico, tirando el reloj despertador al otro lado cuarto, amenazando hacer lo mismo con Philip si no me deja quedarme en la cama. Cuando nada conspiró para levantarme esta mañana, me desperté de pronto a las diez, creyendo a medias que se acababa el mundo. Entonces me di cuenta de que estaba en Stonehaven. No puedo decir que me sintiera aliviada.
Me liberé de las sábanas bordadas y las almohadas de pluma y corrí las cortinas de la cama. Despertarme en mi cuarto de Stonehaven era como despertar a una pesadilla de novela victoriana. La cama con dosel era de por si terrible, algo sacado de un cuento de hadas. Pero la cosa se ponía peor. Al pie de la cama había cajón de cedro con cobertores de pluma y perfume a madera, para el caso de que no bastaran los de algodón egipcio que había en cama. En la ventana se agitaban cortinas de voile, sobre un asiento empotrado en la pared, forrado en raso. Las paredes estaban pintadas de rosa pálido y adornadas con acuarelas de flores y atardeceres. Al otro lado del cuarto había un tocador de roble, con espejo de marco dorado y cepillo y espejo de mano con base plateada. La tapa del vestidor estaba llena de muñequitas de Dresden. Scarlett se hubiera sentido como en su casa.
El asiento en la ventana había sido el motivo principal por el que Jeremy escogió este cuarto para mi. Eso y que los cerezos florecían justo debajo de la ventana. Parecía apropiadamente lindo y femenino. La verdad es que Jeremy no sabía nada de mujeres y esperar que me volviera loca por las flores de cerezo había sido el primero de muchos errores. No se podía esperar que supiera demasiado. Las mujeres cumplían un papel casi insignificante en mundo de los licántropos. El único motivo que tiene un licántropo para averiguar lo que piensa una mujer es encontrar la mejor manera de llevarla a la cama. La mayoría ni siquiera se moleta en averiguar eso. Si uno es diez veces más fuerte que la fabulosa pelirroja sentada junto al bar, por qué molestarse en comprar un trago. Ese es al menos el punto de vista de los que no forman parte de la Jauría. Los de la Jauría son más sutiles. Si un licántropo quiere vivir en un lugar, no puede mantener el hábito violar a una mujer cada vez que siente necesidad. Los licántropos de la Jauría incluso tienen amantes y novias, aunque nunca forman lo que los humanos llaman relaciones estables. Por supuesto que no se casan. Tampoco permiten a las mujeres criar a sus hijos. Es ley de la Jauría que todo hijo varón debe ser separado de su madre en la infancia y se deben cortar todos los lazos con ella. Así que no se podía esperar que Jeremy supiera demasiado acerca del sexo opuesto, puesto que se había criado en un mundo en el que las madres, hermanas y tías eran sólo palabras en un diccionario. Y no había mujeres lobo. Excepto yo, por supuesto. Cuando me mordieron, Jeremy esperaba encontrarse con una criatura infantil y dócil que tímidamente aceptaría su destino y se contentaría con un cuarto bonito y ropa linda. Si hubiese previsto el futuro, quizá me hubiera echado… o algo peor.
El que me mordió me había traicionado de la peor manera posible. Yo lo amé, confié en él y él me convirtió en un monstruo. Entonces me dejó con Jeremy. Decir que reaccioné mal es poco decir. Lo del cuarto no funcionó. En una semana Jeremy tuvo que encerrarme en una jaula. Mis Cambios se volvieron tan descontrolados como mis ataques de furia. Nada que Jeremy dijera hacía que yo lo escuchase. Lo odiaba. Era mi captor; el único al que podía culpar de todos mis tormentos, físicos y emocionales. Si la jaula era mi infierno, Jeremy era mi Satán.
Finalmente me escapé. Conseguí viajar a 'Toronto comprando el pasaje con lo único que tenía para dar a cambio: mi cuerpo. Pero a los pocos días de llegar comprendí que mi valoración de la jaula era totalmente inexacta. No era el infierno. Era sólo una estación de paso camino al infierno. Vivir sin límites e incapaz de controlar mis Cambios era el noveno círculo del infierno.
Empecé matando animales para sobrevivir, conejos, mapaches, perros e incluso ratas. Al poco tiempo perdí toda ilusión de controlarme y comencé a hundirme en la locura. Incapaz de razonar, apenas si podía pensar y sólo respondía a las urgencias de mi estómago. Los conejos y mapaches ya no bastaban. Comencé a matar gente. Luego del segundo asesinato, Jeremy me encontró, me llevó a casa y me entrenó. No volví a intentar escapar. Había aprendido la lección. Había cosas peores en el mundo que Stonehaven.
Me bajé de la cama y caminé por el piso de madera frío hasta la alfombra. Mi bolsa estaba abajo, pero no importaba. El vestidor y el ropero estaban llenos de ropa que había acumulado a lo largo de los años. Encontré jeans y una camisa y me los puse. No tenía ganas de peinarme, así que me hice una trenza.
Ya semipresentable abrí la puerta del cuarto y miré la puerta cerrada al otro lado del corredor. Los ronquidos de Clay lograban traspasar su puerta y yo me aflojé un poco.
Ese era un problema que quería evitar esta mañana.
Salí al corredor y pasé su puerta. En forma sorprendentemente abrupta se detuvieron los ronquidos. Maldiciendo, bajé los primeros escalones. La puerta de Clay se abrió con un crujido y luego escuché sus pies descalzos sobre el piso de madera. “No te detengas", me alerté. «No te detengas". Entonces por supuesto me detuve y me di vuelta.
Estaba parado arriba, y se veía suficientemente exhausto como para caer por la escalera. Sus rulos dorados estaban en desorden y aplastados con el sudor del sueño. Tenía una sombra de barba rubia. Sus ojos estaban abiertos a medias y se esforzaban por enfocarme. Llevaba sólo los calzoncillos blancos con huellas de zarpas negras que le compré para hacerle una broma durante uno de los períodos en que nos llevamos mejor hace unos años. Desperezándose, giró los hombros hacia atrás, exponiendo los músculos de su pecho.
– ¿Pasaste una mala noche vigilando mis rutas de escape? -pregunté.
Se encogió de hombros. Cuando yo tenía un mal día en Stonehaven, Clay se pasaba la noche haciéndome guardia. Como si yo fuera tan cobarde como para escabullirme por la noche. Bueno, es cierto que lo había hecho, pero no era ésa la cuestión.
– ¿Quieres que te acompañe a desayunar? -preguntó.
– No.
Otra vez se encogió de hombros adormilado. Dentro de unas horas no dejaría pasar el rechazo sin pelear. Carajo, en unas cuantas horas no se molestaría en preguntar si podía acompañarme. Seguí bajando. Di tres pasos, cuando se despertó de golpe, me siguió y me tomó del codo.
– Yo te preparo el desayuno -dijo-. Te veré en el porche. Quiero hablar contigo.
– No tengo nada que decirte, Clayton.
– Dame cinco minutos. Ya bajo.
Antes de que pudiera contesta; subió corriendo y desapareció en su cuarto. Podría haberlo seguido, pero hubiese significado seguirlo a su cuarto. Decididamente eso no era una buena idea.
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