Dejé de pensar en eso y fue junto al escritorio, para mirar la pila de papeles que había allí. «Las excavaciones revelan nuevos elementos del fenómeno Chavín» era el título de un artículo. Debajo asomaba otro referido a los antiguos cultos del jaguar de Chavín de Huántar. «Que interesante», bostecé. Aunque a muchos los sorprendía, Clay era en realidad un tipo brillante, que había sacado un doctorado en antropología. Se especializaba en religiones antropomórficas. O dicho de otro modo, estudiaba simbolismo de hombres bestia en las culturas antiguas. Se había ganado su reputación a base de investigación, ya que no le gustaba tratar directamente con el mundo humano, pero cuando consideraba necesario tomar contacto con el mundo académico, daba cursos breves. Así lo conocí.
Nuevamente traté de dejar de lado tales pensamientos. Dando la espalda a los papeles de Clay, me hundí en el sillón. Mirando en derredor, advertí que el cuarto se veía exactamente como yo lo había dejado hacía catorce meses. Recordé cómo era el estudio antes, lo comparé con lo que veía y no encontré una sola diferencia. No era posible. Jeremy redecoraba ese cuarto -y la mayor parto de la casa- tan a menudo que se bromeaba acerca de que si uno pestañaba ya había algo diferente. Clay dijo una vez que los cambios tenían que ver con malos recuerdos, pero no agregó nada más. Pero después de que Clay me trajera aquí, Jeremy me reclutó como asistente decoradora. Recuerdo haber pasado noches enteras estudiando catálogos, moviendo muebles y mirando catálogos de pintura. Al mirar el techo junto al hogar vi montículos endurecidos de pegamento del empapelado, que databan de una vez en que, demasiado cansados ya a las cuatro de la madrugada como para seguir empapelando las paredes, Jeremy y yo nos trenzamos en una dura batalla, arrojándonos grumos de una punta a la otra del cuarto.
Recordaba haber mirado esos montículos la última vez que estuve en el cuarto. Jeremy estaba parado frente al hogar, dándome la espalda. Cuando yo le contaba lo que había hecho, deseaba ansiosamente que él se diera vuelta y me dijera que estaba bien. Pero yo sabía que no era así. Era algo totalmente equivocado. Aún así quería que me dijera algo, cualquier cosa que me hiciera sentir mejor. Como no lo hizo, me fui, jurando no volver. Miré nuevamente los grumos de pegamento. Otra batalla perdida.
– Así que volviste… por fin.
La voz me hizo sobresaltar. Jeremy estaba en la puerta. Se había dejado una barba corta, cosa que sucedía cuando estaba demasiado concentrado en algo como para afeitarse y luego ya no quería arreglar el asunto. Lo hacía parecer mayor, aunque ni de lejos de su verdadera edad, cincuenta y un años. Como dije, envejecemos lentamente. Jeremy parecía promediar la treintena: su corte de pelo, que le llegaba hasta los hombros y estaba atado en la nuca, subrayaba esa ilusión de juventud. Era un estilo que había adoptado no por seguir la moda sino porque podía cortarse menos el pelo. Para Jeremy las idas al peluquero eran intolerables, de modo que Clay o yo se lo cortábamos, cosa que no soportaba más de unas cuantas veces al año. Cuando entró al cuarto, le cayó el pelo sobre los ojos, quitando toda austeridad a su rostro. Lo tiró hacia atrás, un gesto tan familiar que me hizo doler la garganta.
Miró en derredor.
– ¿Dónde está Clay?
Típico. Primero se enoja conmigo porque llegué tarde. Luego pregunta por Clay. Sentí dolor, pero lo rechacé. No es que esperara que me recibiera a los abrazos y a los besos. Ese no era el modo de ser de Jeremy, aunque hubiera estado bien que dijera «me alegro de verte o «¿qué tal el vuelo?"
– Escuchamos disparos en el bosque -dije. -Clay murmuró algo acerca de tumbas poco profundas y se fue.
– Estuve tres días tratando de contactarte.
– Estaba ocupada.
Hubo un tic en su mejilla. En Jeremy eso era el equivalente de un estallido emocional.
– Cuando te llamo, contéstame -dijo, con voz engañosamente suave-. No te llamaría si no fuera importante. Si llamo, contesta. Ese fije el arreglo.
– Correcto, ése fue el arreglo. Pasado. Nuestro arreglo terminó cuando dejé la Jauría.
– ¿Cuándo dejaste la Jauría? ¿Eso cuándo fue? Perdóname si me perdí algo pero no recuerdo haber hablado de tal cosa, Elena.
– Creí que nos entendíamos.
Clay entró al cuarto trayendo una bandeja con fiambres y queso. La dejó en el escritorio y me miró a mí y luego a Jeremy.
Jeremy continuó.
– ¿Así que ya no eres parte de la Jauría ahora?
– Correcto.
– ¿Entonces eres una de ellos, una piojosa?
– Por supuesto que no, Jer -dijo Clay, dejándose caer junto a mí en el sofá.
Me paré y fui junto a la chimenea.
– Bueno, ¿cómo es la cosa? -preguntó Jeremy atravesándome con la mirada-. ¿Jauría o no?
– Vamos, Jer -dijo Clay-. Sabes que no lo dijo en serio.
– Teníamos un arreglo Elena. No te contactaría si no te necesitara. Ahora te necesito y lloriqueas y te enojas porque tuve la desfachatez de recordarte tus responsabilidades.
– ¿Me necesitas para qué? ¿Para que me ocupe del callejero intruso? Ésa es tarea de Clay.
Jeremy sacudió la cabeza.
– No se usa dinamita para matar un ratón. Clay tiene sus puntos fuertes. La sutileza no es uno de ellos.
Clay me sonrió y se encogió de hombros. Yo desvié la mirada.
– ¿Entonces qué cosa tan importante hay para que me necesites? -pregunté.
Jeremy giró y fue hacia la puerta.
– Ya es tarde. Hablaremos por la mañana. Quizá estés menos agresiva después de dormir.
– ¡Un momento! dije, interponiéndome en su camino-. Dejé todo para venir aquí. Falté al trabajo, pagué un pasaje de avión y vine lo más rápido que pude porque nadie contestaba el maldito teléfono. Si te vas, no te prometo que vayas a encontrarme aquí por la mañana.
– Que así sea – Dijo Jeremy, su voz tan fría que me hizo tiritar-. Si decides irte, que Clay te lleve a Syracuse.
– Sí, seguro -dije -. Tendría más probabilidades de llegar al aeropuerto pidiendo que me llevara el psicópata local.
Clay sonrió.
– Te olvidas, querida, de que yo soy el psicópata local.
Murmuré que estaba de acuerdo. Jeremy no dijo nada, se quedó allí y esperó que me hiciera a un lado. Lo hice. Es difícil quebrar viejos hábitos. Jeremy salió del cuarto. Un minuto más tarde se cerró la puerta de su cuarto arriba.
– Hijo de puta arrogante -murmuré.
Clay se encogió de hombros. Estaba reclinado en su asiento, mirándome, con una sonrisa pensativa que me ponía nerviosa.
– ¿Qué carajo quieren? -dije
Su sonrisa se hizo más ancha con el destello de sus dientes blancos.
– A ti. ¿Qué otra cosa?
¿Dónde? ¿Aquí? ¿En el piso?
– No. Eso no. Aún no. Sólo lo mismo que quise siempre. Tú. Aquí. Para siempre.
Deseé que hubiera aceptado mi interpretación de sus palabras. Me miró nuevamente a los ojos.
– Me alegro de que volvieras, cariño. Te extrañé.
Casi me tropiezo al salir corriendo del cuarto.
Más allá de lo que hubiese dicho Jeremy, yo sabía que no debía intentar dejar la casa. Jeremy podía hacer de cuenta que no le importaba lo que yo hiciera, pero me detendría si intentaba irme sin escuchar lo que él me quería decir 'Tenía tres opciones. Primero, podía forzar la mano y tratar de irme. Segundo, podía subir a su cuarto y amenazar con irme si no me decía lo que sucedía. Tercero, podía ir a mi antiguo cuarto, dormir y averiguar por la mañana qué quería. Evalué las opciones. Ahora sería imposible conseguir un taxi para volver a Syracuse, dado que el servicio local había cerrado hacia más de una hora. Podía tomar uno de los autos y dejarlo en el aeropuerto, pero las posibilidades de que hubiera un vuelo a Toronto a las tres de la madrugada eran casi nulas y no me gustaba la idea de dormir en el aeropuerto. Tampoco me gustaba la idea de pelearme con Jeremy. Uno no peleaba con Jeremy Danvers; podía gritar y maldecirlo, pero él se quedaba parado con mirada inescrutable, esperando a que una se cansara, y luego con calma se negaba a discutir el asunto. Yo había encontrado la manera de superar sus defensas, pero me faltaba práctica. No, esta noche lucharía negándome a seguirles el juego. Me iría a dormir, arreglaría el asunto por la mañana y me iría. Así de simple.
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