Kelley Armstrong - Jauría

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Elena Michaels es una chica del siglo XXI: segura de sí misma, aguda e inteligente, dispuesta para la lucha. Y como toda mujer, también tiene sus secretos. Nada fuera de lo común, excepto que ella es realmente extraordinaria. De hecho, podría ser la más asombrosa de las mujeres. Porque Elena es la única mujer lobo en el mundo…
Diez años atrás, y contra su voluntad, su novio la transformó en loba. Algunos días Elena siente su doble naturaleza como un regalo del cielo, otros como una maldición. Hace un año decidió abandonar la protección de la Jauría, su familia lobo, y vivir como humana. Pero ahora, la Jauría está bajo la presión de una banda de hombres lobo que no demuestran ningún respeto por las viejas y buenas costumbres con sus salvajes asesinatos de personas inocentes. Elena deberá usar todos sus poderes para atrapar y destruir a los renegados antes de que ellos la destruyan. ¿Perderá definitivamente su lado humano? Es tiempo de decidir de qué lado pondrá su lealtad.
Jauría es un apasionante thriller que tiene una vuelta de tuerca sobrenatural tan peligrosamente excitante y seductora como su heroína.

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– 'Tu herida… eh… debe de estar mejor -dije-. Si fuiste a correr.

– A caminar. A correr no. Todavía no.

Se encogió de hombros y se sentó en la reposera frente a mí. Volví a tomar aire. Esto no estaba funcionando. No había manera de hacerlo.

– Lo que viste el otro día… -comencé. No dijo nada.

– Lo que me viste hacer…

– No vi nada -su voz era suave, apenas audible.

– Sé que sí y tenemos que hablar de eso. Me miró a los ojos.

– No vi nada

– Phiiip, sé…

– No. -Escupió la palabra, luego se contuvo y sacudió la cabeza -No recuerdo nada de ese día, Elena. 'Te fuiste a trabajar. Tu primo vino a buscarte. Otros dos hombres vinieron por ti. Alguien me apuñaló. Y luego no recuerdo nada.

Yo sabía que él me estaba mintiendo. Por la seguridad de la Jauría, tenía que continuar, Conseguir que él reconociera lo que había visto y encontrar la manera de explicárselo. Pero algo me decía que esto era mejor para Philip. Dejarlo que se lo explicara a su manera. Le debía eso.

– Me voy -dije.

Me puse de pie. No dijo nada Vi mis valijas apiladas en el corredor, junto a unas cajas que contenían sus cosas.

– Me voy a mudar cuando se termine el contrato de alquiler -dijo

– Yo -se frotó la nariz. -Te hubiese llamado a tu celular. Estaba… Preparándome para hacerlo.

– Lo siento.

– Lo sé. -Me miró a los ojos por primera vez desde que llegué y logró esbozar una sonrisa. -Aún así fue bueno. Un error, pero un error bueno. Si vuelves a Toronto algún día quizá -podrías buscarme. Podríamos tomar una copa

Asentí. Al tomar mis maletas, mi mirada se dirigió a la mesa del corredor.

– Está en el cajón – dijo Philip suavemente.

Me volví para decir algo, pero él iba hacia el dormitorio, dándome la espalda. Cerró la puerta.

– lo siento -susurré.

Abrí las puertas que daban a la calle y salí con dos maletas pequeñas. 1e había dicho a Philip que podía dar el resto a obras de caridad o arrojarlo a la basura o lo que quisiera. No había nada allí que yo necesitara. Sólo tomé las maletas para que no pensara que abandonaba mis cosas enojada. Había tina sola cosa que yo quería en el departamento. Lo que había sacado del cajón de la mesa del corredor. Aún lo tenía en mi mano. Al salir del edificio, me detuve, dejé las maletas en el suelo y abrí el puño. El anillo de matrimonio de Clay destelló bajo las luces de la calle.

Clay.

¿Qué iba a hacer con respecto a Clay?

Pese a todo lo que habíamos pasado aún no podía darle lo que él quería. No podía prometerle mi vida, jurar que estaría a su lado a cada momento, despierto o dormido, hasta que la muerte nos separase Pero lo amaba. Completamente. Ya no habría otros hombres en mi vida, otros amantes. Podía prometerle eso. En cuanto a lo demás, bueno, tendría que ofrecer lo que podía y esperar que fuera suficiente.

– Estás aquí.

Levanté la mirada bruscamente. Clay estaba parado bajo la inquieta luz amarillenta de un farol. Por un momento creí que era una alucinación mía. Entonces él avanzó, arrastrando la pierna izquierda, aún no recuperado del todo.

– ¿No leíste mi nota? -pregunté

– ¿Nota?

Sacudí la cabeza.

– No deberías estar aquí. Se supone que tienes que estar en cama.

– No podía dejarte ir. No hasta que hablara contigo.

Miré el equipaje a mis pies y advertí que él debía de pensar que yo estaba por entrar al departamento en vez de salir de él. Humm. Que no se diga que dejo pasar la oportunidad de sacarle todo el jugo a las cosas. Si, puedo ser cruel, incluso sádica a veces.

– ¿Y qué querías decirme? -pregunté.

Dio un paso hacia delante, me tomó del codo y se me acercó tanto que pude sentir los latidos de su corazón. Latía aprisa, pero eso podía ser por el esfuerzo, por el viaje

– Te amo. Sí, ya lo oíste un millón de veces, pero no sé qué que más decir -Alzó la mano y tocó mi mejilla. -Te necesito, cariño. Este año en que no estuviste fue un martirio. Decidí que cuando volvieras haría cualquier cosa para retenerte conmigo. Sin trucos. Sin escenas. Sé que no lo hice muy bien. Carajo, probablemente ni siquiera notaste el cambio. Pero lo intenté. Y lo seguiré intentando. Vuelve a casa conmigo. Por favor.

Lo miré a los ojos.

– ¿Por qué volviste al departamento?

Parpadeó.

– ¿ Como ?

– El día que te atacaron. Viste a Daniel y a Le Blanc subir al departamento, ¿verdad?

– Sí.

– Sabías que yo no estaba allí. Acababas de hablar por teléfono conmigo.

– Sí…

– Así que sabías que la única persona que estaba en el departamento era Philip. Pero subiste a tratar de protegerlo. ¿Por qué?

Clay vaciló y dijo luego:

– Porque sabía que era lo que tú querías que hiciera. -Me acarició la mejilla con el pulgar. -Sé que no es la repuesta que deseas. Sé que quieres que diga que tuve un ataque de conciencia y subí a salvar a Philip. Pero no puedo mentir. No puedo sentir lo que tú quieres que sienta. Hay cosas que no puedo cambiar. No me importaba que Philip muriera. Lo salvé porque sabía que si le pasaba algo, ibas a sentirte muy mal.

– Gracias -dije, besándolo.

– ¿Fue una buena respuesta? -apareció un esbozo de su vieja sonrisa sardónica en su voz y en sus ojos.

– Es lo mejor que puedo esperar. Ahora lo sé.

– ¿Te quedarás conmigo?

Le sonreí

– No pensaba dejarte, cosa que sabrías si te hubieras molestado en leer mi nota antes de venir corriendo hasta aquí para detenerme.

– Tú… -Se detuvo, lanzó la cabeza hacia atrás y se rió. Entonces me tomó en un abrazo y un beso que casi me matan. -Supongo que me lo merecía.

– Eso y más. -Sonreí y lo besé, luego me retiré para mirarlo un momento.

– ¿Qué pasa? -preguntó.

– Cuando te tenían secuestrado pensaba que esta historia no tendría un final del tipo "vivieron felices para siempre". Tal vez me equivoqué.

– ¿Felices para siempre? -sonrió-. ¿Para siempre?

– Bueno, quizá no para siempre. Quizá, felices para siempre por un tiempito.

– Podría aceptar eso.

– Felices para siempre por un día o dos. Como mínimo.

– ¿Un día o dos? -Hizo una mueca. -Yo pensaba un poco más. Por supuesto que no para siempre. Quizá sólo ocho o tal vez nueve décadas.

– No fuerces la cosa.

Rió y me alzó en otro abrazo.

– Vamos a trabajar en el asunto.

– Sí -dije, sonriéndole-. Estoy preparada para trabajar en eso.

Kelley Armstrong

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