Kelley Armstrong - Jauría

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Elena Michaels es una chica del siglo XXI: segura de sí misma, aguda e inteligente, dispuesta para la lucha. Y como toda mujer, también tiene sus secretos. Nada fuera de lo común, excepto que ella es realmente extraordinaria. De hecho, podría ser la más asombrosa de las mujeres. Porque Elena es la única mujer lobo en el mundo…
Diez años atrás, y contra su voluntad, su novio la transformó en loba. Algunos días Elena siente su doble naturaleza como un regalo del cielo, otros como una maldición. Hace un año decidió abandonar la protección de la Jauría, su familia lobo, y vivir como humana. Pero ahora, la Jauría está bajo la presión de una banda de hombres lobo que no demuestran ningún respeto por las viejas y buenas costumbres con sus salvajes asesinatos de personas inocentes. Elena deberá usar todos sus poderes para atrapar y destruir a los renegados antes de que ellos la destruyan. ¿Perderá definitivamente su lado humano? Es tiempo de decidir de qué lado pondrá su lealtad.
Jauría es un apasionante thriller que tiene una vuelta de tuerca sobrenatural tan peligrosamente excitante y seductora como su heroína.

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Le Blanc cerró de un portazo al salir.

– Ése sí que es un cachorro leal -dije, levantando la boca del suelo-. Sabes que trató de matarme en e] aeropuerto, antes de que me fuera a Toronto.

Un momento de silencio. Y entonces Daniel rió.

– Buen intento, Ele. ¿Tratas de dividirnos?

– No parece necesario.

– Vamos, vamos, Elena, -dijo Marsten, aplastándome más contra el piso-. Por más que admiremos esa lengua que tienes, no es el momento de usarla.

– No te olvides de quién está abajo -dijo Daniel-. Ahora no estás en condiciones de defenderlo.

Cerré la boca y calculé cuánto tiempo tardarían Jeremy, Antonio y Nick en llegar. Al menos quince minutos para despertarse, vestirse y meterse en el auto, otros treinta para llegar. Cuando volvió Le Blanc en diez minutos, supe que no había encontrado a nadie. La Jauría tardada al menos diez minutos más.

– No hay nadie -dijo le Blanc, sacudiéndose el barro de las botas.

– Toma el auto dijo Daniel-. Ve a dar una vuelta y asegúrate de que es así. Fíjate si hay un vehículo al costado del camino. Tendrían que venir en auto.

Por un momento Le Blanc no se movió. Pensé que le iba a decir a Daniel que se fuera al carajo. En cambio, tomó una campera y unas llaves y salió. Esta vez tardó al menos veinte minutos, tiempo en el cual ni Daniel ni Marsten dijeron una palabra. Cuando Le Blanc finalmente volvió, Logré girar la cabeza y lo vi sonriente.

– ¿Qué pasa? -dijo Daniel.

– Esto te va a encantan le caballería fue detenida. -Dirigió su sonrisa de tiburón hacia mí. -Están en Pinecrest, apenas saliendo de la carretera, disfrutando de la hospitalidad del departamento de policía local. Los pescó la policía. No sé por qué, pero están desarmando el auto pieza por pieza. ¿Qué te parece?

– Me parece que hablas pavadas -dije. Su sonrisa se hizo más ancha.

– Ford Exploror verde, ¿verdad? ¿Tres tipos? Los tres de pelo oscuro. Dos de más de un metro ochenta, delgados. El mayor más bajo que yo, de hombros anchos. Cuando pasé, el más joven trataba de huir hacia el bosque. Los policías lo agarraron y lo tenían tirado en el piso.

– Estupideces -dije.

Le Blanc rió.

– No tienes el mismo aire altanero de recién.

– Basta -lijo Marsten, poniéndome de pie de un tirón. -No los van a tener para siempre. -Me dobló los brazos detrás de la espalda y tomó Irás dos muñecas en una mano. -Tommy, trae a nuestro otro invitado arriba. Es hora de irnos.

Le Blanc se dio vuelta para mirarlo.

– ¿Irnos? ¿No era esto lo que querían? ¿Acabar con esta «Jauría»? Acá tenemos dos. Los últimos tres vienen en camino. Tres contra tres y ya sabemos que vienen. Tenemos la ventaja.

– Trae a Clayton arriba -dijo Daniel.

– ¿Qué carajo pasa? -Le Blanc miró a Marsten y a Daniel.

– Es el gran momento. El enfrentamiento decisivo. Hora de matar. No me digan que no les dan las pelotas.

– Tonemos más cerebro que pelotas -dijo Marsten-. Por eso seguimos con vida. Ahora ve a buscar a Clayton. Lo tenemos a él y tenemos a Elena. Eso garantiza que pronto podrás pelear, con la ventaja de nuestra parte.

Le Blanc miró con desprecio a Marsten y desapareció por un corredor lateral.

Yo apreté los dientes y me concentré en mi plan. ¿Estaban los otros realmente en manos de la policía? No lo creía. No podía creerlo. Pero había visto a la policía por ahí- ¿Si venían por la carretera a todo trapo con el mismo vehículo que tanto interesó a la policía el otro día…? ¿Por qué no alerté a Nick?

Bueno. Tranquila. Hora de pasar al plan B. Si tan sólo tuviera un plan B.

Mientras lo pensaba, Marsten me hizo girar Daniel estaba sentado en el apoyabrazos de una reposera que olía a humedad. Salieron dos figuras de otro cuarto. Una se tropezó. Vi un destello de rulos rubios cuando caía.

– ¡Clay!

Sin pensar, me lancé hacia él. Marsten, que aún me tenía por las muñecas, me tiró hacia atrás, tan fuerte que me dejó sin aire. Clay estaba de rodillas, con las manos atadas atrás. Con esfuerzo alzó la cabeza y me miró a los ojos. Por un segundo sus ojos trataron de ver. Entonces me reconoció en medio de la bruma de las drogas.

– No -susurró, su voz apenas audible-. No.

Se movió apenas. El pie de Le Blanc se alzó por detrás y lo pateó en la espalda, haciéndolo caer de cara al suelo.

– ¡No! grité.

Me lancé contra Le Blanc. Nuevamente Marsten me tiró hacia atrás y casi me dislocó los brazos. No me importó. Seguí tirando. Le Blanc tomó a Clay de las esposas y lo alzó.

– Déjalo allí. -dijo Marsten. Cuando Le Blanc pasó junto a él, Marsten le sacó algo de la cintura con su mano libre. Era el arma.

– ¿Nunca vas a dejar el chupete?

L e Blanc trató de tomar la pistola. Marsten la sostuvo fuera de su alcance.

– ¿Un hombre lobo con un arma de fuego? -dijo Marsten. Qué día triste. Qué idea brillante, Daniel. Convertir una parva de asesinos humanos en licántropos. ¿Por qué no se me ocurrió a mí? Quizá porque es… estúpido. Nunca vas a lograr que dejen las armas, Danny.

A mi izquierda podía oír respirar a Clay Me obligué a no mirarlo. Sólo unos minutos más. Mientras Marsten y Daniel discutían qué hacer, miré mi reloj subrepticiamente. Diez para las seis. Si la policía habla detenido a Jeremy, ¿cuánto tiempo lo retendrían? ¿Cuánto más tendríamos que esperar? Era todo lo que se ocurría como plan alternativo? ¿Aguardar a que vinieran en nuestra ayuda? No servía. Podían llevarlos a la comisaría y tenerlos allí horas. Jeremy estaría enloquecido, pero la única alternativa sería matar a los policías y no lo haría a menos que fuera absolutamente necesario. Sabría que Daniel nos tendría de rehenes a Clay y a mí. No nos mataría, al menos ahora mismo. Dado que el peligro no era inmediato, Jeremy esperaría a que terminaran los trámites policiales. Pero para cuando llegara, ya quizá no estuviéramos allí. Mejor dicho, no íbamos a estar. Daniel ya estaba tomando su billetera y las llaves de su auto.

Miré a Clay. Seguía tirado, de cara al suelo. Su espalda era una colcha de retazos de moretones violetas, amarillos y negros, con zonas rojas hinchadas y cortes. Su pierna izquierda estaba torcida hacia un lado, como si estuviera rota y lo hubiesen obligado a caminar. Su espalda subía y bajaba con movimientos leves. Lo miré y supe lo que tenía que hacer.

– Teníamos un trato -dije, dirigiéndome a Daniel-. Estoy aquí. Suéltalo.

Nadie contestó. Marsten y Daniel me miraron como si me hubiese vuelto loca. Hace una hora, ésta era exactamente la reacción que yo me había esperado. Pensaba aparecer en la puerta y entregarme a Daniel. Por supuesto que se sentirían conmocionados. En algún momento, entre la sorpresa y la eventual celebración, llegaría la Jauría. Mi versión del viejo truco del Caballo de Troya sólo que no había guerreros a la vista. El regalo estaba en el campo enemigo y no había modo de sacarlo de allí ahora.

– No… te… atrevas. -El susurro de Clay llegó desde el suelo.

Alzó la cabeza lo suficiente como para mirarme con odio. Yo desvié la mirada. Todos los demás lo ignoraron. Por primera vez en su vida, Clay estaba con un grupo de callejeros que no le prestaban atención. No sólo le habían quitado las fuerzas, sino también la dignidad. Era mi culpa. Se suponía que en Toronto yo debía permanecer cerca de él, pero no lo había hecho. ¿Qué fue lo que me distrajo tanto que dejé a Clay? Una propuesta de matrimonio de otro hombre. Mi estómago se tensó al recordarlo.

Me volví hacia Daniel.

– Me querías, me tienes. Querías a Clay de rodillas. Lo tienes. Ahora cumple tu parte del trato. Déjalo ir y me iré contigo ahora mismo. -Me esforcé por ver a Marsten. Trate de que deje a Clay aquí y tendrás tu territorio. Clay le dirá a Jeremy que hice el trato. El lo cumplirá.

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