Clay gruñó y me sacudió fuertemente, como si fuera una cachorra que se portara mal. Luego de hacerlo unas cuantas veces retrocedió. Me puse de pie con toda la dignidad que pude. Antes de que estuviera parada del todo, Clay me golpeó la cadera con el hocico. Me volví para dirigirle una mirada indignada. Me volvió a empujar en el sentido contrario al que quería ir. Le seguí el juego unos quinientos metros, luego me hice a un lado y traté de esquivarlo. En pocos segundos me alcanzó y sentí que lanzaba sus cien kilos sobre mi espalda y me tiraba sobre la tierra. Los dientes de Clay se hundieron en mi hombro, lo suficiente como para hacerme sangrar y que sintiera un fuerte dolor y conmoción. Esta vez no me dejó terminar de ponerme de pie que ya estaba arreándome de vuelta a la casa, mordiéndome las piernas traseras si daba señales de reducir la marcha.
Clay me llevó hasta el claro donde yo había Cambiado y Cambió al otro lado de la maleza. Mi Cambio fue más rápido que el primero. Pero Esta vez no necesitaba descansar. La furia me dio energía. Me puse la ropa, rasgándome la manga de la camisa. Luego salí del claro. Clay estaba allí, con los brazos cruzados, esperando. Por supuesto que estaba desnudo, su ropa abandonada en un claro más al interior del bosque. Desnudo, Clay era aún más perfecto que vestido, el sueño de un escultor griego hecho realidad. Viéndolo sentí el calor que recorría mi cuerpo, trayéndome recuerdos de otras corridas y su inevitable consecuencia. Maldije la traición de mi cuerpo y me acerqué a él.
– ¿Qué carajo estás haciendo? -grité
– ¿Yo? ¿Yo? Yo no soy el idiota que quiso correr hacia los hombres con armas. ¿En qué estás pensando Elena?
– No digas estupideces. Yo no saldría de nuestras tierras y tú lo sabes. Tenía curiosidad. No hace una hora que volví y ya estás poniéndome a prueba. Hasta qué punto puedes mandonearme, hasta qué punto puedes controlar…
– Esos cazadores estaban en nuestras tierras, Elena -la voz de Clay sonaba grave y sus ojos estaban clavados en los míos.
– Esti es una estup… -me detuve y estudié su rostro--. ¿Hablas en serio, verdad? ¿Cazadores? ¿En las tierras de Jeremy? ¿Los años ya te están atrofiando el cerebro?
Acusó el golpe más de lo que yo esperaba. Apretó los labios. Su mirada se endureció. Había ira allí, al borde de la explosión. La ira no iba dirigida contra mí, sino contra quienes se habían atrevido a invadir su santuario. Cada fibra de Clay se rebelaba contra la idea de permitir que hubiera hombres armados en las tierras pertenecientes a la casa. Sólo había una cosa que podría impedirle cazarlos: Jeremy. De modo que Jeremy debía haberle prohibido ocuparse de los intrusos, no sólo matarlos, sino incluso utilizar sus infames técnicas para asustarlos. El método usual de Clay de echar a los intrusos humanos. Dos generaciones de adolescentes locales en busca de lugares para hacer fiestas habían crecido transmitiéndose el cuento de que los bosques de Stonehaven estaban embrujados. Mientras los cuentos tuvieran que ver con fantasmas y no se hablara de licántropos, Jeremy lo permitía, incluso lo alentaba. Al fin de cuentas, permitir que Clay asustara a la gente local era más seguro y mucho menos problemático que otra alternativa. ¿Entonces por qué no se lo permitía Jeremy ahora? ¿Qué había cambiado?
– Debe estar adentro ahora -dijo Clay-. Ve y habla con él.
Se volvió para ir en busca de su ropa.
Al ir hacia la casa pensé en lo que había dicho el chofer del taxi. Perros salvajes. No había perros salvajes aquí. Los perros no se acercarían al territorio de los licántropos. Y los perros tampoco andaban matando mujeres jóvenes y sanas. Las pisadas inmensas de perro sen torno del cuerpo podían significar una sola cosa. Un licántropo. ¿Pero quién podría estar matando tan cerca de Stonehaven? La pregunta misma era tan increíble que no podía tener respuesta. Para un licántropo que no fuera de la Jauría sería suicida cruzar la frontera del estado de Nueva York. Los métodos de Clay para espantar a los intrusos eran tan conocidos que ninguno se había atrevido a acercarse a menos de ochenta kilómetros de Stonehaven en más de veinte años. Se cuenta que Clay desmembró al último licántropo intruso dedo a dedo, miembro por miembro, manteniéndolo vivo hasta el último momento posible, cuando le arranco la cabeza. En aquel entonces Clay tenía diecisiete años.
También era ridícula la idea de que Clay o Jeremy pudiesen ser responsables de semejante hecho. Jeremy no mataba. Eso no significa que no pudiera matar o que nunca sintiera el impulso de hacerlo, sino que simplemente entendía que canalizaba mejor su energía en otras cosas, así como un general debe renunciar al calor del combate y dedicarse a cuestiones de estrategia y conducción. Si había que matar a alguien, Jeremy ordenaba que otro lo hiciera. Incluso eso se hacía en casos extremos y rara vez se trataba de humanos. No importa cuál fuera la amenaza, Jeremy nunca ordenaría matar a un ser humano en su territorio. Y en cuanto a Clay, por más fallas que tuviera, matar a seres humanos por deporte no era una de ellas. Matarlos significaba tocarlos, caer en la indignidad de entrar en contacto físico con ellos, cosa que no hacía a menos que filera absolutamente necesaria.
Cuando volví a entrar en la casa, seguía en silencio. Fui de nuevo al estudio, el corazón de Stonehaven. Jeremy no estaba allí. Decidí esperar. Si estaba en la casa, me escucharía. Por una vez, él vendría a mí.
Jeremy gobernaba la Jauría con autoridad absoluta. Es la ley de los lobos salvajes, aunque no siempre fue la ley de la Jauría. A veces la historia de los Alfa de la Jauría hacía que parecieran civilizadas las batallas por la sucesión imperial en Roma. Un licántropo de la Jauría lograba tomar el mando, mantener su puesto de Alfa por unos meses, quizás incluso unos años, pero terminaba asesinado o ejecutado por uno de sus hermanos más ambiciosos, que ocuparía su lugar hasta que llegara su propio fin, generalmente no por muerte natural. Ser Alfa en la Jauría no tenía nada que ver con la capacidad de conducción, sino con el poder.
Para la segunda mitad del siglo veinte la Jauría se estaba desmembrando. El mundo posindustrial no trataba bien a los licántropos. Los bosques y las praderas cedían terreno a la extensión urbana. La gente en la sociedad moderna respetaba mucho menos que la de la Inglaterra feudal la privacidad de sus vecinos ricos que preferían vivir una vida retirada. La radio, la televisión y los diarios podían hacer correr por todo el mundo en pocas horas la noticia de que se había avistado un licántropo. Los nuevos métodos de trabajo de la policía permitían vincular asesinatos cometidos por un perro en Tallahasse con hechos similares sucedidos en Miami y Key West. El mundo comenzó a cercar a la Jauría. En vez de unirse para su mutua defensa, los miembros de la Jauría comenzaron a luchar entre sí, disputando cada vestigio de seguridad, incluso llegando a robar territorio a sus propios hermanos.
Jeremy cambió todo eso.
Aunque Jeremy nunca fue considerado el mejor luchador de la Jauría, poseía una fuerza que era aún más importante para la supervivencia y el éxito. Jeremy tenía absoluto autocontrol. El hecho de que pudiera dominar sus propios instintos e impulsos significaba que podía analizar racionalmente los problemas que enfrentaba la Jauría y manejarlos de modo racional, tomando decisiones que no respondieran a meros impulsos. A medida que las ciudades se fueron convirtiendo en tierras de humanos y cemento sin resquicios, mudó la Jauría al campo. Le enseñó a sus miembros a manejarse con los seres humanos, cómo ser parte del mundo y estar filera del mundo al mismo tiempo. Cuando las historias acerca de los licántropos comenzaron a difundirse cada vez más rápido y con mayor facilitad, ejerció su control no sólo sobre la Jauría, sino también sobre los licántropos que no eran miembros de ella. En el pasado se consideraba a los licántropos que no eran de la Jauría como ciudadanos de segunda. Bajo el reinado de Jeremy los licántropos que no eran de la Jauría no mejoraron su estatus, pero la Jauría descubrió que no podía darse el lujo de ignorarlos. Si un licántropo que no era de la Jauría creaba problemas en El Cairo, resonaba en Nueva York. La Jauría comenzó a llevar archivos de los licántropos que no eran miembros de ella, tomando conocimiento de sus hábitos y rastreándolos. Cuando un licántropo causaba problemas en cualquier lugar del mundo, la Jauría actuaba en forma rápida y concluyente. La pena por poner en peligro a la Jauría iba desde un llamado de atención, pasando por una golpiza, hasta una rápida ejecución. Bajo el reinado de Jeremy, la Jauría era más fuerte y estable que nunca nadie cuestionaba su liderazgo. Sabían que tenían algo bueno.
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