Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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– Pero voy a necesitar la información que usted me proporcione.

– Acabo de dársela -dijo Townsend-. Asegúrese de tener el contrato preparado para la firma en cuanto regrese.

– ¿Cuánto tiempo estará fuera? -preguntó Clive.

– Cuatro días. Cinco como máximo.

– ¿Cree que podrá conseguir todo lo que necesita en cinco días?

– Si no pudiera, tendré que dedicarme a la minería del carbón.

Una vez colgado el teléfono, Townsend regresó al dormitorio y tomó la maleta. Decidió no despertar a Susan; marcharse a Nueva York tan de improviso le exigiría muchas explicaciones. Le escribió una nota y se la dejó sobre la mesa del salón.

Al ver a Sam esperándole al final del sendero, Townsend no pudo evitar el pensar que él tampoco había dormido mucho aquella noche. Ya en el aeropuerto, le dijo que estaría de regreso en algún momento, a lo largo del viernes.

– No olvide que se casa el sábado, jefe.

– Ni siquiera yo podría olvidarme de eso -dijo Townsend-. No hay necesidad de preocuparse. Estaré de regreso por lo menos veinticuatro horas antes.

Ya en el avión, se quedó dormido momentos después de haberse abrochado el cinturón de seguridad. Al despertar, varias horas más tarde, ni siquiera recordaba adónde iba o por qué. Entonces, lo recordó todo. Él y su equipo de radio habían pasado varios días en Nueva York durante sus preparativos para presentar la oferta anterior para la franquicia de la red de radio, y ese año había efectuado otras tres visitas a la ciudad para llegar a acuerdos con redes y agencias estadounidenses que se habrían convertido inmediatamente en una programación en el caso de haber conseguido la franquicia. Ahora, pretendía aprovechar todo ese trabajo realizado previamente.

Un taxi le llevó desde el aeropuerto hasta el Pierre. A pesar de que estaban bajadas las cuatro ventanillas, Townsend ya se había quitado la corbata y desabrochado el cuello de la camisa mucho antes de llegar al hotel.

La recepcionista le dio la bienvenida como si hubiera hecho cincuenta viajes a Nueva York en ese año, y dio instrucciones a un mozo para que acompañara al señor Townsend a «su habitación habitual». Otra ducha, un nuevo cambio de ropa, un desayuno tardío y varias llamadas telefónicas fueron suficientes para que Townsend empezara a desplazarse por la ciudad, de un agente a otro, de una red de radio a otra, de un estudio a otro, en un intento por cerrar acuerdos durante los desayunos, almuerzos y cenas y, a veces, incluso a altas horas de la noche.

Cuatro días más tarde, había adquirido los derechos australianos para la mayoría de los mejores programas radiofónicos estadounidenses para la temporada, con opciones sobre ellos durante otros cuatro años. Firmó el último acuerdo apenas un par de horas antes de que su vuelo despegara de regreso a Sydney. Hizo la maleta, llena de ropa sucia, ya que no estaba de acuerdo en pagar facturas innecesarias de lavandería, y tomó un taxi al aeropuerto.

Una vez que despegó el avión se dedicó a redactar un artículo de quinientas palabras, a revisar sus párrafos y cambiar frases, hasta que quedó satisfecho con el resultado final para la primera página. Al aterrizar en Los Angeles, buscó el teléfono público más cercano y llamó a la oficina de Bruce Kelly. Le sorprendió no encontrar al director en su despacho. El subdirector le aseguró que todavía tenía tiempo para llegar a la edición final, y le dictó rápidamente el texto a una taquimecanógrafa. Mientras dictaba el artículo, se preguntó cuánto tiempo tardarían en llamarle por teléfono Hacker y Kenwright, rogándole llegar a un acuerdo, ahora que les había roto su querido cártel radiofónico.

Oyó su nombre, anunciado por los altavoces, y tuvo que correr para llegar a tiempo de tomar el avión, cuya puerta se cerró en cuanto él subió a bordo. Una vez instalado en su asiento, sus ojos no volvieron a abrirse hasta que el avión aterrizó en Sydney a la mañana siguiente.

Al llegar a la zona de recogida de equipaje, llamó a Clive Jervis mientras esperaba a que apareciera su maleta. Miró el reloj al escuchar la voz de Clive en el otro extremo de la línea.

– Espero no haberle sacado de la cama -le dijo.

– En absoluto, me estaba preparando para asistir a la boda -contestó el abogado.

Townsend ni siquiera le preguntó a qué boda se refería, ya que sólo le interesaba saber si Ampthill había firmado el contrato.

– Permítame decírselo antes de que me lo pregunte -empezó a informarle Clive-. Es usted ahora el orgulloso propietario del Wollongong Times , el Grand Hotel de Wollongong, dos minas de carbón y una emisora de radio conocida como la 2WW, que puede sintonizarse hasta Nowra por el sur y hasta las afueras meridionales de Sydney por el norte. Sólo espero que sepa en qué anda metido, Keith, porque yo no tengo ni la menor idea.

– Lea la primera página del Chronicle de esta mañana -le dijo Townsend-. Eso le permitirá comprenderlo.

– Nunca leo los periódicos el sábado por la mañana -dijo Clive-. Creo que tengo derecho a un día libre a la semana.

– Pero hoy es viernes -le recordó Townsend.

– Quizá sea viernes en Nueva York -replicó Clive-, pero le aseguro que aquí, en Sydney, es sábado. Me estoy preparando para verle en la iglesia dentro de una hora.

– Oh, Dios mío -exclamó Townsend.

Colgó el teléfono, echó a correr hasta la aduana sin preocuparse por recoger su maleta, y salió finalmente a la acera para encontrarse con Sam, que esperaba junto al coche, con aspecto ligeramente agitado. Townsend se metió de un salto en el asiento delantero.

– Creía que era viernes -dijo por toda explicación.

– No, señor, me temo que hoy es sábado -dijo Sam-. Y tiene usted previsto casarse dentro de cincuenta y seis minutos.

– Pero entonces no tengo tiempo de regresar a casa y cambiarme.

– No se preocupe -le tranquilizó Sam-. Heather se ha ocupado de dejarle todo lo que necesitará en el asiento de atrás.

Keith se volvió y encontró un montón de ropa, un par de gemelos de oro y un clavel rojo, todo perfectamente dispuesto para él. Se quitó rápidamente la chaqueta y empezó a desabrocharse los botones de la camisa.

– ¿Llegaremos a tiempo? -preguntó.

– Llegaremos a St. Peter cinco minutos antes de la hora prevista -contestó Sam, mientras Keith dejaba caer al suelo del asiento trasero la camisa del día anterior. Tras una pausa, el chófer añadió-: Siempre que no se produzca ningún atasco en el tráfico y encontremos en verde todos los semáforos.

– ¿De qué otra cosa debería preocuparme? -preguntó Keith haciendo un esfuerzo por introducir el brazo derecho en la manga de la camisa almidonada.

– Creo que entre Heather y Bruce se han ocupado de pensar en todo -le aseguró Sam.

Keith consiguió finalmente introducir el brazo por la manga correcta, y luego preguntó si Susan se daría cuenta de que acababa de regresar de viaje.

– No lo creo -contestó Sam-. Ha pasado los últimos días en casa de su hermana, en Kogarah, desde donde acudirá directamente a la iglesia. Ha llamado un par de veces esta mañana, pero le dije que estaba usted en la ducha.

– Me vendría bien una ducha.

– Habría tenido que llamarla por teléfono si no hubiera llegado usted en ese vuelo.

– Seguro, Sam. Esperemos que la novia llegue unos minutos tarde, como sucede tradicionalmente.

Keith se inclinó hacia atrás y tomó un par de pantalones grises a rayas, con los tirantes ya colocados, y que no se había puesto nunca.

Sam trató de ocultar un bostezo y Keith se volvió hacia él.

– ¿No me diga que ha estado esperándome en el aeropuerto durante las últimas veinticuatro horas?

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