Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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Continuó pasando las páginas hasta que su mirada se posó sobre una columna titulada: «Próximos acontecimientos». Su matrimonio con Susan dentro de seis días se presentaba como «la boda del año». El periódico anunciaba que estaría presente la flor y nata de la sociedad australiana, aparte del primer ministro y de sir Somerset Kenwright. Sería un día en el que Keith tendría que estar en Sydney desde la mañana hasta la noche, porque no tenía la intención de llegar tarde a su propia boda.

Pasó a la última página para comprobar qué se emitía por la radio. Victoria jugaba al críquet contra Nueva Gales del Sur, pero ninguna de las emisoras de radio se ocupaba de cubrir el partido, de modo que no podría seguirlo. Después de meses de forzar las cosas, de invertir en causas en las que no creía y de apoyar a políticos a los que despreciaba, Townsend no había logrado conseguir la franquicia de la nueva red de radio. Había estado presente en la galería de visitantes de la Cámara de Representantes para escuchar al director general de Correos anunciar que la franquicia había sido concedida a alguien que siempre había apoyado al Partido Liberal. Aquella misma noche el senador Hadley le confió a Townsend que el propio primer ministro había bloqueado personalmente su solicitud. Con la caída en las ventas del Continent , el dinero empleado inútilmente en asegurarse la franquicia de radio y su madre y Susan quejándose continuamente de que nunca le veían el pelo, este año no parecía que fuera a ser precisamente glorioso.

Una vez que el avión se detuvo ante la terminal del aeropuerto Kingsford-Smith, Townsend bajó corriendo la escalerilla, cruzó la pista, pasó por la terminal de llegadas y salió a la acera para encontrarse con Sam, que ya estaba de pie junto al coche, esperándole.

– ¿Qué es eso? -preguntó Townsend, que señaló un gran paquete elegantemente envuelto, en el asiento trasero.

– Es un regalo de cumpleaños para Susan. A Heather le pareció que quizá no encontraría usted nada apropiado en Canberra.

– Que Dios la bendiga -dijo Townsend.

Aunque Heather sólo llevaba cuatro meses con él, ya estaba demostrando ser una digna sucesora de Bunty.

– ¿Cuánto tiempo tardaremos en llegar allí? -preguntó Townsend con impaciencia, mirando su reloj.

– Si el tráfico se mantiene tan fluido como hasta ahora, no tardaremos más de veinte minutos.

Townsend procuró relajarse, pero no pudo evitar el pensar en el mucho trabajo que le quedaba por hacer antes de la boda. Ya empezaba a lamentar haberse comprometido a pasar una luna de miel de dos semanas.

El coche se detuvo finalmente ante una pequeña casa con terraza, en los barrios del sur. Sam se inclinó y le entregó el regalo a su jefe. Townsend sonrió, bajó del coche y corrió sendero arriba. Susan le abrió la puerta antes de que él llamara. Estaba a punto de discutir de nuevo con él, cuando Keith le dio un prolongado beso y le entregó el paquete. Susan sonrió y lo condujo hasta el salón, donde en ese momento acababan de entrar el pastel de cumpleaños.

– ¿Qué hay dentro? -preguntó ella, agitando el paquete como una niña.

Townsend se detuvo a tiempo, antes de contestar: «No tengo la menor idea», y consiguió decir:

– No te lo voy a decir, pero creo que te gustará lo que he elegido.

Casi estuvo a punto de decir «el color».

La besó en la mejilla y tomó asiento en la silla vacía situada entre la hermana y la madre de Susan. Todos la miraron, mientras ella empezaba a desenvolver el paquete. Keith esperó con la misma expectativa que todos los demás. Susan levantó la tapa y extrajo un largo abrigo de cachemira, de color azul claro, que había visto por primera vez en Farmers hacía más de un mes. Casi podría haber jurado que en aquella ocasión no estaba acompañada por Keith.

– ¿Cómo sabías que éste es mi color favorito? -le preguntó.

Keith no tenía ni la menor idea, pero sonrió como si guardara un secreto y volvió su atención al trozo de tarta sobre el plato colocado ante él. El resto de la comida se dedicó a revisar los planes de boda, y Susan le advirtió que el discurso que pronunciaría Bruce Kelly durante la recepción no debía seguir en modo alguno la misma vena que los editoriales del periódico.

Después del almuerzo, Susan ayudó a su madre y a su hermana a recoger la mesa, mientras los hombres se sentaban junto a la radio, en el salón. A Keith le sorprendió comprobar que el partido de críquet se retransmitía.

– ¿Qué emisora estamos sintonizando? -le preguntó al padre de Susan.

– La 2WW de Wollongong.

– Pero no se puede sintonizar la 2WW en Sydney.

– Se puede, en los barrios del sur -replicó él.

– Wollongong es una ciudad pequeña y poco importante, ¿verdad? -preguntó Keith.

– En mi adolescencia lo era. Sólo tenía dos minas de carbón y un hotel. Pero su población se ha duplicado en los diez últimos años.

Keith prestó atención a los comentarios del partido, pero su mente ya estaba en Wollongong. En cuanto le pareció prudente, se dirigió a la cocina, donde encontró a las mujeres sentadas alrededor de la mesa, hablando todavía de la boda.

– Susan, ¿viniste con tu coche? -preguntó Keith.

– Sí, llegué anoche y me he quedado a dormir.

– Estupendo. Le pediré a Sam que le lleve ahora a casa. Me siento un poco culpable por tenerlo pendiente de mí durante tanto tiempo. ¿Te veré dentro de una hora?

La besó en la mejilla y se volvió para marcharse. Ya había descendido la mitad del sendero antes de que Susan se diera cuenta de que habría podido despedir a Sam hacía horas, porque ambos podrían haber regresado en su coche a casa.

– ¿De regreso a Darling Point, jefe?

– No -contestó Keith-. A Wollongong.

Sam hizo girar el coche trazando un círculo y al llegar al final de la calle giró a la izquierda para unirse al tráfico de la tarde que salía de Sydney por la Princes Highway. Keith sospechaba que aunque le hubiera dicho «a Wagga Wagga» o «a Broken Hill», Sam ni siquiera habría enarcado una ceja.

Pocos momentos después, Keith se había quedado dormido, con la sensación de que aquel viaje sería probablemente una pérdida de tiempo. Al pasar ante un cartel que decía: «Bienvenido a Wollongong», Sam dobló bruscamente en la siguiente esquina, lo que despertó al jefe.

– ¿Quiere ir a algún sitio en particular? -preguntó-. ¿O quiere comprar ahora una mina de carbón?

– No, en realidad, ando buscando una emisora de radio -contestó Keith.

– Entonces supongo que tiene que estar cerca de esa gran antena que sobresale por ahí -dijo Sam.

– Apuesto a que ganó un premio por observador cuando estuvo en los exploradores.

Pocos minutos más tarde, Sam se detuvo ante un edificio que mostraba un cartel de desvaídas letras blancas sobre su techo de plancha ondulada. El cartel indicaba: «2WW».

Townsend bajó del coche, subió los escalones, empujó la puerta y entró en un pequeño despacho. La joven recepcionista dejó la labor de punto que hacía y levantó la mirada.

– ¿En qué puedo servirle? -le preguntó.

– ¿Sabe usted quién es el propietario de esta emisora? -le preguntó Townsend.

– Sí, lo sé -contestó ella.

– ¿Y quién es? -preguntó Townsend.

– Mi tío.

– ¿Y quién es su tío?

– Ben Ampthill -contestó mirándole fijamente-. No es usted de por aquí, ¿verdad?

– No, no lo soy -admitió Townsend.

– No creía haberle visto antes.

– ¿Sabe usted dónde vive?

– ¿Quién?

– Su tío, claro.

– Sí, claro que lo sé.

– ¿Y le parece que sería posible que me dijera dónde? -preguntó Townsend, que hacía grandes esfuerzos para que su voz no sonara exasperada.

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