Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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– ¿Qué le dijo? -preguntó Armstrong.

– Que nosotros no hemos tenido ningún problema desde que usted se hizo cargo de todo -contestó Arno.

Armstrong sonrió y se levantó de la silla.

– Si mañana no logran salir tampoco a la calle -dijo Arno cuando Armstrong ya se dirigía hacia la puerta-, tendremos que tirar por lo menos cuatrocientos mil ejemplares.

Armstrong cerró la puerta tras él y repitió:

– Qué extraordinaria mala suerte.

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El controvertido diseño de Dane gana el concurso para el Teatro de la Ópera - фото 16
El controvertido diseño de Dane gana el concurso para el Teatro de la Ópera

– Pero si apenas te he visto desde que anunciamos nuestro compromiso -dijo Susan.

– Estoy tratando de sacar adelante un periódico en Adelaida y otro en Sydney -le recordó Keith, que se volvió a mirarla-. Y no es posible estar en dos sitios a la vez.

– Últimamente tampoco te es posible estar mucho tiempo en un sitio -replicó Susan-. Y si te apoderas de ese periódico dominical en Perth, como intentas hacer, por lo que vengo leyendo, ni siquiera podré verte los fines de semana.

Keith comprendió que no era el momento adecuado para decirle que ya había cerrado el trato con el propietario del Perth Sunday Monitor . Se levantó de la cama sin hacer ningún comentario.

– ¿Y adónde vas ahora? -le preguntó antes de que desapareciera en el cuarto de baño.

– Tengo un desayuno de trabajo en la ciudad -gritó Keith desde el otro lado de la puerta cerrada.

– ¿Un domingo por la mañana?

– Era el único día en que él podía verme. Ese hombre ha venido especialmente en avión desde Brisbane.

– Pero íbamos a pasar el domingo navegando, ¿o es que también se te había olvidado eso?

– Claro que no lo había olvidado -contestó Keith, que salió del cuarto de baño-. Precisamente por eso acordé un desayuno de trabajo. Regresaré antes de que estés preparada para salir.

– ¿Como sucedió el domingo pasado?

– Eso fue diferente -intentó explicar Keith-. El Perth Monitor es un periódico dominical, y si voy a comprarlo, ¿de qué otra forma puedo descubrir cómo es si no estoy allí el día que sale?

– ¿De modo que lo has comprado? -preguntó Susan.

Keith se puso los pantalones y se volvió a mirarla tímidamente.

– Sí, hemos llegado a un acuerdo legal. Pero el periódico cuenta con un equipo directivo de primera clase, de modo que no habrá razones para que vaya a Perth con tanta frecuencia.

– ¿Y el personal editorial? -preguntó Susan mientras Keith se ponía una chaqueta deportiva-. Si éste sigue la misma pauta que todos los demás periódicos de los que te has apoderado, vivirás encima de ellos durante los seis primeros meses.

– No, las cosas no serán tan malas, te lo prometo -le aseguró Keith-. Tú procura estar preparada para marcharnos en cuanto regrese. -Se inclinó sobre ella y la besó en la mejilla-. No debería ser más de una hora, dos como máximo.

Cerró la puerta del dormitorio antes de que ella tuviera la oportunidad de hacer ningún otro comentario.

Una vez que Townsend se instaló en el asiento delantero del coche, el chófer hizo girar la llave de contacto.

– Dígame, Sam, ¿le incordia mucho su mujer por las horas que tiene que trabajar para mí?

– Sería muy difícil decirlo, señor, ya que últimamente ha dejado de hablarme.

– ¿Cuánto tiempo llevan casados?

– Once años.

Decidió no hacerle a Sam más preguntas sobre el matrimonio. Mientras el coche se dirigía a la ciudad, trató de apartar a Susan de sus pensamientos, y procuró concentrarse en la reunión que estaba a punto de celebrar con Alan Rutledge. No lo conocía, pero todos los que trabajaban en el mundo del periodismo conocían la fama de Rutledge como periodista ganador de premios, y como un hombre capaz de tumbar a cualquiera bebiendo. Para que la última idea de Townsend tuviera posibilidades de éxito necesitaba a alguien con la capacidad de Rutledge para hacerla despegar.

Sam giró por Elizabeth Street y se detuvo ante la entrada del Town House Hotel. Townsend sonrió al ver el Sunday Chronicle situado en lo alto de la estantería del quiosco de prensa, y recordó su artículo de fondo de esa mañana. Una vez más, el periódico les decía a sus lectores que había llegado el momento para que el señor Menzies abandonara el cargo y dejara paso a un hombre más joven y más en sintonía con las aspiraciones de los australianos modernos.

– Tardaré aproximadamente una hora. Dos como máximo -dijo Townsend al detenerse el coche junto a la acera.

Sam sonrió para sus adentros mientras su jefe bajaba del coche, empujaba las puertas giratorias de entrada al hotel y desaparecía en su interior.

Townsend cruzó rápidamente el vestíbulo y entró en la sala de desayunos. Miró a su alrededor y vio a Alan Rudedge sentado a solas en una mesa situada junto a la ventana. Fumaba un cigarrillo y leía el Sunday Chronicle .

Se levantó en cuanto Townsend se dirigió hacia la mesa. Se estrecharon la mano formalmente y Rutledge dejó el periódico a un lado.

– Veo que sigue llevando al Chronicle hacia la parte más baja del mercado -le dijo con una sonrisa. Townsend miró el titular: «Cabeza disecada encontrada en lo alto de un autobús de Sydney»-. Yo diría que no es un titular que siga la tradición de sir Somerset Kenwright.

– No -admitió Townsend-, pero tampoco lo son los beneficios. Ahora vendemos cien mil ejemplares diarios más de los que se vendían cuando él era el propietario, y los beneficios han aumentado en un 17 por ciento. -Levantó la mirada hacia la camarera que acababa de llegar-. Sólo café para mí, y quizá una tostada.

– Espero que no pensará pedirme que sea el próximo director del Chronicle -dijo Rudedge, que encendió otro cigarrillo marca Turf.

Townsend miró el cenicero que estaba sobre la mesa, y observó que éste era el cuarto que fumaba Rutledge desde que llegara a la mesa.

– No -dijo Townsend-. Bruce Kelly es el hombre adecuado para el Chronicle . Lo que tengo en mente para usted es algo mucho más apropiado.

– ¿Y qué sería eso? -preguntó Rudedge.

– Un periódico que ni siquiera existe todavía, excepto en mi imaginación -contestó Townsend-. Pero le necesito para que me ayude a crearlo.

– ¿Y en qué ciudad ha pensado para ello? -preguntó Rudedge-. La mayoría de ellas ya tienen demasiados periódicos, y en las que no los tienen se ha creado un monopolio virtual. Ningún ejemplo mejor de ello que Adelaida.

– No puedo estar en desacuerdo con eso -admitió Townsend mientras la camarera le servía una taza de café humeante-. Pero lo que este país no tiene por el momento es un periódico nacional para todos los australianos. Quiero crear un periódico que se llame Continent , que se venderá desde Sydney a Perth y en todas las ciudades intermedias. Quiero que sea el Times de Australia, y que todo el mundo lo considere como el periódico de mayor calidad de Australia. Y, lo que es más importante, quiero que sea usted su primer director.

Alan respiró profundamente y no dijo nada durante un rato.

– ¿Dónde tendría su sede? -preguntó al fin.

– En Canberra. Tiene que partir de la capital política, donde se toman las decisiones que afectan al país. Nuestra principal tarea será contratar a los mejores periodistas disponibles. Es ahí donde entra usted en juego, porque es mucho más probable que acepten participar si saben que va a ser usted el director.

– ¿En cuánto tiempo cree que se puede organizar todo? -preguntó Rudedge, que aplastó su quinto cigarrillo.

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