Cuando el campeón de los pesos pesados del regimiento, un hombre de cien kilos de peso, subió al cuadrilátero por entre las cuerdas, el instructor no pudo encontrarle un sparring adecuado, de modo que el campeón tuvo que contentarse con golpear el saco, que le sujetaba el soldado más corpulento disponible. Pero nadie podía sostener por mucho tiempo el abultado saco, y después de que varios hombres quedaran agotados, el campeón empezó a boxear con su sombra, mientras su entrenador lo animaba a dejar fuera de combate a un oponente invisible.
Lubji observó impresionado, hasta que entró en el gimnasio un hombre delgado de algo más de veinte años, con una estrella en la hombrera, que parecía como si acabara de salir de la escuela. Lubji se apresuró a continuar con su trabajo de desplegar sillas. El teniente Wakeham se detuvo junto al cuadrilátero y frunció el ceño al ver al campeón de pesos pesados luchar contra su propia sombra.
– ¿Qué problema hay, sargento? ¿No encuentra a nadie que le sirva de sparring a Matthews?
– No, señor -fue la inmediata respuesta-. Nadie que no tenga el peso adecuado resistiría más de un par de minutos con él.
– Es una pena -comentó el teniente-. Se va a oxidar un poco si no entrena en una verdadera competición. Procure encontrar a alguien que esté dispuesto a librar un par de asaltos con él.
Al oírlo, Lubji dejó caer la silla que desplegaba y corrió hasta el cuadrilátero. Saludó al teniente y dijo:
– Yo puedo enfrentarme a él durante todo el tiempo que quiera, señor.
El campeón lo miró desde lo alto del cuadrilátero y se echó a reír.
– Yo no boxeo con culíes -dijo-. O con señoritas del ejército de tierra, que viene a ser lo mismo.
Sin pensárselo dos veces, Lubji subió al ring, preparó los puños y avanzó hacia el campeón.
– Está bien, está bien -intervino el teniente Wakeham, que miró a Lubji-. ¿Cómo se llama?
– Soldado Hoch, señor.
– De acuerdo, vaya a cambiarse. Encuentre unos calzones cortos de gimnasia y pronto veremos cuánto tiempo le resiste a Matthews.
Cuando Lubji regresó, pocos minutos más tarde, Matthews seguía boxeando con su sombra. Ignoró a su oponente cuando éste subió al cuadrilátero. El entrenador ayudó a Lubji a ponerse los guantes.
– Bien, veamos de qué madera está hecho, Hoch -dijo el teniente Wakeham.
Lubji avanzó osadamente hacia el campeón del regimiento y, cuando todavía se encontraba a un paso de distancia, recibió un golpe lateral en la nariz. Matthews hizo una finta a la derecha y luego lanzó firmemente uno de los guantes contra el centro de la cara de Lubji.
Lubji retrocedió, tambaleante, rebotó contra las cuerdas y salió despedido hacia el campeón. Apenas si pudo agacharse para evitar un segundo puñetazo que pasó rozando sobre su hombro, pero no tuvo tanta suerte con el siguiente, que le dio directamente en la barbilla. Sólo duró unos pocos segundos más antes de caer por primera vez sobre la lona. Al final del asalto, tenía la nariz rota y un corte en la ceja, que arrancó risotadas de sus camaradas, que habían dejado de colocar sillas para asistir al espectáculo gratuito desde las filas del fondo del gimnasio.
Una vez que el teniente Wakeham puso fin a las carcajadas, le preguntó a Lubji si había subido antes a un cuadrilátero de boxeo. El joven negó con un gesto de la cabeza.
– Bueno, con un entrenamiento adecuado quizá pueda ser de utilidad. Deje de hacer las obligaciones que se le hayan asignado por el momento y, durante las dos próximas semanas, preséntese cada mañana al gimnasio a las seis. Estoy seguro de que podremos sacar mejor partido de usted que dedicarlo a colocar sillas.
Al llegar la época de celebración de los campeonatos nacionales, los otros culíes habían dejado de reír. Hasta Matthews tuvo que admitir que Hoch era mucho mejor sparring que un saco de boxeo, y que bien pudiera haber sido ésa la razón por la que consiguió llegar hasta la semifinal.
A la mañana siguiente después de terminado el campeonato, Lubji fue destinado a sus deberes habituales. Empezó por ayudar a desmantelar el cuadrilátero y a llevar las sillas al teatro. Estaba enrollando una de las colchonetas de goma, cuando un sargento entró en el gimnasio, miró a su alrededor y gritó:
– ¡Och!
– ¿Señor? -contestó Lubji, que se puso firmes.
– ¿Es que no sabe leer las órdenes de la compañía, Och? -le gritó el sargento desde el otro extremo del gimnasio.
– Sí, señor. Quiero decir, no, señor.
– Aclárese, Och, porque tenía que haberse presentado ante el oficial de reclutamiento del regimiento hace quince minutos -dijo el sargento.
– No sabía… -empezó a decir Lubji.
– No quiero escuchar sus excusas, Och -bramó el sargento-. Sólo quiero ver cómo empieza a moverse a paso ligero. -Lubji salió disparado del gimnasio sin tener ni la menor idea de adónde ir. Llegó junto al sargento, que se limitó a decirle-: Sígame, Och, pronto .
– Pronto -repitió Lubji.
Era la primera palabra nueva que aprendía en varios días. Su vocabulario era ahora muy completo.
El sargento cruzó con rapidez el terreno de formación y dos minutos más tarde un Lubji con la respiración entrecortada se encontraba ante el oficial de reclutamiento. El teniente Wakeham también había regresado a sus ocupaciones habituales. Aplastó sobre el cenicero el cigarrillo que estaba fumando.
– Hoch -dijo Wakeham una vez que Lubji se puso firmes y le saludó-, le he recomendado para que sea transferido al regimiento, como soldado raso.
Lubji permaneció inmóvil, tratando de recuperar la respiración.
– Sí, señor. Gracias, señor -dijo el sargento.
– Sí, señor. Gracias, señor -repitió Lubji.
– Bien -dijo Wakeham-. ¿Alguna pregunta?
– No, señor. Gracias, señor -respondió el sargento de inmediato.
– No, señor. Gracias, señor -repitió Lubji-. Excepto…
El sargento frunció el ceño.
– ¿Sí? -preguntó Wakeham, que levantó la mirada.
– ¿Significa eso que tendré la oportunidad de matar alemanes?
– Si es que no le mato yo primero, Och -dijo el sargento.
El joven oficial sonrió.
– Sí, eso es lo que significa -contestó-. Lo único que tenemos que hacer ahora es rellenar un formulario de reclutamiento. -El teniente Wakeham hundió la plumilla en el tintero y miró a Lubji-. ¿Cuál es su nombre completo?
– Está bien, señor -dijo Lubji, que se adelantó para tomar la plumilla-. Yo mismo puedo rellenar el formulario.
Los dos hombres le observaron mientras él rellenaba los pequeños cajetines, antes de firmar con una fioritura al pie de la página.
– Muy impresionante, Hoch -dijo el teniente una vez que hubo comprobado el formulario completado-. Pero ¿me permite darle un consejo?
– Sí, señor. Gracias, señor -contestó Lubji.
– Quizá haya llegado el momento de que se cambie el nombre. No creo que llegue muy lejos en el regimiento North Staffordshire con un apellido como Hoch.
Lubji vaciló, bajó la mirada hacia la mesa situada ante él y se fijó en el paquete de cigarrillos que mostraba el famoso emblema de un marinero barbudo que le miraba desde el paquete. Se inclinó, trazó una línea para tachar el nombre «Lubji Hoch» y puso en su lugar: «John Player».
En cuanto quedó ataviado con su nuevo uniforme, lo primero que hizo el soldado raso Player, del regimiento North Staffordshire, fue contonearse por entre los barracones y saludar a todo lo que se moviera.
Al lunes siguiente fue enviado a Aldershot, para iniciar un período de entrenamiento básico de doce semanas. Todavía se levantaba cada mañana a las seis, y aunque la calidad de la comida no mejoró, tenía al menos la sensación de estar siendo entrenado para hacer algo que valiera la pena: matar alemanes. Durante el tiempo que pasó en Aldershot dominó el rifle, la ametralladora Sten, la granada de mano, la brújula, la lectura de mapas, tanto de día como de noche. Era capaz de marchar lentamente y a paso ligero, nadar una milla y pasarse tres días sin avituallamiento. Tres meses más tarde, cuando regresó al campamento, el teniente Wakeham no dejó de observar un cierto aire londinense de los barrios bajos en el inmigrante procedente de Checoslovaquia y, al leer los informes, no le sorprendió descubrir que el último recluta del regimiento había sido recomendado para un rápido ascenso.
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