Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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Llamó por teléfono a su madre para asegurarle que estaba convencido de haberlo hecho todo lo bien que esperaba, y que si no conseguía un puesto en Oxford no podría achacarle la culpa a su mala suerte con las preguntas.

– Tampoco yo me quejaré -fue la respuesta inmediata de su madre-. Pero tengo un consejo que darte, Keith. Procura no cruzarte con tu padre durante unos pocos días más.

El anticlímax que siguió a la terminación de los exámenes fue algo inevitable. Mientras Keith esperaba a saber los resultados, dedicó parte de su tiempo a tratar de conseguir los últimos y pocos cientos de libras que faltaban para completar la suma requerida para la construcción del nuevo pabellón, una parte de la misma en el hipódromo, mediante pequeñas apuestas hechas con su propio dinero, y otra parte gracias a la noche pasada con la esposa de un banquero, que terminó por entregarle cincuenta libras.

El último lunes del trimestre, el señor Jessop, durante su reunión semanal con los profesores, les informó que St. Andrew continuaba con su gran tradición de enviar a sus mejores estudiantes a Oxford y a Cambridge, manteniendo así el vínculo con aquellas dos grandes universidades. Luego, leyó en voz alta los nombres de los que habían conseguido plaza:

Alexander, D. T. L.

Tomkins, C.

Townsend, K. R.

– Un mierda, un empollón y una estrella, aunque no necesariamente por ese mismo orden -dijo el director en voz baja.

SEGUNDA EDITIÓN

El botín para el vencedor

9

Los desembarcos en Normandía tienen éxito Cuando Lubji Hoch terminó de contar - фото 9
Los desembarcos en Normandía tienen éxito

Cuando Lubji Hoch terminó de contar su historia ante el tribunal, todos sus miembros lo miraron con incredulidad. O era una especie de superman, o un embustero patológico, y no podían decidir cuál de las dos cosas.

El traductor checo se encogió de hombros.

– Algo de esto tiene sentido -le dijo al oficial investigador-, pero tanto me parece un poco exagerado.

El presidente del tribunal consideró por unos momentos el caso de Lubji Hoch y luego decidió la solución más fácil.

– Enviarlo al campo de internamiento… y volveremos a verlo dentro de seis meses. Entonces podrá volver a contarnos su historia, y sólo tendremos que comprobar cuántas cosas han cambiado.

Lubji asistió a las sesiones del tribunal sin comprender una sola palabra de lo que dijo el presidente, pero esta vez, al menos, le proporcionaron los servicios de un intérprete, de modo que pudo seguir todo el procedimiento. Durante el viaje de regreso al campo de internamiento, tomó una decisión. Cuando revisaran su caso, al cabo de seis meses, no necesitaría que nadie tradujera sus palabras.

Eso, sin embargo, no resultó ser tan fácil como había imaginado, porque una vez de regreso en el campo, al encontrarse entre sus compatriotas, ninguno de ellos mostró el menor interés por hablar otro idioma que no fuera el checo. De hecho, lo único que le enseñaron fue a jugar al póquer y no tardó mucho tiempo en derrotarlos a todos en su propio juego. La mayoría de ellos imaginaban que regresarían a su país, una vez terminada la guerra.

Lubji era el primer internado en levantarse por la mañana, y molestaba permanentemente a sus compañeros al tratar de superarles a cada uno de ellos, trabajar más que ninguno y aventajarlos en todo lo posible. La mayoría de los checos lo consideraban como poco más que un rufián ruteno, pero puesto que ahora ya se había convertido en un joven corpulento, de más de un metro ochenta de estatura, y seguía creciendo, ninguno de ellos se atrevió a expresar ningún tipo de opinión delante de él.

Ya había transcurrido una semana desde que regresara al campo cuando se dio cuenta por primera vez de la presencia de aquella mujer. Volvía a su barracón, después del desayuno cuando vio a una mujer vieja que empujaba una bicicleta cargada de periódicos, colina arriba. Al cruzar las puertas de entrada al campo, no pudo distinguir su rostro con claridad, porque llevaba una bufanda sobre la cabeza, como forma de protegerse del cortante viento. Empezó a repartir los periódicos, primero en el cuarto de oficiales y luego, una tras otra, en las pequeñas casetas ocupadas por los suboficiales. Lubji rodeó el terreno donde formaban filas y empezó a seguirla, con la esperanza de que aquella persona pudiera ser la que le ayudara. Cuando la bolsa que llevaba sobre el manillar de la bicicleta quedó vacía, la mujer se dirigió hacia las puertas del campo. Al pasar junto a Lubji, él la saludó.

– Hola.

– Buenos días -contestó ella.

Montó en la bicicleta y cruzó las puertas, para desaparecer colina abajo sin decir nada más.

A la mañana siguiente, Lubji no se molestó en acudir a desayunar y permaneció junto a las puertas del campo, sin dejar de mirar colina abajo. Al verla empujar la bicicleta cargada por la cuesta, echó a correr hacia ella, antes de que el guardia de la puerta pudiera detenerle.

– Buenos días -le dijo, y le tomó la bicicleta para ayudarla a subir los últimos metros.

– Buenos días -contestó ella-. Soy la señora Sweetman. ¿Qué tal andamos hoy?

Lubji se lo habría dicho, si hubiera tenido la más ligera idea de cómo expresarlo.

Mientras la mujer efectuaba sus rondas, él la ayudó ávidamente a efectuar las entregas. Una de las primeras palabras que aprendió en inglés fue «periódico». Después de eso, se impuso a sí mismo la tarea de aprender diez palabras nuevas al día.

Al final del mes, el guardián del campo ni siquiera parpadeaba cuando Lubji pasaba cada mañana junto a él para acudir a recibir a la mujer al pie de la cuesta.

Al segundo mes ya estaba sentado cada mañana, a las seis, ante la puerta de la tienda de la señora Sweetman, para hacerse cargo del montón de periódicos que colocaba ya en el orden correcto antes de empujar la bicicleta cargada cuesta arriba. Cuando la mujer solicitó mantener una entrevista con el comandante del campo, a principios del tercer mes, el mayor le dijo que no había ningún inconveniente en que Hoch trabajara para ella unas pocas horas al día en la tienda del pueblo, siempre y cuando regresara antes de pasar lista.

La señora Sweetman descubrió rápidamente que el suyo no era el primer quiosco de prensa para el que había trabajado el joven, y no hizo el menor intento por detenerlo cuando cambió la posición de las estanterías, reorganizó los horarios de entrega y, un mes más tarde, se hizo cargo de las cuentas. Tampoco le sorprendió descubrir, varias semanas más tarde de poner en práctica las sugerencias de Lubji, que los beneficios aumentaban por primera vez desde 1939.

Siempre que la tienda estaba vacía, la señora Sweetman ayudaba a Lubji con su inglés, leyéndole en voz alta los artículos publicados en la primera página del Citizen . A continuación, Lubji trataba de leerle el mismo artículo. Ella se echaba a reír a menudo con lo que llamaba sus «errores garrafales» de pronunciación, pero eso no fueron más que otras palabras más que Lubji añadió a su vocabulario.

Cuando el invierno dio paso a la primavera sólo se producía algún que otro «error garrafal» ocasional y no transcurrió mucho tiempo más antes de que Lubji fuera capaz de sentarse tranquilamente en un rincón y leer por sí solo, para consultar con la señora Sweetman sólo cuando se encontraba con una palabra que desconocía. Bastante antes de que tuviera que presentarse de nuevo ante el tribunal, había pasado a estudiar los artículos de opinión del Manchester Guardian , y una mañana, cuando la señora Sweetman se quedó mirando fijamente la palabra «indolente», sin poder ofrecerle una explicación, Lubji decidió ahorrarle el mal trago y consultar en el futuro el diccionario Oxford de bolsillo que había permanecido hasta entonces acumulando polvo bajo el mostrador.

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