Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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– ¿Necesita de un intérprete? -le preguntó el presidente del tribunal.

– No, gracias, señor -fue la respuesta inmediata de Lubji.

El presidente enarcó una ceja. Estaba seguro de que cuando entrevistó por última vez a este hombre corpulento, apenas seis meses antes, no había podido comprender una sola palabra de inglés. ¿No fue el mismo que los mantuvo a todos boquiabiertos con su improbable historia de las cosas que le habían ocurrido hasta que llegó a Liverpool? Ahora repetía exactamente la misma historia y, aparte de unos pocos errores gramaticales y de su terrible acento de Liverpool, su narración causó mucho más efecto sobre el tribunal que cuando la contó por primera vez a través de un intérprete.

– Muy bien, ¿qué le gustaría hacer a continuación, Hoch? -le preguntó una vez que el joven checo hubo terminado de contar su historia.

– Desearía unirme a un viejo regimiento y contribuir a ganar la guerra -fue la respuesta previamente preparada de Lubji.

– Eso quizá no sea tan fácil, Hoch -dijo el presidente, que le sonrió con expresión bonachona.

– Si no me dan un rifle, mataré alemanes con mis propias manos -dijo Lubji, desafiante-. Sólo tienen que ofrecerme la oportunidad para demostrarlo.

El presidente le sonrió de nuevo antes de hacerle un gesto al sargento de servicio, que se puso firmes y sacó a Lubji bruscamente de la estancia.

Lubji no supo durante varios días el resultado de las deliberaciones del tribunal. Se dedicaba a entregar los periódicos de la mañana en el cuarto de oficiales cuando un cabo se dirigió hacia él, y le dijo, sin mayores preámbulos:

– Está bien, el comandante quiere verle.

– ¿Cuándo? -preguntó Lubji.

– Ahora -contestó el cabo y sin añadir nada más, se dio media vuelta y se alejó.

Lubji dejó los demás periódicos en el suelo y lo siguió cuando ya desaparecía entre la niebla matinal que se extendía sobre el terreno de formación de filas, para dirigirse hacia el edificio de oficinas. Ambos se detuvieron ante una puerta marcada con un letrero que decía: «Oficial comandante».

El cabo llamó y en cuanto oyó la palabra «Entre», abrió la puerta, entró, se puso firmes ante la mesa del despacho del coronel y saludó.

– Se presenta Och, según lo ordenado, señor -gritó, casi como si estuviera todavía en el exterior.

Lubji se detuvo directamente por detrás del cabo, que estuvo a punto de derribarlo al dar un paso hacia atrás.

Lubji observó al oficial elegantemente vestido sentado tras la mesa. Lo había visto en una o dos ocasiones anteriores, pero sólo a distancia. Se puso firmes y se llevó la palma de la mano a la sien, tratando de imitar el saludo del cabo. El comandante lo miró un momento y luego volvió a fijarse en la única hoja de papel que tenía sobre la mesa.

– Hoch -empezó a decir-. Tiene que ser trasladado desde este campo hasta un campo de entrenamiento en Staffordshire, donde se unirá al Cuerpo de Zapadores, como soldado raso.

– Sí, señor -gritó Lubji, sintiéndose feliz.

La mirada del coronel siguió fija en la hoja de papel.

– Abandonará el campo mañana a las siete en punto.

– Sí, señor.

– Antes, preséntese al administrativo de servicio, que le proporcionará la documentación necesaria, incluido un pase para el ferrocarril.

– Sí, señor.

– ¿Alguna pregunta, Hoch?

– Sí, señor -contestó Lubji-. ¿Se dedica el Cuerpo de Zapadores a matar alemanes?

– No, Hoch, no se dedican a eso -contestó el coronel con una sonrisa-, pero se esperará de usted que ofrezca una inestimable ayuda a quienes lo hacen.

Lubji sabía muy bien lo que significaba la palabra «valiosa», pero no estaba muy seguro de saber lo que significaba «inestimable». Tomó buena nota para averiguarlo en cuanto regresara a su barracón.

Aquella tarde se presentó al administrativo de servicio, tal como se le había ordenado, y se le entregó un pase para los ferrocarriles y diez chelines. Una vez que hubo recogido sus pocas pertenencias, descendió la colina por última vez para darle a la señora Sweetman las gracias por todo lo que había hecho por él durante los últimos siete meses al ayudarle a aprender inglés. Miró el significado de la nueva palabra en el diccionario situado bajo el mostrador, y le dijo a la señora Sweetman que su ayuda había sido inestimable. A ella no le importó admitir ahora ante el joven extranjero que hablaba su idioma mejor que ella.

A la mañana siguiente, Lubji tomó un autobús hasta la estación, a tiempo para tomar el tren de las 7,20 hacia Stafford. Cuando llegó, después de tres cambios de tren y varios retrasos, se había leído el Times de cabo a rabo.

En Stafford encontró un jeep que lo esperaba. Tras el volante se sentaba un cabo del regimiento North Staffordshire, con aspecto tan elegante que Lubji lo llamó «señor». Durante el trayecto hasta los barracones el cabo no le dejó a Lubji la menor duda de que la forma de vida más inferior estaba compuesta por los «culíes», palabra que Lubji no acabó de entender.

– Deseo tomar parte en la acción de combate -le dijo Lubji con firmeza-, y no soy ningún gandul, ¿verdad?

– Se necesita a uno que lo sea para saberlo -replicó el cabo.

Poco después el jeep se detenía frente al barracón de intendencia.

Una vez que a Lubji le hubieron entregado un uniforme de soldado, pantalones unos pocos centímetros más cortos de su talla, dos camisas caqui, dos pares de calcetines grises, una corbata marrón (de algodón), una cantimplora, cuchillo, tenedor y cuchara, dos mantas, una sábana y un almohadón, fue acompañado a su nuevo barracón, y se encontró alojado en compañía de veinte reclutas de la zona de Staffordshire que, antes de ser llamados a filas, habían trabajado principalmente como alfareros y mineros del carbón. Tardó algún tiempo en darse cuenta de que, a pesar de todo, hablaban el mismo idioma que le había enseñado la señora Sweetman.

Durante las pocas semanas siguientes, Lubji hizo poco más que excavar trincheras, limpiar letrinas y, de vez en cuando, conducir camiones cargados de basura para arrojarla a un estercolero situado a unos tres kilómetros del campamento. Ante el descontento de sus camaradas, siempre trabajaba más duramente y durante más tiempo que ninguno de ellos. Pronto descubrió por qué el cabo pensaba que los culíes no eran más que un puñado de gandules.

Cada vez que Lubji vaciaba los cubos de basura situados por detrás del cuarto de oficiales, retiraba cualquier periódico que hubieran tirado, por antiguo que fuese. Por la noche, tumbado en su estrecho catre, con las piernas sobresaliéndole por el extremo, pasaba lentamente las páginas de cada periódico. Le interesaban sobre todo las noticias sobre la marcha de la guerra, pero cuanto más leía tanto más temía que la acción pudiera llegar a terminarse, y que la última batalla se hubiese librado antes de que se le diera ninguna oportunidad de matar a alemanes.

Lubji llevaba casi seis meses de «culi» cuando leyó en las órdenes de la mañana que el regimiento North Staffordshire tenía previsto celebrar su torneo anual de boxeo para seleccionar a los representantes para los campeonatos nacionales del ejército, que se celebrarían a finales de ese mismo año. A la sección de Lubji se le encargó la responsabilidad de preparar el cuadrilátero y montar las sillas en el gimnasio, de modo que todo el regimiento pudiera asistir a la final. La orden estaba firmada por el oficial de servicio, el teniente Wakeham.

Una vez montado el cuadrilátero en el centro del gimnasio, Lubji se dedicó a desplegar las sillas y colocarlas en hileras a su alrededor. A las diez, se concedió un descanso de quince minutos a la sección, y la mayoría de sus miembros se marcharon a tomar algo a la cantina, pero Lubji se quedó en el gimnasio y se dedicó a observar a los boxeadores, que se entrenaban.

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