Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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«Australia no necesita ser gobernada por una familia alemana de clase media que vive a más de quince mil kilómetros de distancia. ¿Por qué tenemos que acercarnos a la segunda mitad del siglo xx teniendo que apuntalar un sistema tan elitista? Librémonos de todos ellos -anunciaba el editorial-, además del himno nacional, de la bandera británica y hasta de la libra. Una vez terminada la guerra llegará sin duda el momento de que Australia se proclame a sí misma república.»

El señor Jessop mantuvo los labios fuertemente cerrados, mientras que el Melbourne Age le ofreció a Keith 50 libras por su artículo, una oferta que él tardó mucho tiempo en rechazar. Duncan Alexander le hizo saber que alguien cercano al director le había dicho que a todos los profesores les sorprendería que Townsend se las arreglara para llegar a fin de curso.

Durante las primeras pocas semanas del último trimestre, Keith siguió dedicando la mayor parte de su tiempo a prepararse para los exámenes, y sólo se tomaba un respiro de vez en cuando para ver a Betsy y para acudir algún que otro miércoles por la tarde a las carreras, mientras que otros se dedicaban a pasatiempos mucho más enérgicos.

Keith no se habría molestado en acudir a las carreras aquel miércoles en particular, si no hubiera recibido un «consejo seguro» por parte de uno de los mozos de una cuadra local. Comprobó con sumo cuidado el estado de sus finanzas. Aún le quedaba un poco de dinero del trabajo realizado durante las vacaciones, además del dinero de bolsillo recibido para pasar el trimestre. Decidió hacer una apuesta en la primera carrera y, si ganaba, regresaría a la escuela y continuaría con su repaso. El miércoles por la tarde, tomó la bicicleta que había dejado detrás de la oficina de Correos y pedaleó hacia el hipódromo, después de prometerle a Betsy que pasaría a verla antes de regresar a la escuela.

El «consejo seguro» se llamaba Rum Punch , y tenía que participar en la carrera de las dos de la tarde. Su informante se mostró tan seguro del pedigrí del caballo, que Keith apostó cinco libras al pleno para ganar siete a uno en las apuestas. Antes de que se levantara la barrera ya pensaba cómo gastaría sus ganancias.

Rum Punch se mantuvo en cabeza durante toda la carrera, y aunque otro caballo empezó a ganarle terreno, Keith echó los brazos al cielo cuando pasaron ante el poste indicador de meta. Se dirigió hacia la casilla de las apuestas para recoger sus ganancias.

En ese momento sonó un anuncio por los altavoces: «El resultado de la primera carrera de la tarde se retrasa y será dado a conocer dentro de unos minutos, ya que tiene que hacerse una comprobación de foto-fija entre Rum Punch y Colonus» . Keith no abrigaba la menor duda de que, desde donde él estaba, Rum Punch había ganado, y no comprendía por qué razón tenían que recurrir a una fotografía para determinarlo. Imaginó que, probablemente, los empleados tenían que aparentar que cumplían con su deber. Miró el reloj y se acordó de Betsy.

«He aquí el resultado de la primera carrera -tronó una voz por el sistema de altavoces-. El ganador es el número once, Colonus , con cinco a cuatro, por una corta cabeza por delante de Rum Punch , con siete a uno.»

Keith lanzó una maldición en voz alta. Si al menos hubiera apoyado a Rum Punch con una apuesta colocado, habría duplicado su dinero. Rompió el billete y se dirigió hacia la salida. Cuando ya se dirigía hacia la bicicleta, miró hacia la cartelera para la próxima carrera. Drumstick se encontraba entre los participantes, y bien situado al principio. El paso de Keith se hizo más lento. En el pasado había ganado en dos ocasiones al apostar por Drumstick , y estaba seguro de que podrían convertirse en tres veces seguidas. Su único problema era que había apostado todos sus ahorros por Rum Punch .

Mientras continuaba hacia la bicicleta, recordó que tenía autoridad para retirar dinero de una cuenta en el Banco de Australia que mostraba un saldo de más de cuatro mil libras.

Comprobó la cartelera para ver cuáles eran los otros caballos, y no vio a ninguno que pudiera poner en peligro la segura victoria de Drumstick . Esta vez, apostaría cinco libras a que el caballo quedaría en cualquiera de los tres primeros puestos, de modo que a unas apuestas de tres por uno, podía estar seguro de recuperar su dinero, aunque Drumstick llegara en tercer puesto. Keith cruzó el torniquete de salida, tomó la bicicleta y pedaleó furiosamente un kilómetro y medio hasta encontrar el banco más cercano. Entro corriendo y extendió un cheque por importe de diez libras.

Todavía faltaban quince minutos para que empezara la segunda carrera, de modo que estaba bastante seguro de cobrar el cheque y regresar a tiempo para hacer su apuesta. El empleado sentado tras la rejilla miró al cliente, observó el cheque y llamó por teléfono a la sucursal del banco de Keith, en Melbourne, donde le confirmaron inmediatamente que el señor Townsend tenía firma en esa cuenta en particular, y que disponía de saldo suficiente. A las dos y cincuenta y tres minutos, el empleado empujó un billete de diez libras hacia el impaciente joven.

Keith pedaleó de regreso al hipódromo a una velocidad que habría impresionado al capitán del equipo de atletismo, abandonó la bicicleta y echó a correr hacia la taquilla de apuestas más cercana. Apostó cinco libras a cada puesto por Drumstick , con Honest Syd. En cuanto se levantó la barrera, corrió rápidamente hacia las barandillas y llegó a tiempo para ver la mêlée de caballos que pasaron ante él por el primer circuito. Casi no pudo creer lo que vieron sus ojos. Drumstick tuvo que haber hecho una salida retrasada, porque iba a la cola del resto de caballos sobre la pista al iniciarse la segunda vuelta y, a pesar de su valeroso esfuerzo por llegar bien situado a la meta, sólo consiguió un cuarto puesto.

Keith comprobó los caballos y jinetes de la tercera carrera y rápidamente regresó en bicicleta al banco, sin que su trasero descansara ni un momento sobre el sillín. En esta ocasión extendió un cheque por importe de 20 libras. Se hizo otra llamada telefónica y, en esta ocasión, el ayudante del director del banco, en Melbourne, pidió hablar personalmente con Keith. Una vez establecida la identidad de Keith, autorizó el pago del cheque.

A Keith no le fueron mejor las cosas en la tercera carrera y para cuando se anunció por los altavoces el ganador de la sexta carrera, ya había retirado 100 libras de la cuenta del pabellón de críquet. El regreso hacia la oficina de Correos lo hizo lentamente, sin dejar de darle vueltas a las consecuencias de lo ocurrido aquella tarde. Sabía que la cuenta sería controlada a finales de mes por el tesorero de la escuela, y que si se le planteaba alguna duda acerca de depósitos y retiradas de dinero, informaría al director, que pediría a su vez una aclaración al banco. El ayudante del director le informaría entonces que el señor Townsend había telefoneado en cinco ocasiones desde una sucursal situada cerca del hipódromo durante la tarde del miércoles en cuestión, insistiendo en cada ocasión para que se le pagara el cheque. Keith podía estar seguro de ser expulsado; durante el curso anterior, un chico había sido expulsado por robar una botella de tinta. Pero lo que era peor, mucho peor que ninguna otra cosa, es que la noticia se publicaría en la primera página de todos los periódicos de Australia que no fueran propiedad de su padre.

A Betsy le sorprendió que Keith no se acercara para hablar con ella después de dejar la bicicleta detrás de la oficina de Correos. Regresó andando a la escuela, sabiendo perfectamente bien que sólo disponía de tres semanas para conseguir cien libras. Se dirigió directamente a su habitación y trató de concentrarse en antiguos ejercicios de exámenes, pero no podía evitar que su mente volviera una y otra vez a pensar en aquellos cobros irregulares. Se le ocurrieron una docena de historias que, en diferentes circunstancias, habrían podido parecer verosímiles. Pero ¿cómo explicar que hubiera cobrado los cheques a intervalos de treinta minutos y en una sucursal bancaria tan cercana al hipódromo?

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