Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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– Pero no antes de que haya ganado la Cruz Victoria -le dijo él.

Ella se estremeció, porque había leído que muchos de los que la recibían eran condecorados a título póstumo.

– Pero ¿qué harás cuando termine la guerra?

Esta vez, él vaciló porque ella había encontrado finalmente una pregunta para la que no tenía respuesta.

– Regresar a Inglaterra, donde me haré rico.

– ¿Haciendo qué? -preguntó ella.

– No será vendiendo periódicos, de eso puedes estar segura -contestó.

Durante aquellos tres días y noches, sólo durmieron unas pocas horas…, los únicos momentos en que se separaban.

Finalmente, al despedirse de Charlotte ante la puerta de su pequeño piso, le prometió:

– Regresaré en cuanto hayamos ocupado Berlín.

La expresión del rostro de Charlotte se derrumbó mientras veía alejarse al hombre del que se había enamorado; muchas de sus amigas le habían advertido que, una vez que los soldados se marchaban, ya nunca se les volvía a ver. Y demostraron tener razón, porque Charlotte Reville nunca volvió a ver a John Player.

El sargento Player firmó su entrada en el puesto de guardia apenas minutos antes de que se pasara revista. Se afeitó rápidamente, se cambió de camisa y al comprobar las órdenes de la compañía, descubrió que el oficial de mando deseaba que se presentara en su despacho a las nueve de la mañana.

El sargento Player entró en el despacho, se puso firmes y saludó exactamente en el momento en que el reloj de la plaza hacía sonar las nueve campanadas. Se le ocurrieron cien razones distintas por las que el comandante deseaba verle, pero ninguna de ellas resultó ser cierta.

El coronel levantó la mirada, sentado tras la mesa.

– Lo siento, Player, pero tendrá usted que abandonar el regimiento -dijo con voz suave.

– ¿Por qué, señor? -preguntó Player con incredulidad-. ¿Qué he hecho mal?

– Nada -fue la contestación, acompañada por una risa-. Nada en absoluto. Antes al contrario. Mi recomendación para que reciba usted la graduación de oficial acaba de ser ratificada por el alto mando. En consecuencia, será necesario que pase usted a otro regimiento, de modo que pueda ponerse al frente de hombres con los que no haya servido recientemente como soldado.

El sargento Player permaneció firmes, con la boca abierta.

– Me limito a cumplir con el reglamento del ejército -explicó el oficial de mando-. Naturalmente, el regimiento echará de menos sus habilidades y experiencias particulares. Pero no me cabe la menor duda de que volveremos a oír hablar de usted en el futuro. Lo único que puedo hacer ahora, Player, es desearle la menor suerte del mundo en su nuevo regimiento.

– Gracias, señor -dijo él, suponiendo que la entrevista había terminado-. Muchas gracias.

Estaba a punto de saludar para despedirse, cuando el coronel añadió:

– ¿Me permite darle un consejo antes de que pase a integrarse en su nuevo regimiento?

– Desde luego, señor, por favor -contestó el recientemente ascendido teniente.

– John Player es un nombre un tanto ridículo. Cámbieselo antes de que los hombres que estén a sus órdenes se burlen por eso a sus espaldas.

A las siete de la mañana siguiente, el segundo teniente Richard Ian Armstrong se presentó en el cuarto de oficiales del Regimiento del Rey.

Mientras cruzaba la explanada de formación de filas con su nuevo uniforme hecho a medida, tardó unos pocos minutos en acostumbrarse a que lo saludara todo soldado con el que se cruzaba. Al llegar y sentarse a la mesa para desayunar con sus camaradas oficiales, miró atentamente para observar cómo sostenían los cuchillos y tenedores que manejaban. Después del desayuno, del que comió poco, se presentó ante el coronel Oakshott, su nuevo oficial de mando. Oakshott era un hombre de rostro abotargado y actitud campechana y afable que, después de darle la bienvenida, le dejó bien claro que ya había oído hablar de la fama del joven teniente en el campo de batalla.

Richard, o Dick, como no tardó en ser conocido entre sus compañeros oficiales, disfrutó al saberse parte de un regimiento tan antiguo como famoso. Pero todavía disfrutó más al ser un oficial británico, con un acento claro y resuelto que traicionaba sus orígenes. Había recorrido un largo camino desde aquellas dos habitaciones atestadas en la pequeña casa familiar de Douski. Sentado frente a la chimenea encendida, en la sala de oficiales del Regimiento del Rey, mientras tomaba una copa de oporto, no veía razón alguna para que no pudiera recorrer un camino mucho más largo.

Todos los oficiales del Regimiento del Rey no tardaron en enterarse de las pasadas hazañas del teniente Armstrong, y al avanzar su regimiento hacia territorio alemán, su valentía y ejemplo en el campo de batalla convencieron, incluso a los más escépticos, de que nada de todo aquello había sido inventado. Pero incluso su propia sección quedó asombrada por el valor que desplegó en las Ardenas, apenas tres semanas después de que entrara a formar parte del regimiento.

El grupo de vanguardia, al mando de Armstrong, entró con precaución en las afueras de un pequeño pueblo, con la impresión de que los alemanes ya se habían retirado para fortificar sus posiciones en las colinas que lo dominaban. Pero la patrulla de Armstrong había avanzado apenas unos pocos cientos de metros por la calle principal del pueblo cuando se encontró ante una barrera de fuego enemigo. El teniente Armstrong, únicamente armado con una pistola automática y una granada de mano, identificó inmediatamente de dónde procedía el fuego alemán y «con despreocupación por su propia vida», según el parte que describió más tarde su acción, se lanzó a la carga contra los refugios subterráneos del enemigo.

Disparó y mató a los tres soldados alemanes que ocupaban el primer refugio, incluso antes de que su sargento pudiera llegar a su lado. Luego, avanzó hacia la segunda posición, lanzó hacia ella la única granada de mano que tenía, y mató a otros dos soldados. Una bandera blanca apareció entonces en el tercer refugio, y tres jóvenes soldados alemanes salieron lentamente de su escondite, con las manos en alto. Uno de ellos avanzó un paso y sonrió. Armstrong le devolvió la sonrisa y le disparó en la cabeza. Los otros dos alemanes se volvieron hacia él, con una expresión suplicante, al tiempo que su camarada se derrumbaba sobre el suelo. Armstrong no dejó de sonreír mientras les disparaba a los dos en el pecho.

El jadeante sargento llegó corriendo a su lado. El joven teniente se giró en redondo hacia él, sin haber perdido la sonrisa. El sargento observó los cuerpos sin vida. Armstrong se enfundó la pistola y dijo:

– No se puede correr ningún riesgo con estos bastardos.

– No, señor -asintió el sargento tranquilamente.

Aquella noche, una vez montado el campamento, Armstrong requisó una motocicleta alemana y regresó a toda velocidad a París para pasar un permiso de dos días. A las siete de la mañana del día siguiente se encontraba ante la puerta del piso de Charlotte.

Cuando la portera le dijo que un tal teniente Armstrong esperaba para verla, Charlotte contestó que no conocía a nadie por ese nombre, y supuso que no sería más que otro oficial que esperaba a que le enseñara París. Pero al ver quién era, le echó los brazos al cuello y no salieron de su habitación durante el resto del día y de la noche. La portera se quedó atónita, a pesar de ser francesa.

– Sé que hay una guerra -le comentó a su marido-, pero ni siquiera se conocían de antes.

Antes de dejar a Charlotte para regresar al frente, el domingo por la noche, Dick le dijo que, cuando regresara, ya habrían ocupado Berlín, y que entonces se casarían. Luego, subió a la motocicleta y se alejó. Ella se quedó junto a la ventana del pequeño piso, vestida únicamente con el camisón, y lo vio alejarse hasta que lo perdió de vista.

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