Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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Durante la segunda semana del trimestre, Keith se dio cuenta de que su mayor problema consistía en encontrar una forma de librarse de Penny, que ya no creía en sus excusas para no verla, aunque él le dijera la verdad. Ya le había pedido a Betsy ir juntos al cine el siguiente sábado por la tarde. No obstante, seguía existiendo el problema irresuelto de cómo salir con la siguiente chica antes de haberse librado de su predecesora.

En sus encuentros más recientes en el gimnasio, al sugerir que quizá había llegado el momento para que los dos… Penny dejó entrever que le contaría a su padre cómo habían pasado los sábados por la tarde. A Keith le importaba un bledo a quién se lo dijera, pero sí le importaba mucho la posibilidad de dejar a su madre en una situación embarazosa. Durante la semana, se quedaba en su cuarto, donde solía trabajar duro y evitaba ir a ninguna parte donde pudiera encontrarse con Penny.

El sábado por la tarde siguió un camino secundario para ir a la ciudad, donde se encontró con Betsy frente al cine Roxy. No había nada como transgredir tres reglas de la escuela en un solo día, pensó. Compró dos entradas para ver a Chips Rafferty en Las ratas de Tobruk , y condujo a Betsy hacia un asiento doble en las filas de atrás. Cuando el «Fin» apareció en la pantalla, no había visto gran cosa de la película y le dolía la lengua de tanto ejercicio. Ya estaba impaciente porque llegara el siguiente sábado, cuando los First Eleven jugarían fuera y él podría mostrarle a Betsy los placeres del pabellón de críquet.

Le tranquilizó descubrir que Penny no hizo el menor intento por ponerse en contacto con él durante la semana siguiente. Así pues, el jueves, al ir a Correos para enviarle otra carta a su madre, acordó una cita para verse con Betsy el sábado por la tarde. Le prometió llevarla a un lugar en el que nunca había estado hasta entonces.

Una vez que el autobús del primer equipo se hubo perdido de vista, Keith se ocultó entre los árboles del lado norte de la zona deportiva, y esperó a que Betsy apareciera. Al cabo de media hora ya se preguntaba si ella iba a dejarlo plantado cuando, unos momentos más tarde, la distinguió caminando por entre los campos, y se olvidó inmediatamente de su impaciencia. Llevaba el largo cabello rubio formándole una cola de caballo, sujeta con una cinta elástica. Lucía un suéter amarillo tan ceñido a su cuerpo que le hizo pensar en Lana Turner; y llevaba una falda negra tan ceñida que al caminar no tenía más remedio que hacerlo a pasos muy cortos.

Keith esperó a que se uniera a él, tras los árboles. Luego, la tomó por el brazo y la condujo rápidamente hacia el pabellón. Se detenía a cada pocos metros para besarla y a pesar de que todavía le faltaban por lo menos veintidós metros por recorrer, ya había descubierto dónde estaba la cremallera de su falda.

Al llegar a la puerta de atrás, Keith extrajo una llave grande del bolsillo de la chaqueta y la introdujo en la cerradura. La hizo girar despacio y empujó la puerta, tanteó para encontrar el interruptor de la luz. Lo apretó y entonces escuchó los gemidos. Keith miró fijamente, con incredulidad, la escena que se desplegó ante él. Cuatro ojos parpadearon al mirarlo. Uno de los dos cuerpos trataba de protegerse de la bombilla desnuda, pero Keith no tuvo ninguna dificultad para reconocer aquellas piernas, a pesar de que no pudo verle la cara. Luego, volvió su atención hacia el otro cuerpo situado sobre el de ella.

Estuvo seguro de que Duncan Alexander jamás olvidaría el día en que perdió su virginidad.

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Hungría arrastrada a la red del Eje Ribbentrop fanfarronea Otros seguirán - фото 7
Hungría arrastrada a la red del Eje
Ribbentrop fanfarronea: «Otros seguirán»

Lubji estaba en el suelo, encogido, sujetándose la barbilla. El soldado mantuvo la bayoneta apuntada entre sus ojos, y con un gesto de la cabeza le indicó que debía unirse a los demás, en el camión que esperaba.

Lubji trató de continuar su protesta en húngaro, pero sabía que ya era demasiado tarde.

– Ahórrate el aliento, judío, o te lo sacaré a patadas -le abroncó el soldado.

La bayoneta descendió hacia sus pantalones y le desgarró la piel del muslo derecho. Lubji cojeó tan rápidamente como pudo hacia el camión, y se unió a un grupo de gente atónita e impotente que sólo tenían una cosa en común: de todos ellos se creía que eran judíos. El señor y la señora Cerani fueron obligados a subir a la caja antes de que el camión iniciara su lento trayecto para salir de la ciudad. Una hora más tarde llegaron al complejo de la prisión local, donde Lubji y sus compañeros de infortunio fueron descargados como si no fueran más que ganado.

Los hombres fueron formados en fila y conducidos a través del patio, hacia una gran sala de piedra. Pocos minutos más tarde apareció un sargento de las SS, seguido por una docena de soldados alemanes. Ladró una orden en su lengua nativa.

– Dice que tenemos que desnudarnos -susurró Lubji, que tradujo las palabras al húngaro.

Todos se quitaron las ropas, y los soldados empezaron a reunir en filas a los cuerpos desnudos, la mayoría de los cuales se estremecían; algunas de las personas lloraban. La mirada de Lubji recorrió la estancia, tratando de ver si había alguna forma de escapar. Sólo había una puerta, custodiada por soldados, y tres pequeñas ventanas en lo alto de las paredes.

Pocos minutos más tarde apareció un oficial de las SS, elegantemente uniformado, que fumaba un puro delgado. Se irguió en el centro de la estancia y, con un pequeño discurso de compromiso les informó que ahora eran todos prisioneros de guerra.

– Heil Hitler -dijo al final, y se volvió para marcharse.

Al pasar el oficial ante él, Lubji dio un paso adelante y sonrió.

– Buenas tardes, señor -dijo.

El oficial se detuvo y miró con expresión asqueada al joven. Lubji afirmó en un balbuceante alemán que habían cometido un terrible error y luego abrió la mano para revelar un fajo de pengös húngaros.

El oficial le sonrió a Lubji, tomó los billetes y les prendió fuego con un mechero. La llama aumentó de intensidad hasta que ya no pudo sostener el fajo, que dejó caer a los pies de Lubji. Luego se marchó. Lubji no podía dejar de pensar en los muchos meses de trabajo que le había costado ahorrar todo aquel dinero.

Los prisioneros permanecían estremecidos junto a la pared de piedra. Los guardias les ignoraron; algunos fumaban, mientras que otros hablaban entre sí como si los hombres desnudos simplemente no existieran. Transcurrió otra hora antes de que entrara en la estancia otro grupo de hombres, que llevaban largas batas blancas y guantes de goma. Empezaron a recorrer las filas, arriba y abajo; se detenían unos pocos segundos para comprobar el pene de cada detenido. A tres de los hombres se les ordenó que se vistieran y regresaran a sus casas. Ésa fue toda la prueba que necesitaron. Lubji se preguntó a qué prueba someterían a las mujeres.

Una vez que se marcharon los hombres de las batas blancas, se ordenó a los detenidos que se vistieran y fueron sacados de la sala. Al cruzar el patio, Lubji miró a su alrededor, tratando de encontrar una forma de escapar, pero siempre había soldados con bayonetas a cada pocos pasos. Fueron conducidos hacia un largo pasillo y los hicieron bajar por una estrecha escalera de piedra en la que sólo alguna que otra lámpara de gas ofrecía un atisbo de luz. Lubji pasó ante celdas situadas a ambos lados, atestadas de gente; escuchó gritos y ruegos en tantas lenguas, que no se atrevió a volverse para mirar. Entonces, de repente, se abrió la puerta de una de las celdas, fue agarrado por el cuello y empujado hacia el interior, con la cabeza por delante. Habría caído al suelo de piedra si no lo hubiera hecho sobre un montón de cuerpos.

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